Peligra el Poncherazo

Poncherazo en el Parque Nacional de Bogotá, a partir de la izquierda. Héctor Rincón, Oscar Domínguez y Byron Valencia cuando trabajábamos en RCN

Por Oscar Domínguez Giraldo

¡Tuvimos que hacer vaca!

Estamos pasando por un mal momento y necesitamos ayuda para terminar el año.

El Poncherazo es un proyecto del Museo Víztaz de Medellín (www.viztaz.org) con más de 10 años de intenso trabajo en conservación y divulgación de este oficio del siglo XX que es parte de nuestra memoria cultural. Este año no hemos podido realizar presentaciones y nuestra continuidad está en riesgo.

Ya se nos agotaron nuestros recursos, y por eso estamos haciendo esta campaña. El Museo Víztaz necesita del aporte de la comunidad.

Nuestra labor cultural con El Poncherazo, en algunas partes llamado fotoagüita, es mostrar a las personas que solo conocen las fotografías del celular, cómo era el oficio de este fotógrafo ambulante del siglo XX; que ellas puedan tener la experiencia de tomarse una foto como lo hicieron los abuelos, posando frente a una cámara de madera y que vean revelar su retrato hasta recibirlo en papel, en blanco y negro igualito a como se hacía hace 100 años.

La foto completa del «poncherazo»

Estos fotógrafos en el siglo pasado recorrieron casi toda Colombia permitiendo que miles de personas se tomaran su primer retrato, su clientela  era la gente del pueblo, los que no tenían para mandarse a tomar una foto en “los estudios pa’ los ricos” que solo había en las grandes ciudades.

La pandemia nos ha impedido realizar la labor cultural de El Poncherazo y estamos a punto de claudicar, por eso estamos haciendo esta vaca

Quienes deseen colaborar pueden entrar a la página www.elponcherazo.com y hacer su aporte, puede ser desde $ 10.000.

¡Cada peso cuenta! Contamos con tu colaboración por pequeña que esta pueda parecer.

Quienes no puedan aportar dinero, nos harían un inmenso favor compartiendo esta información con sus amistades.

Informes: 316 442 47 53

El Poncherazo pasa el sombrero

Por Oscar Domínguez Giraldo

Ritual de los aristócratas de gallinero del cine del barrio era llenar álbumes que pegábamos con engrudo doméstico. Eso era mejor que comer con los dedos. 

Los bajitos teníamos claro que el  cuarto preferido de la casa era la calle donde intercambiábamos láminas y ejercíamos el oficio de inmortales. (La muerte no existía porque no pensábamos en ella). 

Acuñamos un dicho: «Sale más que el confite», para aludir a las figuras que salían repetidas. Las láminas traían por dentro el paraíso en forma de confite. 

Había colecciones que no incluían el dulce. Eran los álbumes artesanales, hechizos, en los que íbamos pegando los cuadros de los “muchachos” de las películas.  

Como cada cuadra se daba la semántica que necesitaba, denominábamos “muchachos”, a los actores principales como John Wayne, Alan Ladd, Joel Mc.Crea, Randolph Scott, Burt Lancaster…. 

“Cuadros” eran negativos diminutos del tamaño del pecado de una monja de clausura. Para ver mejor las vistas se colocaba el cielo como telón de fondo.  

Se insertaban en libretas pequeñas, de tienda, a las que les hacíamos pequeñas incisiones diagonales con una cuchilla de afeitar jubilada.  

La semana, la vida, el mundo, valían la pena por el domingo que aprovechábamos para cambiar caramelos.  

De lunes a viernes nos desasnábamos en la escuela José Eusebio Caro. “Siempre seremos escueleros”, diría con un egresado, Gerónimo Giraldo Marín. De niño me escribió para pedirme que no fuera a olvidar la escuela. Orden cumplida. 

Pero a rey muerto, álbum puesto. Se acabaron esas colecciones y por estas calendas estamos por cuenta de «Medellín es un caramelo», solo para niños entre cinco y los noventa años. 

Suelo leer el álbum de la Fundación Viztaz con la avidez de lector de  novela pornográfica. 

Llenarlo, aprender, “montar” en el primer tranvía, “recorrer” el parque de la Independencia, genera un tsunami de nostalgia entre la ingenua logia de los coleccionistas. 

Quien nos tiene ejerciendo el destino de chinches es Óscar Botero Giraldo, el mandamás de la fundación que se impuso la tarea de convertir la historia en imágenes. (¿Quién tiene el archivo de las instantáneas que tomaban en Junín? Lo compro ya). 

“Creamos el álbum con la intención de que los medellinenses conocieran de una forma lúdica un poco de su historia y de su geografía”, sostiene. 

Desde hace veinte años Botero y su contingente de quijotes se han dejado venir con otros proyectos como “Antioquia es un caramelo”.  

El último es el de Medellín. O el penúltimo, porque a Botero le dio por darle respiración boca a boca a una cámara de las que utilizaban en los parques los fotógrafos de agua y anda por ahí incitando al poncherazo.  

En el momento menos pensado apareceremos con nuestro popurrí de arrugas y pategallinas en  www.poncherazo.com. Un poncherazo es un selfi con el pasado, el instagram de los ricos sin plata. Prohibido el retoque, adiós fotoshop.  

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Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

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