Los Danieles. La hora de la urna

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Y ahí vamos, acercándonos día a día, con resignación o con entusiasmo, a la hora de la urna. A la cita con la democracia en la que escogeremos quién viene después de Petro.

El proceso electoral que culmina el próximo domingo ha estado polarizado y apretado como pocas veces antes. Su resultado pesará mucho en el inmediato futuro político del país y es una lástima que haya sido tan decepcionante en protagonistas y propuestas. Es que no ha habido ni un debate serio entre los dos candidatos.

El país merece algo más afirmativo y relevante que las tardías propuestas de Iván o las repetitivas amenazas de Abelardo. Algo que lo conmueva más; que le abra de verdad nuevos horizontes y le ofrezca a una sociedad saturada de peleas y pequeñeces una salida diferente.

Que el debate haya podido girar en torno del uso de la camiseta de la selección Colombia lo dice todo. Reflejo de una democracia cada vez más abrumada por la frívola emotividad de las redes sociales; alejada de la confrontación seria de ideas y huérfana de propuestas lúcidas sobre los problemas más apremiantes que enfrenta este país.  

Cómo será que lo más pertinente ha sido la pregunta sobre si De la Espriella renunciará a su ciudadanía norteamericana, que en caso de un pleito entre ambos países lo obliga a defender los intereses de Estados Unidos por encima de los de Colombia. Cierto es que no le puede sacar el cuerpo a este conflicto de lealtades y tiene la obligación ética de definirlo. “Abelardo, no se puede servir a dos señores”, le recuerda la directora de Cambio, Patricia Lara.

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En medio de las emotividades o frivolidades de la agonizante campaña presidencial conviene ir siempre al “análisis concreto de la situación concreta”, como aconsejaba ese malévolo pero genial estratega político llamado Vladimir Ilich Uliánov, mejor conocido como Lenin, que supo cómo aglutinar fuerzas para derrocar a un decadente imperio zarista e implantar una “dictadura democrática del proletariado”, que marcó la llegada al poder del comunismo como una ideología con pretensiones de dominio mundial. 

Casi cien años después, pese a los fracasos comprobados del comunismo como sistema de gobierno y de los incontables rechazos que produjo entre el proletariado europeo, que era su razón de ser, ahí sigue, increíblemente, como un fantasma que recorre el mundo, según advirtiera el viejo Marx, provocando por doquier miedos y pasiones. 

Que presidentes como Trump, Milei, Bukele y otros lo utilicen tanto para alebrestar temores y descalificar rivales, simplemente confirma lo eficaz que ha sido el anticomunismo como caballo de batalla en lo político, electoral o ideológico. El antifascismo, que como antídoto pregona la izquierda, no tiene eco semejante porque en estas tierras, a diferencia de una Europa que sufrió el nazismo, suena como algo lejano y difuso frente a una amenaza comunista, que se presenta como siempre inmediata y real. 

Son hondas y perdurables, pues, las secuelas que dejó la propaganda que produjo la larga guerra fría entre Washington y Moscú. Tan perdurables que, cuarenta años después del colapso del ideal comunista y de la apabullante superioridad del modelo democrático occidental, aún son motivo de fuertes tensiones internacionales, en un mundo donde ya no son solo dos los que mandan y pesan cada vez más las alianzas y bloques regionales de poder.  

Pero, volviendo a la “palpitante” realidad nacional y a sus escogencias presentes, he dicho que en ningún caso votaría por De la Espriella, pero tampoco creo que este llevaría a Colombia a un régimen “narco-fascista” enemigo de las libertades. Ay, los adjetivos. 

Sería un viraje malsano a un estilo de gobierno prepotente y sobreactuado, pero el país tiene instrumentos de sobra para frenar cualquier intento de torcer la institucionalidad desde el poder ejecutivo. ¿Ingenuidad? Eso me dicen quienes advierten que no se puede subestimar el potencial de daño que podría causar un presidente carismático de la derecha radical, enamorado del poder y con delirios de grandeza. 

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Gajes de la democracia, qué más se puede decir. Más vale analizar bien los detalles que revelen estas pruebas electorales. La diferencia de votos entre uno y otro, por ejemplo. Una mayoría abultada a favor de Abelardo favorecería su gobernabilidad, alimentaría su ya inquietante libido imperandi y constituiría un juicio devastador sobre el primer gobierno de izquierda del país. Explicable por muchas razones sobre las que habrá que volver, pero que no es del caso repetir aquí.

Votaré por Cepeda, que, siendo un tipo honesto y serio, no ha logrado convocar decisivos sectores del centro. Lo haré, entre otras cosas, para que un triunfo del caudillo de la derecha no resulte desbordado. Porque esto, créanme, no le convendría a Colombia. 

P. S.: “El estilo es el hombre”, pensaba yo, recordando al conde de Buffon, mientras veía al presidente de Colombia en su tribuna de la ONU en Nueva York, ataviado de saco blanco, camisa negra y corbata blanca, cual mafiosito miamiero de los años setenta. ¿Por qué vestirse a la manera de lo que más dice detestar?

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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