Los Danieles. Un triste día de gloria

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Noches de Caracas, noches de ilusión…

Pacho Galán

Hace setenta años lo previó el músico que inventó el merecumbé y no un analista internacional de Harvard: la noche del 2 al 3 de enero despertó en Caracas una gran ilusión. La ilusión de recuperar un país hundido por una dictadura de medio pelo y una economía de miseria. 

La madrugada de ayer trajo una noticia muy buena y una noticia muy mala. La buena es que el dictador venezolano Nicolás Maduro salió bruscamente del poder ilegítimo que explotaba desde hace años. La mala noticia es triple, pues la salida de Maduro se logró pasando a cuchillo los acuerdos internacionales, aprovechando el desproporcionado músculo militar de Estados Unidos y como avance de un nuevo orden mundial que se basa en la posibilidad de conseguir resultados prácticos al margen de consideraciones morales o legales.

El análisis político de la caída de Maduro marca las dos tendencias que luchan y lucharán por prevalecer en el mundo. Por un lado, los éticos que exigen limpieza en el cómo y en el qué. Por otro, los prácticos, aquellos para quienes vale todo lo que permita alcanzar una meta. Punto. Estos no reparan en reglas de juego, ni en los límites que la historia ha trazado a lo largo de siglos de civilización. En este sentido, la actuación de Nicolás Maduro al robarse las elecciones de 2024 para seguir en el poder es gemela de las operaciones gringas que atropellan las leyes o inventan falsos apoyos legales para justificar sus métodos. Como dijo el columnista español Lluís Bassets “en un año, Trump ha bombardeado siete países, con propósitos tan variados como la exhibición de fuerza, el auxilio a regímenes amigos, la venganza o la avidez por los recursos ajenos, siempre bajo la noble cobertura de la lucha antiterrorista, la persecución del narcotráfico o la defensa de la civilización” (El País, enero 3 de 2026).  

El tufo de delirante heroísmo que expelía Trump en su discurso de ayer era un canto al imperialismo. En la lista de ataques que enumeró el presidente hubo toda clase de elogios al poder de sus armas —“Somos los más fuertes”, “Gloria a los guerreros norteamericanos”— y un capítulo dedicado al control que Washington ejercerá sobre Venezuela y su valioso petróleo, que Estados Unidos considera propio. Según reporte del diario Confidencial (España), la palabra que más pronunció el mandatario durante la rueda de prensa fue petróleo: veintiséis veces, muchas más que democracialibertad, dictadura o, incluso, narcotráfico (catorce). Seguramente la supera el pronombre Yo, pues nadie quiere y admira a más a Donald Trump que Donald Trump.

Los ganadores de la jornada de ayer forman un mosaico dichoso y contradictorio: aparecen el pueblo de Venezuela, los enemigos de la dictadura madurista, los filósofos del trumpismo, los genuinos amigos de la democracia… todos contentos. Pero en este punto termina la unanimidad, pues la corriente histórica democrática que respeta la ley y defiende el Derecho se enfrenta a la nueva mirada ultraderechista que justifica todo recurso útil para alcanzar los fines propuestos. Los mensajes, que abundaron ayer en la huerta electoral, revelan la prelación del trumpismo crudo, el que considera plausible cualquier medio eficaz para producir un resultado. 

No hubo, en cambio, ni una mención sobre los límites de ese poder. Por el contrario, qué humillante actitud la de la admirable lideresa María Corina Machado, a la que respondió Trump con menosprecio; y qué vergüenza el agradecimiento del precandidato colombiano Juan Carlos Pinzón por la invasión de Caracas.

Mucho más lógico, un editorial de The New York Times señala que “el ataque del presidente Trump a Venezuela es ilegal e insensato” y denuncia el llamado Corolario de Trump que pretende “restaurar la preminencia estadounidense en el hemisferio occidental”. Es decir, una nueva versión de la nefasta Doctrina Monroe, que tantas invasiones produjo en América Latina entre 1823 y 1989. El desfile de charreteras que siguió a la exposición autolaudatoria de Trump fue un espectáculo sonrojante de lambonería y un anuncio oblicuo y aterrador para quienes no acaten las normas de Estados Unidos. 

¿Noche feliz y de ilusión…? No mucho, si prestamos atención a las palabras de Trump: “Vamos a manejar el país hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”. ¿Se va un tirano y llega un tutor? ¿Regresa Caracas al virreinato?

Me temo que el 3 de enero de 2026 no se recordará por la caída de un dictador tropical sino por la exaltación de un nuevo y despiadado imperialismo y por la tutela que se asigna a sí mismo Washington sobre un país que, pese a todo, aún no será soberano.

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