Los Danieles. El adiós de los juguetes

Daniel Coronell

Daniel Coronell

En cinco casas ha vivido Rafael a lo largo de sus 19 años. Nació en Palo Alto, California, a donde habíamos llegado, 13 meses antes, para salvar de las amenazas de muerte a su hermana que tenía seis años recién cumplidos. En ese apartamento, amoblado con los saldos que iban dejando los sucesivos inquilinos, apenas vivió tres semanas. Empacamos su cuna, sus juguetes, los de Raquel, unos libros, tres maletas y nos fuimos a vivir a una casita rentada en la cima de una colina en Kensington, cerca de la Universidad de Berkeley, la institución que generosamente me ofreció trabajo y un año más de tranquilidad.

La zona estaba rodeada de bosques y los venados corrían por el vecindario. Cada mañana, vestido como un esquimal, y a bordo de su cochecito, Rafael acompañaba a María Cristina a llevar a la escuela a Raquel. Los juguetes eran su mundo. El oso con corazón que le habíamos armado en San Bruno, el Buzz Lightyear de pilas que hablaba en dos idiomas y el columpio de saltos que colgábamos del marco de una puerta.

Cuando volvimos a Bogotá –pensando que nos quedaríamos para siempre– Rafael encontró el amor de su abuela Mimí y más juguetes para su mundo: un conejo elegante que hablaba cuando le apretaba una pata, una caja de figuras con notas musicales que tocaba melodías de acuerdo al orden que él les diera, y un caballo de madera que se balancea, fabricado en el taller de don Horst Damme.

Cuando aún no había cumplido cuatro años, vinieron a Colombia Jim Bettinger, director del programa que nos había acogido en la Universidad de Stanford, y su amorosa esposa, Bee. Le trajeron a Rafa un precioso tranvía a escala que aumentó su tesoro de sueños. 

Los llevamos a conocer la catedral de sal de Zipaquirá y de regreso paramos en una cafetería. Jim estaba impresionado por las restricciones con las que teníamos que vivir por las amenazas y en especial por las limitaciones que la seguridad imponía a nuestros hijos.

–No se puede vivir así, no es vida para unos niños –nos estaba diciendo, cuando sonó mi teléfono. 
Era Isaac Lee, nuestro amigo del alma, en las buenas y en las malas. Sorpresivamente me ofrecía ir a trabajar a Estados Unidos. Le pedí que me esperara un segundo, tapé la bocina y les conté a María Cristina, a los niños, a Bee y a Jim sobre el propósito de la llamada.

–Acepta, no importa lo que sea –me dijo Jim en un tono imperativo que no le conocía, y luego musitó: –Es una locura que sigan aquí, esperando que pase algo.

Llegamos a Miami, a un apartamento que nos consiguió Mireyita Durán, el ángel de la revista Semana de esa época. Los juguetes de Rafa poblaron ese espacio de luz y de esperanza, y lo consolaron en el comienzo de su nueva vida: el kínder lejos de su abuela, hablar en inglés y el calor al que no estaba habituado. 

Unos años después, decidimos quemar los barcos, vendimos nuestro apartamento en Bogotá –que adorábamos– para poder pagar la cuota inicial de la casa en la que vivimos hace once años. El cuarto se llenó de otros juguetes: modelos para armar, carros de control remoto, balones de fútbol, cascos de lacrosse y los cubos de Rubik que él arma en segundos.

El tiempo pasó y hace unas semanas Rafael terminó su secundaria y logró su admisión en una gran universidad. Le dieron la oportunidad de hacer su primer año de estudios en otro continente. Así es que el lunes pasado tenía que partir a su nueva vida. A Raquel, que viajó desde la ciudad en la que está comenzando su vida laboral para decirle hasta pronto, a María Cristina y a mí se nos ocurrió que la mejor despedida, la más bella y significativa, se la podrían dar esos juguetes que han estado con él en cada escala de su existencia.

Ese día nos levantamos muy temprano, los sacamos de la canasta, y los alineamos en una calle de honor que iba desde su cuarto hasta la puerta de la casa. El Buzz, que había estado callado tanto tiempo, marchó gritando “hasta el infinito y más allá”. Un minúsculo pájaro de felpa le pedía que no olvidara las cosas pequeñas. El primer cubo de Rubik recalcaba que hasta los retos más difíciles tienen solución y un mico perezoso le aconsejaba levantarse temprano. También salieron a decirle adiós Darth Vader, el conejo elegante, su casco protector, un bus escolar, su balón de fútbol preferido, el perrito de felpa que es igual a Nutella, el caimán que compró muy cerca de donde hoy funciona un temido campo de prisioneros para inmigrantes, el pato cua cuá, el oso Paddintong que él me regaló y un Pinocho que, fiel a su costumbre, asegura que la pizza no engorda. 

María Cristina y yo vinimos con Rafa hasta el otro lado del océano para ayudarlo a acomodarse. Se quedó a dormir en el hotel hasta hoy. La noche de este domingo será la primera en su dormitorio, su sexta casa. Estoy seguro de que le irá muy bien en sus estudios y en la vida. Sus juguetes y nosotros lo estaremos esperando siempre.

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