
Daniel Samper Pizano
Tras el triunfo de Abelardo de la Espriella en las elecciones del 31 de mayo rodó por las redes sociales un mensaje en el que Donald Trump felicitaba al ganador, deslizaba ataques contra su rival, Iván Cepeda, y le otorgaba todo su respaldo político.
Esta indebida intromisión fue celebrada por el tal Tigre con una efusión oratoria digna de estudio. Empezaba con conmovedores ahogos: “Con la frente en alto y el corazón palpitante de gratitud patriótica, recibo sus palabras y su firme apoyo”. Enseguida, con una rodilla imaginaria doblada a modo de venia y la mano en el pecho, exclamaba el candidato barbilindo, entre gemebundos signos de admiración: “¡Gracias, señor presidente!”.
Más adelante el chorro retórico declaraba su “plena identidad” con las políticas garosas de Trump, gritaba la consabida condena al comunismo, proclamaba la “sagrada defensa de la propiedad privada” y matriculaba a Colombia en el Escudo de las Américas, la pseudo-OEA que inventó Trump para formar gavilla con los regímenes fascistoides del continente.
El remate quería ser épico, pero solo alcanzaba a calificar de cómico: “Juntos somos indestructibles”. No precisaba si se refería al dúo Donald-Abelardo o a la pareja binacional Estados Unidos-Colombia. Pero me hizo acordar de aquel chiste en que la pulga le dice al dinosaurio: “Cuando nos enfurecemos, la tierra tiembla”.
Yo no sé por qué Dios ha decidido castigarnos con líderes que se creen oradores. En una época los tuvimos de más elevado nivel. La gente alquilaba asientos para oír los discursos de José María Rojas Garrido y acompañaba con agria y aplausos las peroratas de Jorge Eliécer Gaitán. Si hace cien años los debates entre Ñito Restrepo y Guillermo Valencia hubieran contado con canal de televisión, habría superado la sintonía de un Mundial de Fútbol. A su turno, las exposiciones sobre derecho internacional de Marco Fidel Suárez, Eduardo Santos y Gabriel Turbay eran auténticas cátedras de sabiduría.
De esas cumbres hemos caído hasta los gritos de Gustavo Petro con los que instó en Nueva York a los soldados gringos a desobedecer a su presidente o aburrió con carretazos sobre Hegel a la audiencia nacional.
Me hace reír y a veces llorar la oratoria nacional del siglo XXI. Pero lamento el intercambio de lambonería entre el jefe de Casa Blanca y el que aspira a serlo de la Casa de Nariño, sobre todo porque De la Espriella nos notificó que, de ganar él las elecciones, contaremos con Trump como copiloto de nuestro destino. Hasta ahora la hemos tenido como enemigo constante y a veces aliado ocasional. Pero su supuesta proximidad el abogado cantor me aterra por ambos. Por la ignorancia e inexperiencia del candidato en las relaciones internacionales —limitadas a cruzar fronteras en su avioneta— hace de él fácil presa de las ambiciones de sus nuevos amigos.
Conviene que los electores colombianos lo sepan. Trump ha dado origen a inesperada ciencia, la cruelogía, en la que se especialista el filósofo norteamericano Henry Giroux, de origen franco-canadiense. Profesor de varias universidades, el ensayista es uno de los educadores que ha desarrollado la pedagogía crítica, que estudia la crueldad como factor de poder. El gobernante cruel utiliza un lenguaje deshumanizado que actúa sin la menor consideración por los pobres y los vulnerables.
Para el mandatario cruel, el dolor y el castigo son indispensables en el ejercicio de su gobierno dice Gioux. Esta clase de individuos “no creen en el Estado de derecho y afirman que el poder y la violencia son fundamentales en la política”.
La práctica de “la cultura de la crueldad” abarca desde la construcción de cárceles semejantes a lugares de torturas hasta la cancelación de fondos destinados a ayudar a los más necesitados. Giroux pone como ejemplo de las primeras a Guantánamo, y de los segundos el cierre de la Agencia de Ayuda de Estados Unidos (USAid). Entre las fundaciones supuestamente humanitarias que se cerraron figura la Fundación Donald J. Trump, creada el presidente y su familia en 1988 y disuelta, revelan los documentos, “por orden judicial después de que salieron a la luz violaciones legales”.
Según el profesor de marras, Estados Unidos “es hoy por hoy un aparato cultural que se ha convertido en un sunami de odio e intolerancia dirigido por multimillonarios tecnológicos”. Léase, Elon Musk, Jeff Bezos y su banda. Añade Giroux, en entrevista con la BBC de Londres (marzo 11 de 2025): “A partir del neoliberalismo en la década de 1980, la bondad es vista como la virtud de los tontos”. Actualmente se estudia a la administración Trump como ejemplo de la política de crueldad. (Véase el informe “Las políticas de crueldad de la administración Trump y su impacto en la salud global; National Library of Medicine, febrero 2026).
Hablando académicamente, pues, Trump tiene un lugar ganado en la lista de gobernantes que han practicado la crueldad como política, al lado de Calígula, Gengis Kahn, Atila, Vlad el Empalador, el rey belga Leopoldo II, Adolfo Hitler, José Stalin, Mao Xedong y Pol Pot. Sus credenciales comprenden —algunas compartidas con Benjamin Netanyahou— a 73.000 gazatíes muertos, decenas de lancheros abaleados sin juicios ni sentencia en e Caribe y el Pacífico, cerca de 150 escolares iraníes bombardeadas y miles de emigrantes pobres que padecen en Estados Unidos persecución, cárcel injusta y tormentos.
Este personaje, fundador pasivo de la ciencia que estudia la crueldad como forma de gobierno, es el que Abelardo de la Espriella nos propone como copiloto de su gestión presidencial.
¿De veras, nos merecemos esto los colombianos?

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