Por Óscar Domínguez Giraldo
La Biblioteca Pública Piloto de Medellín ha programado un festival que se prolongará hasta el sábado. Habrá invitados muy especiales. Un gran fotógrafo fue el fallecido maestro Rodrigo Moya, nacido en Medellín, pero quien a los dos años se trasladó a México con su familia.
Moya fue el único que fotografió a García Márquez con el ojo colombino, producto de un derechazo que le propinó un celoso Mario Vargas Llosa. En la siguiente nota Moya cuenta la historia de esa foto.
Seguida de una entrevista que le hice al maestro cuando vino a Medellín invitado por la Fundación Gabo. od
La increíble y triste historia de
un ojo colombino por un derechazo desalmado
Texto y foto de Rodrigo Moya (Publicado inicialmente en el diario La Jornada, de México)
Por allá a principios de los años sesenta del siglo pasado conocí a Gabriel García Márquez en casa de mi madre,Alicia Moreno de Moya, que era una especie de embajada paralela de Colombia en México, cuando la oficial estaba ocupada por los militares de la dictadura. En alguna de aquellas fiestas de intelectuales y artistas de destinos aún inciertos, el tal Gabo no me cayó muy bien que digamos. En plena reunión él se
tendió en uno de los largos sofás, la cabeza apoyada en el brazo acodado, y
desde esa posición como de marajá aburrido sostenía escuetos diálogos o emitía
juicios contundentes o frases entre ingeniosas y sarcásticas. Estaban aún lejos
Cien años de soledad y el premio Nobel, pero el paisano de mi madre se
comportaba ya con una seguridad y cierta arrogancia intelectual que no a todos
agradaba. Poco después leí La hojarasca , y luego Relato de un
náufrago, y El coronel no tiene quien le escriba , y después todo lo
que escribiría a lo largo de los casi cincuenta años siguientes, y entendí
entonces por qué aquel tipo de bigote y gestos como de fastidio y pocas pero
contundentes palabras, como de frases célebres, podía recostarse en el sofá en
medio de una ruidosa tertulia y decir lo que le viniera en gana.
Por aquellas tertulias en la casa materna fue que tuve cercanía amistosa
con García Márquez, con Mercedes y sus hijos pequeños, Rodrigo y Gonzalo.
Siendo fotógrafo y amigo, no le pedí alguna vez que posara para mí, y cuantas
veces los visité en su casa fue sin la cámara en el hombro. Ahora tal vez me
arrepiento.
Por eso fue natural que el 29 de noviembre de 1966 el Gabo apareciera
por mi apartamento en los edificios Condesa; quería que le tomara algunas
fotografías para ilustrar la solapa o la contraportada del libro que había
terminado después de dos años de trabajo, y estaba ya en manos de los editores.
Llegó acompañado de nuestro mutuo amigo Guillermo Angulo, quien había sido mi
maestro y en esos años manejaba su propia compañía cinematográfica en Bogotá.
El saco que había escogido el Gabo para aquella sesión era despampanante, y
estuve tentado de sugerirle mejor una foto en camisa arremangada, o prestarle
una de mis chamarras, pero usaba la prenda con tal naturalidad que adiviné que
la amaba, y así las fotos se hicieron a su manera. La foto era para Cien
años de soledad , cuya edición se preparaba en Buenos Aires. Pero nadie
sabía, quizás ni él mismo, lo que ese título significaría después en la
historia de la literatura.
Moya, el fotógrafo del
Nobel
(Odominguezg)
A su puerta tocó el Nobel García Márquez para que le tomara
fotos decisivas: la primera (1967) para la carátula de un libro que no se sabía
para dónde iba: Cien años de soledad; la segunda (1977) para que inmortalizara
el derechazo que le propinó el peruano
Mario Vargas Llosa que le dejó un ojo colombino por celos o diferencias políticas. O por ambos.
El hombre de la cámara
que fue acosado por el Nobel para que lo retratara, es el fotorreportero y
documentalista independiente, Rodrigo
Moya Moreno, todo un personaje en el exterior, anónimo en Macondo. Setenta y
siete años después de su nacimiento en Medellín, regresó a su ciudad para
hablar de su oficio de fotógrafo. Vino, vio, recordó algo, habló, enseñó,
impactó, encantó y regresó a su base mexicana.
Sabe de lo que habla: Ha
sido “editor, impresor, medio diseñador, buzo, escritor y a veces poeta” que ha
ganado varios premios literarios. Con ocasión de su visita lo acompañaron su
esposa, la artista inglesa, Susan Flaherty, y su “descubridor”, otro fotógrafo
de alto vuelo, el maestro Guillermo Angulo, hecho en Anorí, Antioquia. Doña
Susan y el maestro Angulo están felizmente vivos.
