
Enrique Santos Calderón
Estuve en España durante la reciente conmemoración de los cincuenta años de la muerte de Francisco Franco, el Generalísimo, el temido y odiado, pero también venerado dictador —“caudillo de España por la gracia de Dios”, rezaban las monedas que mandó acuñar—, que por 36 años rigió con mano de hierro a su país.
En 1939, España había salido de la devastadora guerra civil de tres años que desencadenó la sublevación contra el régimen republicano de las fuerzas derechistas del general Francisco Franco, quien resultó victorioso y se mantuvo en el poder hasta el día de su muerte, el 20 de noviembre de 1975.
El enfrentamiento entre republicanos y nacionales, como se denominaba a los franquistas, fue total y sin cuartel. Más de quinientos mil muertos y un país desolado produjo la guerra civil más sangrienta que se haya registrado en Europa. La polarización y la división interna fueron absolutas. No había neutrales y más del cincuenta por ciento de las familias tuvo miembros en ambos bandos.
La Guerra Civil Española concentró la atención del mundo entero porque allá se libraba la más clara confrontación política, social, ideológica y militar entre izquierda y derecha, en un momento en que el nazismo de Hitler, el fascismo de Mussolini y el comunismo de Stalin ejercían gran influencia de masas. Todos intervinieron a fondo en la contienda. Los miles de voluntarios de otros países que conformaron las Brigadas Internacionales para apoyar a la República, incluyendo a la Abraham Lincoln, integrada por estadounidenses, dan muestra del significado internacional que tuvo el conflicto ibérico.
Los primeros años del gobierno de Franco fueron de una represión brutal. Fusiló sin contemplación a miles de republicanos e instauró una dictadura totalitaria basada en el anticomunismo, el nacionalcatolicismo y el antiliberalismo. España entró en un periodo de aislamiento internacional y autarquía económica que se prolongó hasta comienzos de los cincuenta. Un pasado de privaciones y exilios que el país demoró muchos años en asimilar y superar.
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En Colombia, el impacto del conflicto español también se hizo sentir y creó apasionadas polarizaciones y choques entre liberales defensores de la República y conservadores partidarios del franquismo, que llegaban a agredirse físicamente en teatros y escenarios públicos. El líder conservador Gilberto Alzate, admirador de Mussolini, creó grupos de choque al estilo de las “camisas negras” fascistas, mientras que dirigentes liberales como Eduardo Santos fueron defensores acérrimos de la República. Como presidente (1938-1942), Santos les otorgó asilo a centenares de refugiados republicanos y llegó a financiar de su peculio huelgas de los mineros de Asturias contra el régimen.
Mi familia no fue ajena a los choques y fricciones que suscitaba la guerra española. Mi tío abuelo Eduardo, propietario de El Tiempo, fue, como ya dije, irrestricto partidario de la República, así como mi tío Hernando, pero mi padre resultó un franquista integral. Ambos compartían la jefatura de redacción del periódico y no es difícil imaginar las polémicas que se generaban en torno del tema español. Mi padre salió perdiendo, pues fue casi desheredado mientras Hernando quedó de accionista mayoritario del diario. Pero mi viejo nunca se arrepintió ni cambió de posición. Era un hombre de principios férreos.
Estos atropellados recuerdos me los suscita el reciente viaje a España que, como digo, coincidió con los cincuenta años de la muerte de Franco, en un país que hoy es una democracia moderna, vibrante y próspera, que sin embargo no ha logrado reconciliarse del todo con su pasado. Me impresionó la cantidad de artículos y polémicas sobre por qué en España no ha habido el deseo de confrontar abiertamente el pasado, como si hubiera un miedo a revivirlo. Como si el fantasma de Franco siguiera rondando a los españoles.
Para algunos, el anciano dictador no es pasado. Es presente y lo seguirá siendo “hasta que los españoles no se reúnan para enterrarlo”, según opinan quienes piensan que el reto es entender, sin odio, nostalgia ni ánimo vengativo, cómo y por qué esos horrores del pasado han sido silenciados por el olvido. Otros, como el escritor Pablo Ordaz, sostienen que los españoles llevan por dentro una herencia franquista: “Se amoldaron a la dictadura y luego se autoindultaron abrazando la democracia”. Qué más podían hacer, me pregunto.
Para mí fue fascinante escuchar y leer todo lo que salió en España en esta fecha y la forma pasional pero civilizada como abordan el tema de su reciente historia, tan llena de desgarradores recuerdos. Nosotros, con un duro pasado de violencia política y un conflicto armado interno aún no resuelto, haríamos bien en aprender lecciones que en este campo nos deja la experiencia de la Madre Patria.
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Sin prueba alguna, el presidente Trump calificó a Gustavo Petro de “jefe del narcotráfico” y al otro día le otorgó un perdón “total y absoluto” al expresidente de Honduras Juan Orlando Hernández, condenado en 2024 por una corte en Nueva York por haber facilitado el ingreso de miles de kilos de cocaína a Estados Unidos.
El caso mojó mucha prensa en su momento, tratándose de un jefe de Estado comprado por el cartel de Sinaloa, y el fiscal le solicitó al juez dictar una pena ejemplar. Lo hizo, condenándolo a 45 años de prisión, por lo que el insólito indulto de Trump ha causado estupor en los círculos judiciales. “Una decisión catastrófica que destruye la credibilidad de Estados Unidos”, dijo el exdirectivo de la DEA, Mike Vigil. “Quién entiende este sinsentido”, preguntó el subsecretario de Narcóticos del Departamento de Estado, Todd Robinson: “Destruimos supuestas narcolanchas en el Caribe, pero perdonamos a políticos narcotraficantes condenados”.
Una muestra máxima de incoherencia que poco perturba a Trump, que ahora, en otra medida sin precedentes, decreta el cierre del espacio aéreo de Venezuela, advierte que Honduras caerá en la desgracia si no elige hoy a su recomendado Asfura y vuelve a amenazar a Colombia, donde dice que “he oído que producen cocaína”. En eso, por lo menos, sí está bien informado el mandatario gringo.
