Los Danieles. Frankenstein en el Caribe

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Caribe soy, de la tierra del amor,
de la tierra donde nace el sol,
donde las verdes palmeras
se mecen airosas al soplo del mar.

Leo Marini
Caribe soy (Bolero)

A través de las palmas
que duermen tranquilas
la luna de plata se arrulla
en el mar tropical.

José Sabre Marroquín 
Nocturnal (Bolero)

Si existe una mentira romántica, esa es la del mar Caribe que duerme bajo la luna de plata mientras se mecen las verdes palmeras. La dura verdad es que antes de que llegaran allí los barbudos españoles con sus espadas y arcabuces, ya los aborígenes locales vivían en eternas batallas armados de flechas, cerbatanas, mazos, hachas y otras bellezas letales. No eran muy caritativos. A menudo se comían al perdedor.  

La aparición de las carabelas aportó algunas cosas buenas —ciertos principios humanistas, ciertos ingeniosos aparatos, una lengua que nos une—, pero también más sangre, más sometimientos y esclavitud, más guerra. El oro se volvió mercancía letal que atrajo armadas sedientas, piratas y aventureros y, como dicen charramente, fundió en un crisol a indígenas, blancos, negros e inmigrantes orientales. Al consolidarse las repúblicas de la zona, Estados Unidos se posesionó al mismo tiempo como protector y depredador Caribe. Protector ante enemigos lejanos, depredador ante sus propios vecinos. Muy pronto el protector se transformó en policía ideológico y ladrón de tierras.  

Durante los últimos decenios, el orden que entró con sangre y los turistas que entraron engañados por los boleros contribuyeron a ofrecer una imagen paradisiaca y ociosa del antiguo campo de batallas marítimas. De la mezcla de razas surgió una cultura popular que ha dado al mundo, entre otras cosas, músicas potentes, comidas sin parangón y una literatura capaz de cautivar toda clase de lectores en prosa y en verso.  

En los últimos meses, sin embargo, “la tierra donde nace el sol” ha vuelto a ser el escenario donde muere la paz. Un peligroso imitador del doctor Víctor Frankenstein, aquel personaje que creó un monstruo ingobernable, ha montado un laboratorio criminal desde el cual comete diversos ejercicios al margen de la ley.  

Experimentos como ejecutar a navegantes sin juicio previo; indultar a delincuentes de larga condena para que ayuden al triunfo de la derecha; amedrentar a aquellos con quienes no simpatiza el doctor; exponer con ostentación sus músculos militares; impartir injusticia ayudado por cañones amenazantes; mentir descaradamente, como lo ha hecho el ministro de Guerra de Trump respecto al bombardeo de náufragos sobrevivientes; comprometer en lances estratégicos a países que, no quieren participar en peleas regionales: por ejemplo, Trinidad  y Tobago; condenar al ostracismo a sus enemigos; y, en fin, convertir “la tierra del amor” en un polvorín que vomite candela y muerte. 

El doctor Donald Frankenstein y su pandilla han alterado el lenguaje. Somalia no es un país, sino “una basura que apesta”; los país pobres son “el cuarto mundo”. Cuando al senador ultra Markwayne Mullin le preguntaron por los muertos que han causado los torpedos de barcos gringos, calificó a las víctimas de narcoterroristas, sin que haya ninguna prueba de, al menos, su “terrorismo”; además, corrigió a la prensa: los atacantes solo estaban “protegiendo” a los Estados Unidos de manera “sumamente proactiva”. La proactividad de los uniformados estadounidenses ha dejado ya más de ochenta muertos en el tibio Caribe. 

Se acabaron los tiempos del bolero. El gobierno de Washington ha dinamitado los tradicionales códigos morales de la civilización al utilizar todo medio, por siniestro que sea, para lograr sus propósitos. Cualquier ciudadano demócrata aborrece el régimen dictatorial de Venezuela, pero no todos apoyamos la anunciada invasión con tanques y bombarderos, ni la oferta de recompensa multimillonaria por la cabeza sangrante del dictador Maduro.  

Por otra parte, ¿qué ley o qué autoridad permite a la Casa Blanca “cerrar el cielo” de otros países y de paso, dejar sin empleo a miles de trabajadores de la industria aeronáutica y sin posibilidades de movilización a cientos de miles de pasajeros? ¿Y qué tribunal imparcial decide cuándo decretar, a través de la Lista Clinton, la muerte civil de personas que no han sido juzgadas y condenadas por los supuestos delitos que alega el que de entrada impone las sanciones? ¿Qué matonería vulgar exhibe Trump al amenazar a Colombia con “ataques por tierra”, cuando todos sabemos que las mafias del narcotráfico se nutren de los consumidores gringos y europeo? 

En estos momentos las aguas tropicales del Caribe no duermen tranquilas, ni las palmeras se arrullan al soplo del aire tropical. El mare nostrum centroamericano vuelve a ser campo de guerra desde que el doctor Donald Frankenstein montó un laboratorio letal donde se arraciman drones MQ-Reaper, misiles Hellfire, cazas artillados; quince buques de guerra encabezados por el portaaviones más grande del mundo, el Gerald R. Ford; doce tipos diferentes de aviones y helicópteros de combate y miles de marineros, pilotos y soldados. 

Todos estamos en peligro; en la perturbada mente de Trump, todos somos fichas de un delirante tablero.

Sobre Revista Corrientes 5113 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com