
Daniel Samper Pizano
Como en toda ciudad fría y triste, en Bogotá abundan las historias de muertos y fantasmas. Desde 1787, cuando la Corona española prohibió las sepulturas en iglesias ya abarrotadas, los cachacos odian los cementerios. No los consideran camposantos sino viles enterraderos, y por eso en 1793 fracasaron las primeras necrópolis laicas decretadas en la capital.
También muchas de las siguientes. Largos años pasaron antes de que se intentara de nuevo la inhumación en terreno público en el Cementerio de los Pobres inaugurado a fines del siglo XVIII. Fue otro fiasco, pues los fiambres ricos no querían codearse con los fiambres pobres. El segundo depósito de difuntos nace en la calle 26 y hoy, dos siglos después, parece más peligroso, más sucio y más dejado que nunca.
La historia cojea desde el comienzo. El cadáver inaugural que en 1827 fingió acatar las disposiciones municipales se voló esa misma noche de su tumba. El entonces alcalde Rufino Cuervo Barreto, padre del gramático Rufino José, describe el espantable suceso. El fallecido era “un caballero de dilatadas conexiones en la ciudad”, cuyo féretro “muy bien clavado, se enterró convenientemente”. Pronto corrió el rumor, sin embargo, de que el simpático ocupante de la cripta había huido amparado por la oscuridad nocturna y,socorrido por manos amigas, se hallaba ahora en paradero desconocido. Las autoridades, señala Cuervo, “trasladáronse inmediatamente al cementerio, desenterraron el ataúd y lo encontraron lleno de tierra y sin cadáver alguno”. Se sospecha que los distinguidos huesos del NN se esconden todavía en alguna iglesia o capilla alcahueta, pues no consta que hubieran sido ubicados.
Una década más tarde, a partir de viejos planos del famoso ingeniero español Domingo Esquiaqui, se levantó el cementerio central que hasta hoy perdura. Pero ha sido tan desairada su historia que se ignora a quién correspondió el privilegio de inaugurarlo. En junio de 2024, al comentar en Los Danieles este particular, registré un solo candidato. Nuevas indagaciones me permiten triplicar la lista. Ahora compiten el temido jefe de policía Ventura Ahumada, el hijo mayor del doctor Cuervo y el primogénito de Francisco de Paula Santander. Yo apuesto por este último, pues el chino murió a fines de 1836, antes que los otros, y, sobre todo, Santander mandaba más que todos gracias a su doble condición de héroe de la patria y presidente.
No cabe duda, en cambio, de la antipatía o temor de los cachacos por el más allá. Prueba metafísica son los muertos que preferirían una resurrección exprés antes que dejarse sepultar entre lombrices y chisas. El cronista santafereño José María Cordovez Moure cita tres casos aterradores en sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá. El primero es el del sastre inglés Andrés Watt, quien, a principios de la década de 1840, cayó víctima de la epidemia de viruela que diezmó la población capitalina. Era, además, época de aguaceros, de modo que los deudos del sastre se vieron obligados a abandonar el sarcófago en las puertas del fosal con la idea de regresar al día siguiente a culminar el doloroso rito. Pero esa noche la lluvia conjuró la fiebre que otorgaba pinta cadavérica a míster Watt y el inglés regresó a consolar a quienes lo lloraban.
No es menos macabra la historia de Rita Trujillo, conocida beata y solterona que padeció catalepsia el 13 de mayo de 1844. Muchos que la admiraban se acercaron a velarla en la sala donde el cajón exhibía su fúnebre contenido: doña Rita vestida con el hábito de los agustinos descalzos. Camino a su última morada, el cofre se detuvo ante la puerta de un templo, y allí ocurrió el milagro. “Ya fuese efecto del rocío o del aire libre que la reanimó —escribe el cronista—, el hecho fue que doña Rita movió el dedo gordo de un pie”. Cualquiera deduce que si el dedo gordo se mueve es porque la propietaria vive. La falsa occisa se incorporó y el entierro quedó suspendido hasta 1857, cuando acabó de morirse la buena señora.
A los seis meses fallecía doña Eduvigis García viuda de Ramírez. Se supone que mientras el alma volaba en busca del fenecido cónyuge, su envoltura humana recibía la despedida de los sacerdotes de la iglesia de San Francisco. La señora reposaba cómodamente en su ataúd rodeada de cirios que le prestaban luz y entrelazados los dedos de las manos “para sostener un pequeño crucifijo de metal”, según relata Cordovez Moure. De -pronto los asistentes al velorio se desbandaron presos del pánico al oír que uno de los curas advirtió a otro: “Padre, ¡la difunta soltó el Cristo!”. En efecto. Doña Edu respiraba, luego vivía. Enmendado el diagnóstico, sus aterrados familiares la recibieron de vuelta entre murmullos que hablaban de “la resucitada”.
A los desórdenes y errores que acompañaron desde el principio al cementerio central se han unido últimamente robos, atracos y abandono. Numerosos panteones fueron despojados de sus láminas de mármol y es casi imposible acceder a los camellones históricos. Pocos son los rincones donde los invasores no se han hecho pis, como dicen muchos hispanomeantes. En mi columna de hace dos años conté cómo, de manera inexplicable, aparecieron en el espacio que ocupaba la tumba de mi viejo los huesos de dos gatos domésticos, Malto y Luna, con su correspondiente epitafio. Una piñata mortuoria.
Parece, sin embargo, que hay buenas noticias. Terminado el acuerdo con los deplorables administradores que tuvo el camposanto durante años, y asomado el ojo de la Procuraduría en busca de hechos punibles, el Distrito contrató esta semana a un nuevo operador. Los deudos y los futuros clientes esperamos que el parque funerario vuelva a ser un cementerio y no un indigno enterradero.
ESQUIRLA. Enorme titular en El Tiempo anuncia fact-checking a un discurso presidencial. Carlos Bonilla, gramático de cabecera, podría explicarles que en nuestro idioma se dice verificación, comprobación, revisión, chequeo, confirmación, prueba…

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