El Borges de la
fotografía, como lo bautizó Angulo, no
fue a la montaña; la montaña (el Nobel de Aracatca) siempre iba a él. (“Ando
fallo de vista; así que escribir es para mí como armar una caja de tipos
móviles al estilo gutenbergiano”, me escribió cuando le propuse una entrevista
por la impersonal vía del correo electrónico).
Por los años de la
dictadura de Rojas Pinilla, García Márquez frecuentaba en México la casa de
Alicia Moreno, la “Chaparra”, madre de Moya, nacida en Fredonia, Antioquia, y
quien se había casado por curiosidad.
La curiosidad se la
produjo una exposición de Luis Moya (México 1907), de paso por Medellín. La
joven Alicia se empeñó en comprar uno de los cuadros pero finamente se quedó
con el pintor mexicano de “cuya unión” hubo tres hijos, Rodrigo y Colombia,
colombianos, y Nora, mexicana. Afugias económicas obligaron a la pareja a
establecerse en México.
Con el tiempo y un
palito la casa de los Moya en México se convirtió en una embajada alterna de
Colombia adonde iban a parar toda clase de personajes del corte de Pedro Nel
Gómez, Gómez Jaramillo, Arenas Betancourt, Omar Rayo y Gabo, siempre Gabo,
quien hizo migas con el hombre que documentó los movimientos guerrilleros en Cuba, Guatemala, Bolivia,
Panamá y República Dominicana.
La entrevista.
El enigma de la sopa
¿Maestro
Moya, qué tiene del Moya y qué del Moreno en su vida diaria?
No lo
sé. La sopa genética de la que uno está hecho es un enigma. Pero en toda mi
infancia y juventud el factor Colombia estuvo presente cada día y en cada
rincón. Tiples, carrieles, ruanas, sobrebarriga, sopa de patacones, que aún
añoro, chocolate con queso y mantequilla, aguapanela, bambucos, pasillos,
cumbias, trovadores con guitarra o tiple en toda fiesta o reunión en casa. Y
con frecuencia, los ineludibles declamadores o declamadoras espontáneos que aún
los niños escuchábamos religiosamente. Algunos de renombre como poetas que aún
recuerdo. Una bandera colombiana de moderada altura, entre la sala y el
comedor, sin santos ni vírgenes en las paredes, pero sí cuadros de Gómez
Jaramillo, un tal Rengifo, Rayo, Peláez y otros que no recuerdo, anunciaban que
esa casa en la avenida Insurgentes, en su época de oro, contenía algo más que
canciones charras, artesanías mexicanas y el culto a los santos y héroes de
todo hogar medio mexicano. Mi madre dejó su patria para siempre, pero trajo
partes y siempre las tuvo en su casa mexicana. Falta decir que Alicia era guapa
y carismática a pesar de su juventud, como lo atestiguan las fotos que conservo
de ella. El 20 de julio se celebraba cada año, y ella era el motor de esos
rumbosas y colombianísimas fiestas donde mi hermana bailaba cumbias vestida
para la ocasión, y más de un trovador entonaba Los arrieros, Antioqueñita,
y sin falta Las mirlas, Cuando tú te hayas ido y otras canciones
que mi memoria conserva. Guillermo Angulo bautizó a Alicia Moya en los
cincuenta, cuando él era fotógrafo de una revista importante y aparecía en esas
fiestas, como “La Gran Chaparra”. Así que no en los genes, pero sí en la
biósfera donde crecí, tuve dos patrias: una real, y otra mítica, pero más
divertida.
¿No es una
deliciosa ironía que venga a conocer la ciudad 77 años después de haber nacido
en ella?
Más que ironía, es
algo insólito y jubiloso. Colombia, como ya dije, siempre ha estado en mi
sangre y en una memoria no vivida, a veces alegre, a veces nostálgica o
rebelde, siempre misteriosa. Le digo, paisa Oscar, que ya no me interesa
conocer más mundo, sino entender un poco más el que vivo y viví. Con Medellín y
Bogotá en perspectiva, me siento colmado en este momento. Sé con certeza que
mis fotografías van a seguir trotando, y qué bueno que un día se paseen por
Colombia y se diga que quien las hizo era mitad paisa, y mitad mexicano.
¿Cuál
es el encanto de México para los colombianos?
