Una lección de dignidad

Por: Piedad Bonnett

Si Gabriel Gilinski quería hacer que Semana funcionara como Fox News, lo logró, y de qué manera. Ya tiene una revista a su medida, que ponga a sonar la máquina registradora —pues plata es lo que mejor suena en sus oídos—, pero además puesta al servicio de la derecha más obsoleta y emponzoñada, en combinación con banalidad y gusto por el espectáculo. ¿Y quién podía hacer bien esa tarea, según ese grupo? Una periodista que se ha caracterizado por su vedetismo, su narcisismo y su uribismo apasionado, que no sólo escribe mal, sino que arrastra con su tono pendenciero a un público ansioso de emociones. Una estrellita más del universo de estrellas que nos quieren vender como el gran periodismo colombiano.

Echar por la borda el trabajo de 30 años de una revista que, como dijo Alejandro Santos, se convirtió alguna vez en un referente latinoamericano y, sin mosquearse, prescindir de periodistas como Daniel Coronell y Ricardo Calderón, arriesgándose además a perder figuras tan valiosas como María Jimena Duzán o Vladdo, no es sólo de una torpeza enorme, sino de una arrogancia sin límites, de un descaro y un desprecio por los lectores y por el buen periodismo, que me hace pensar en el talante de Trump, con su importaculismo de niño rico. La estrategia no fue ni mucho menos discreta. La maniobra hacia la derecha se estaba viendo ya hace muchos meses, cuando engancharon como gerente a Sandra Suárez, y a Salud Hernández y Luis Carlos Vélez; también, en la evidente metida de mano de los dueños en las poderosas denuncias que lograban sus mejores reporteros, tratando de volverlas ambiguas: sí pero no. En secuencia, despidos masivos de columnistas, reporteros y fotógrafos, y cierre de Arcadia, socavando el edificio desde abajo. En esa transición maquinada no dudaron en sacrificar a Daniel Samper —que supo salir a tiempo— y tratar de usar a Calderón —uno de los mejores periodistas de este país, lleno de premios— y hasta a Alejandro Santos que, con otros cuantos periodistas de la onda progresista, pensaron que podían resistir y conciliar.

La renuncia colectiva de un grupo de valientes —pues estos son tiempos duros— es una lección de dignidad que los lectores de la Semana de otros tiempos apreciamos y agradecemos. Y, muy probablemente, una oportunidad: imposible que no haya quién se arriesgue a apoyar una revista impresa que sea una alternativa y se nutra de lo mejor del periodismo local, lleno de profesionales apasionados por su oficio, empeñados en denunciar valientemente las lacras de este país descuadernado. Esto lo pude constatar en mi experiencia como jurado del Premio Simón Bolívar de Periodismo, que me permitió medir la calidad de numerosos periodistas, muchos de los cuales trabajan con imaginación y recursividad en medios regionales. Me temo, además, que los Gilinski mataron la gallina de los huevos de oro al menospreciar al público lector. Que quedarán como dueños de un medio para una minoría a la que sólo le gusta que le den más de lo mismo, y, para acabar de ajustar, en un momento en que el mundo confía en empezar a desmontarse de la ultraderecha rabiosa que alentó el fanfarrón de Donald Trump, de la que se alimentó tan bien Fox News, el modelo de periodismo al que aspira Gabriel Gilinski.

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