

Daniel Samper Pizano
Los dos sujetos cuyos retratos encabezan mi columna de esta semana son los únicos que pueden detener en pocas horas el genocidio que se comete contra el pueblo de Gaza: 64 mil muertos, cientos de miles de heridos, innumerables viviendas y edificios asolados, dos millones de personas cercadas por el hambre y las balas.
Si el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu lo decide, podría silenciar hoy mismo los fusiles, desarmar los lanzacohetes, retirar sus uniformados de la franja y permitir el acceso de comida que retienen sus soldados.
El mismo resultado se obtendría si el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, levanta el teléfono rojo y ordena a Israel no disparar ni un tiro más, que regresen los soldados al cuartel y entren la ONU y otras entidades internacionales para alimentar a los niños, cuidar a los lesionados y empezar a organizar las ruinas.
Es verdad que los terroristas de Hamás hicieron el primer ataque cobarde que costó centenares de muertos inocentes; que los países vecinos (árabes y musulmanes) no parecen mosquearse por el aplastamiento de un pueblo hermano y que a Europa le han faltado liderazgo y valor para oponerse a la matanza. Pero no son ellos los responsables directos de esta carnicería que empezó hace ya casi dos años y que ha visto cómo Israel ha atropellado impunemente todas las leyes internacionales y desoye a la oposición creciente en su propia casa y en el mundo entero.
Hemos topado, por desgracia, con un dúo de excepcional cinismo. Muy de vez en cuando Trump pronuncia —“con la boca chiquita”, dicen los españoles— frases como que “esto debe terminar”, pero no mueve un dedo para que termine. Mientras tanto, Netanyahu aplica a fondo su despiadada doctrina militar: todo vale. No importa cuántos civiles caigan si muere un sospechoso de terrorismo.
Ambos son campeones de hipocresía. Hace siete días la artillería israelí atacó el Hospital Nasser, uno de los pocos que aún están en pie de los treinta y seis que había en 2023 en Gaza. El truco se conoce como la doble trampa. Primero cayó una bomba que destrozó parte del edificio y poco después una segunda descarga en el mismo punto dejó veinte muertos, entre ellos cinco periodistas y numerosos paramédicos y ciudadanos que acudieron a auxiliar a las primeras víctimas.
Voces indignadas denunciaron este nuevo asesinato colectivo. Netanyahu comentó que se trataba de “un infortunado accidente”. Y Trump enterró el asunto con una frase: “No estoy contento con lo que pasó”.
No fue un accidente. Tropas israelíes invaden la Ciudad de Gaza, principal centro urbano en esta cinta de tierra de 9 kilómetros de ancho por 41 de largo donde viven casi dos millones de personas. El propósito final es expulsar de su patria a los palestinos, demoler lo poco que queda en pie y anexionar a Israel la franja. Trump sueña con convertir el actual blanco de proyectiles en espléndido lugar de veraneo con hoteles playeros de lujo y una preciosa cancha de golf administrada por una empresa suya.
En el salón de baile —Trump adora las salas de baile con mobiliario dorado— seguramente resplandecerá el Premio Nobel de la Paz al que aspira el presidente gringo. Quien lanzó su candidatura (parece un mal chiste) fue su cómplice Netanyahu a principios de julio.
Al mismo tiempo que estos dos sujetos fingían un dolor pequeño y pasajero por la matanza de periodistas y civiles en el hospital, no muy lejos de allí los colonos israelíes, armados y respaldados por el gobierno, invadían tierras neutrales y sacaban a garrotazos a las familias que crían allí sus cabras y habitan sus carpas. En 2022 los beduinos sufrieron un promedio de 71 ataques mensuales perpetrados por colonos. En diez meses de 2025 ya van 1.270: algo menos que el doble.
El análisis de la situación de Gaza puede empezar por donde uno guste. Pero la conclusión es la misma: esos dos personajes son los que fomentan la masacre y podrían detenerla si quisieran.
Retratado
En lo más duro de la pandemia el presidente Iván Duque promovió un pulso entre la Virgen de Chiquinquirá y la de Fátima y convenció a un conocido locutor deportivo de transmitir un gol al Covid-19, lo que cinceló un momento inolvidable en la historia de la televisión.
Hace poco, ese dirigente blandito que presidió cuatro años a Colombia sufrió un nuevo ataque de oportunismo descarriado y, en compañía de un banquero dueño de Semana, viajó a Israel, se abrazó con el genocida Benjamín Netanyahu, le ofreció su respaldo y lo llamó “cercano amigo y aliado del pueblo colombiano”. Luego intercambiaron regalos y se tomaron fotos que Iván exhibe con orgullo. Pero ni el pueblo colombiano es aliado de este criminal internacional ni Duque nos representa en su insólita lagartería.
Uno se pregunta qué corrientazo sacude a ciertos expresidentes conservadores cuando ven una oportunidad fotográfica con un personaje famoso. Ya teníamos a Andrés Pastrana posando con el pedófilo Jeffrey Epstein, y ahora se enriquece la galería con Duque y Netanyahu. Falta solo la foto que le quedó faltando a Laureano Gómez con Adolfo Hitler.