No lo sé. Habría
que preguntarles a ellos. Aquí (en México) tenemos algunas cosas abominables
que inexplicablemente gustan a los de fuera. Pero tal vez en este país, cada
vez más colonizado y desvertebrado, la gente es menos estirada en su vida
social y se ocupa menos de los otros y los deja ser y vivir. No en balde hubo
una tremenda revolución que acabó con los linajes, los nombres ilustres y los
petimetres sociales.
¿Cómo llega García
Márquez a su casa en México?
No lo sé. A la casa
paterna, a veces considerada como una embajada alterna en tiempos de
dictaduras, llegaban muchos colombianos, varados o talentosos o ambas cosas.
Pasaron muchas celebridades. Vi a Gabo en casa, tal vez a finales de los años
cincuenta, pero me parecía más bien antipático. Después de leerlo me convertí
en uno de esos millones de sus infanterías de lectores y
admiradores.
¿Cómo
recuerda al entonces el futuro Nobel?
Nunca
hubo una relación frecuente, íntima, pero sí afectuosa, con encuentros siempre
cordiales a lo largo de muchos años. Luego hicimos mayor amistad por medio de
Angulo, a quien mucho aprecian los Gabos. A los 19 años dejé la casa paterna y
de mi vista despareció la colonia colombiana que tanto rodeaba a mi madre. En
años posteriores, por medio de Angulo, se mantuvo cierto el vínculo con Gabo y
su familia. En las dos ocasiones en que le hice fotos fue el propio Gabo quien
tocó a mi puerta. En la de 1967 lo acompañaba Guillermo, el Hombre orquídea,
como usted lo bautizó. Cuando visitaba a Gabo en su casa nunca llevé cámara. Ya
era un personaje y no quería montarme en su prestigio. Fue lo mismo con varios
amigos célebres que pasaron por mi vida. Cuando les hice fotos fue a petición
expresa de ellos.
¿Cómo se deja
convencer del maestro Guillermo Angulo, y se involucra en la fotografía?
Él no tuvo que
convencerme. Más bien me motivó y dirigió esa vocación con todo el empeño y
rigor de un maestro renacentista que toma el futuro de su discípulo como un
asunto propio. No hay que descartar que mi hermana Colombia era una bella
bailarina que él miraba arrobado. Yo llevaba la foto y las imágenes en la
memoria más profunda por los álbumes familiares que mi madre conservaba de su
vida en Medellín, y por la pasión por la filatelia que existía en mi casa y
entre los amigos de mi padre. Era una arrolladora moda de la época. Alicia me
compró, tal vez a los cinco años, unas carpetitas rojas para pegar los timbres
que procedían de todo el mundo cuando se usaba papel cebolla en el correo aéreo
y timbres pegados con salivita. Allí empecé a ver con curiosidad pequeñas
figuras de otras partes, y aún ahora no me atrevo a tirar un timbre postal
cuando raramente llega una carta por el viejo correo. Angulo detonó un
inconsciente largamente postergado. Además, me sacó de la bruma, pues yo era un
estudiante fracasado de ingeniería buscando cómo ganarse la vida fuera del
ámbito familiar que estaba abandonando. Guillermo Angulo me cambió las
derivadas, el cálculo integral y la geometría descriptiva, por la óptica y la
magia inigualable del cuarto oscuro que él me descubrió como una
revelación.
¿Por qué decidió
adoptar la fotografía documental cómo modus vivendi?
La
foto documental es la madre de todas las fotografías. Es la única que nos
aproxima a la vida, a la gente y a sus realidades a través de la acción y la
observación. Nos da una idea de lo que es el mundo y la vida de los otros. Nos
enseña a ver, más que a ser vistos. Ser fotógrafo artista me da pereza, además
de que la buena foto documental lleva en sí su propio arte y las ficciones que
tienen la vida y el propio fotógrafo. En todo caso, ese viejo dilema me tiene
sin cuidado. Ahora ha vuelto impetuosa la foto artística en tetrapluricolor,
supra realismo hiperfocal y otras maravillas. La foto ha cambiado de clase
social. La foto artística todopoderosa la ejercen ya solo los ricos o los hijos
de familia dedicados a fotografiar productos con bellas modelos al lado. Pese a
esta embestida, la foto documental es la que seguirá contando para los que
vendrán: contiene la historia del mundo y su gente.
¿Qué tiene que ver
su condición de fotógrafo con su paisano García Márquez?
Nada, excepto las
fotos que le hice, la amistad que invariablemente decantan las jerarquías (solo
soy uno más de sus infanterías universales), y el tremendo afecto y admiración
que le profeso. Ahora que ya no es un hombre tan clamoroso y está recluido, lo
siento más dentro de mi corazón
¿Cómo el fotógrafo
Moya no aprovechó la presencia continua de Gabo en sus visitas a su casa en
México?
