
Enrique Santos Calderón
Aunque se sabía que algo iba a hacer después de tantas amenazas, Trump asombró a todo el mundo con su operación relámpago de captura y extracción de Nicolás Maduro y su esposa para ser juzgados en una corte de Nueva York.
Una medida audaz, sorpresiva y también arbitraria, que ha sido bienvenida por la oposición venezolana, por gran parte de la opinión internacional y condenada por muchos gobiernos, entre ellos el colombiano, como ilegal y violatoria del derecho internacional. A la hora de escribir esta nota no se sabe qué viene ahora. Lo único claro es el vacío de poder que ha surgido en el vecino país.
¿Quiénes y cómo pueden llenarlo? Por ahora, Trump advirtió que Washington piensa manejar a Venezuela hasta que se pueda garantizar una “transición adecuada” y, de paso, anunció el regreso de las grandes empresas petroleras que el chavismo había expropiado. Venezuela tiene las reservas petroleras más grandes del mundo y el control de esta riqueza ha sido un factor central del viejo enfrentamiento entre Caracas y Washington.
Aparte de la arrogancia de poder y del estilo bravucón de su conferencia de prensa (ay del que ose desafiar nuestra hegemonía continental, volvió a advertir), Trump marcó puntos cuando dijo que los ingresos de una industria petrolera administrada por EE. UU. se reinvertirían en Venezuela y que regresarían las libertades políticas y de prensa. Promesas gratas para una nación en bancarrota y una sociedad asfixiada por largos años de dictadura.
Pero flotan muchas incógnitas. Para comenzar, la reacción de los militares, que se presumiría ya no serán tan maduristas, así como la misma viabilidad de la idea de administrar a Venezuela desde la Casa Blanca. Para algunos, un despropósito casi delirante. “¿Qué diablos estamos haciendo?”, preguntó el congresista demócrata Seth Mouton, al conocerse la pretensión trumpista de apoderarse (“take over”) de Venezuela. ¿Cuánto duraría esta ocupación a distancia? ¿Quién o quiénes gobernarían el país? ¿Sería el equipo de Trump directamente?
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Un hecho llamativo fue su nueva descalificación de María Corina Machado como una mujer destacada, pero carente del liderazgo y respeto necesarios para ejercer el poder, producto sin duda del resentimiento que le causó que Machado hubiera recibido el Premio Nobel de Paz que Trump considera que él se merecía. En cualquier caso, la captura y extracción de Maduro es un hecho de repercusiones aún imprevisibles, aunque también es diciente que no produjera en Caracas grandes manifestaciones de protesta ni de júbilo.
El operativo fue aún más quirúrgico y veloz que el que sufrió hace cuarenta años el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, que pagó una pena de veinte años en una cárcel estadounidense. La suerte de Nicolás Maduro, que fue sacado de la cama a medianoche, dependerá de su juicio en Nueva York y, por todos los cargos que enfrenta, se presume que la condena podría ser aún más severa. Será interesante ver cómo Maduro, un hombre ramplón y vehemente, asume su defensa. No creo que vaya a mantener la soberbia de antes.
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Y como cada vez que se refiere a Venezuela Trump no deja de aludir a Colombia y a su presidente, esta vez le aconsejó a Petro, a quien tiene entre ceja y ceja, que se “cuidara el trasero” porque es el próximo en la lista. Petro respondió que “no estoy preocupado para nada” y, por fortuna, no le soltó nada provocador. No es el momento de torear a quien no le faltan ganas de volver a golpear al sur de la frontera, y más aún si es contra el presidente izquierdista del país que es el primer productor de cocaína.
Veremos qué se viene ahora tras lo sucedido en Venezuela. Tengo inquietudes varias, pero ya sin espacio para explicarlas. Habrá tiempo de sobra en los tres meses calientes que nos aguardan.
