Los Danieles. Abelardo tercero

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Recuerdo hace casi cuatro años los intrincados caminos que recorrían algunos amigos de derecha para justificar su voto por Rodolfo Hernández. Gente inteligente, buenas personas, que creían que sí había maneras de explicar la preferencia por el ingeniero.

Veo ahora algo parecido. Muchas de esas personas ahora alegan que es incluso más fácil porque perciben al gobierno de Gustavo Petro como un desastre y casi un insulto personal, lo que justifica elegir a cualquiera que evite la continuidad de ese proyecto político. Quieren además una reivindicación —que a veces parece castigo— por lo que serán los cuatro años del petrismo.  

Y cómo negar que están a punto de entronar a un castigo, uno para la izquierda, pero también para Colombia entera. El favoritismo del expresidente Álvaro Uribe Vélez por el candidato Abelardo de la Espriella es innegable. La expulsión irregular del precandidato Miguel Uribe Londoño evidencia que allá la cosa es a dedo: el que Uribe bate cual emperador en coliseo. Después de pasar meses sacando provecho del magnicidio del hijo, expulsan a las patadas al padre sin explicaciones o procedimiento alguno.

De la Espriella ha invertido décadas en zalamerías de todo tipo para entrar al corazón de Uribe. Y a eso le suma la sed de venganza del expresidente, que riega sobre todas sus intervenciones públicas. Porque la característica más protuberante del precandidato (y no son pocas las protuberancias) es que promete acabar con los enemigos del expresidente Uribe: con Petro, Juan Manuel Santos, la JEP, las madres de Soacha o cualquiera que quepa en la categoría de quienes ya prometió destripar.

La venganza ha sido esquiva para Uribe en sus dos ungidos pasados. Juan Manuel Santos prometió seguridad democrática para después instaurar un proceso de paz, con el cual desmovilizó al monstruo que alimentaba el discurso de Uribe. A Iván Duque, aunque se esforzó mucho, no le alcanzó y se refundió en el salón de juegos mezclando juguitos mientras simulaba ser presidente por cuatro años. Ninguno de los dos concretó las venganzas que esperaba Uribe; por eso ahora parece empecinado en enmendar su error.  

Y la escogencia no solo garantiza venganza. Hay otras similitudes entre Uribe y el vendedor de ron que no ofrecían los candidatos anteriores. De La Espriella no es un señor bogotano de tapetes rojos (por más que se rasgue sus elegantísimas vestiduras para parecerlo) y cuenta con un pasado más que cuestionable, empezando por una borrosa historia con la Fundación FINPAZ y los grupos paramilitares.

Abelardo conserva una colección entera de esqueletos en su clóset y eso lo hace un hombre fácil de cooptar, en especial si se tiene acceso a esa parte del armario. Aunque en todas las entrevistas siempre dice exactamente lo mismo: que no tiene dueño, la verdad es que es preso de todos los episodios oscuros de su vida pública.

Es triste para un hombre del talento político del Álvaro Uribe acabar reinterpretado por este actorcillo de mediopelo. Un neorezandero oportunista escondido detrás de escoltas a quienes hace ver gigantescos; dotado solo de frases vacías; experto en la producción en línea de basura visual para alimentar el algoritmo; fabricador de “encuestas” engañosas de la IA. Abelardo es a Uribe lo mismo que Diego Cadena, pero en el plano de la elección popular.

Y camina tranquilo De La Espriella hacia la recta porque pocos periodistas se lo toman en serio e indagan realmente por sus vínculos con los paramilitares, con DMG, con uno de los testaferros de la dictadura venezolana o con toda la lista de clientes que una vez se negó a entregar a la justicia gringa. Por ahora nadie interesado en averiguar cómo un hombre que sentenció: la ética nada tiene que ver con el derecho, ahora jura que servirá de guardián de la democracia y sus instituciones. O tal vez alguna preocupación por el discurso genocida que impulsa el candidato al prometer la erradicación de un sector político (en el país que ya exterminó a la UP) o por el pasado en el que se jactó orgulloso de torturar animales.

Qué bueno sería saber de dónde o cómo obtiene los recursos para mantener esa costosísima, omnipresente y ruidosa campaña sin controles eficaces. Con contadísimas excepciones, esa prensa que por décadas acosó ahora lo recibe con un abrazo calidoso, hasta lo ayudan a alimentar su personaje vende humo al llamarlo el Tigre.

Lo que lo distancia de Uribe es que, impostado o no, el expresidente ha dedicado su vida pública a reivindicar los valores de la clase media/baja los cuales el vendedor de ropa siempre se ha esforzado por menospreciar. Su nueva cara embutiéndose un mote de queso en redes sociales se siente prefabricada, porque si para algo ha trabajado es para distanciarse de su origen colombiano y humilde. Abelardo es una paradoja de muchas vías: repudia a una clase social a la que añora a pertenecer, pero que ahora, vía del desespero, está dispuesta a votarlo (e incluso si lo votan jamás pertenecerá).

La derecha se pierde entre las sumas y restas de porcentajes sin la certeza de poder agolpar a todos sus votantes detrás de este menudo y peligroso cabezón. Uno que ya les avisó que quiere una encuesta porque a esa la puede alimentar como hace con el algoritmo y que debe ser en tres días, el diez de diciembre. Dice que las firmas que entregó para registrar su candidatura son un mandato popular que ya parece equiparar con votos. ¿Acaso no es extraño que un candidato que supuestamente vaya arrasando se rehúse a participar en una consulta? ¿Será que Abelardo tiene afán porque él mismo duda de la solidez de su fuerza? La razón que sea es más fuerte que su devoción por Uribe a quien ya le aclaró públicamente que va con él o sin él. Y Uribe con las ganas que tiene de convertirlo en su tercero.   

Desde hace más de una década he tenido el honor de defender de manera pro bono a varios periodistas y organizaciones del acoso judicial de Abelardo de la Espriella.

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