Siempre fui un
fotógrafo distante del poder y de la fama. Las dos ocasiones en que lo
fotografié él fue en mi casa. Me tenía confianza, supongo, y seguro conmigo se
sentía más relajado, porque es evidente que no se siente del todo cómodo frente
a un lente. Una vez uno de sus hijos nos fotografió a mi esposa y a mí con él
en su casa de Cuernavaca. (O tal vez fue el propio Angulo). No iba yo a sacar
la cámara a media reunión para empezar a acribillarlo. Así me sucedió con
muchos famosos ya muertos o en trance, y tal vez me arrepiento, porque eran
admirables y me gustaría tenerlos en mi archivo, que mucho tiene de historia y
criptas o catacumbas. La fotografía siempre tiene algo necrófilo, de pasado
irremediable, de nostalgia sin fin, el aviso de que todo es perecedero. A veces
pienso que las fotos viejas no son los muertos que imaginamos, sino que son
ellos quienes nos están viendo pasar, pensando tal vez: eso quedará de ellos,
una fotografía.
¿En qué
circunstancias lo escoge Gabo para que sea usted el hombre que le tome las
fotos para un libro que nadie sabía para dónde iba: Cien años de soledad?
De las
treinta que le tomé en 1967 para Cien años de soledad no usaron ni una
porque el diseñador, buen pintor pero pésimo diseñador gráfico, a pesar de su
fama inexplicable como tal, prefirió un libro sin la foto del autor. Pero una
de ella salió en la primera edición en inglés de la Penguin Book. No suelo
seguir muy de cerca el destino de las fotos que hago, excepto cuando me las
compran museos, coleccionistas fuertes o editoriales, que de eso vivo.
Haciendo
composición de lugar, dicho sea en lenguaje jesuítico, ¿cómo y
dónde se realizaron esas fotos?
En mi
luminoso departamento de los Edificios Condesa, con toda normalidad. Lo
acompañaba Guillermo Angulo y a mí la compañera de aquellos tiempos. Fue como
una charla. Ninguna pose, ni luces especiales. Luz de ventanas y en algún
momento un rellenito con una cartulina blanca. Negativos 6 x 6 cm. Tenían una
comida y no aceptaron el ron que les ofrecí. Gabo fumó varios cigarros,
arrojando el humo como un principiante. Las cámaras lo ponen tenso, aunque sean
de un amigo.
Diez años después
lo escogió el Nobel para hacerle las fotos del derechazo que le propinó Vargas
Llosa que lo puso fuera de combate con un ojo colombino…
Para las fotos del
ojo moro me costó un huevo sacarle una sonrisa de una fracción de segundo,
porque tenía cara como para Los funerales de la Mamá Grande…
Realmente, Varguitas lo había dejado mal y se veía más bien triste o deprimido.
Pero la sonrisa que le saqué hizo de aquél desaguisado una cosa sin
importancia…
Al terminar la
sesión fotográfica, Gabo me dijo al despedirse: Me mandas un juego y guardas
los negativos.
¿Por qué decide
levantar el velo sobre ese acontecimiento que a sus colegas fotógrafos les
haría agua la boca?
Los guardé treinta
años, hasta que cumplió sus ochenta en 2007 y me pidieron esa foto en el
periódico de México que quiero, La Jornada. En esos años nunca imprimí
ni una copia para nadie. Yo mismo me olvidé de ellas.
Gabo le da una
explicación política al derechazo de su hoy colega Nobel. Su esposa, Mercedes, lo
atribuye a los celos, malditos celos. ¿Cuál interpretación le parece más
verosímil?
Los antecedentes solo
ellos lo saben. El hecho ocurrió en la premier privada de aquella película
sobre los supervivientes de un avionazo en Los Andes. No se veían hacía tiempo,
y dicen que Gabo se acercó con los brazos abiertos para abrazarlo, y Varguitas
lo recibió con su aún hoy famosa derecha. Escribí una crónica de esa sesión en La
Jornada en 2007, cuando Gabo cumplió los ochenta.
¿Traerá su cámara fotográfica a Medellín donde hablará en la fiesta del libro el viernes 20 de septiembre?
Llevaré si acaso una cámara de 35 mm de los años ochenta, pero veo mal y no puedo controlar losindicadores, ya que sigo usando aquellos sólidos y durables aparatos en vías de
extinción. De hecho ya no se fabrican. Con una foto buena que tome de Medellín
me daré por servido. Nunca disparé mucho.

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