
Enrique Santos Calderón
El cierre del Parque Tayrona es ejemplo máximo de la ineficiencia de un Estado que no es capaz de defender su más bella y emblemática riqueza natural.
Quien haya conocido las playas de Cañaveral o los corales de Arrecifes, sentido la majestuosidad de las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, respirado el embrujo que despide la montaña costera más alta del mundo, solo puede sentir dolor de patria con la suerte que ha corrido este singular tesoro nacional. Dan hasta ganas de llorar.
No es de extrañar que, con una extensión de más de quince mil hectáreas de bosque seco y selva tropical húmeda, arrecifes coralinos aún intactos, paisajes alucinantes, infinidad de plantas y hierbas, fauna silvestre que incluye desde micos aulladores hasta ocelotes y jaguares, ancestrales vestigios arqueológicos, cuatro etnias indígenas activas (koguis, arhuacos, wiwas y kankuanos) y la mayor diversidad de especies en Suramérica, no es de extrañar, repito, que el Parque Tayrona haya sido catalogado como patrimonio cultural de la humanidad, con un potencial turístico incalculable.
Pero ni visitantes colombianos ni turistas extranjeros pueden apreciar hoy esta maravilla de la naturaleza. El parque ha sido clausurado ante el acoso de los grupos mafiosos convertidos en poderes regionales. El Clan del Golfo y los denominados “Conquistadores de la Sierra”, también conocidos como “Los Pachenca”, herederos del clan criminal de Hernán Giraldo Serna, son los que mandan la parada.
Un caso tan patético como ilustrativo de la falta de control territorial por parte de sucesivos gobiernos que no han logrado imponer su ley —la ley— en amplias regiones del Magdalena y La Guajira, donde cada día, municipio por municipio, se expande la intimidatoria presencia del narcoparamilitarismo. Huérfana por largo tiempo de autoridad civil o militar, la Sierra Nevada de Santa Marta y su entorno se convirtieron en zona apetecida y blanco predilecto de todos los grupos armados ilegales, por sus condiciones naturales y su estratégica ubicación geográfica. Como el Parque Tayrona, que tiene selva, montaña, mar a la mano y la Troncal del Caribe al lado.
La vieja tradición del contrabando guajiro, el histórico abandono estatal y el nulo respeto por una autoridad que poco aparecía fomentaron una cultura de la ilegalidad que ha frustrado los tardíos esfuerzos oficiales por imponer presencia y orden en esta zona vital. Hoy el Clan del Golfo y Los Pachenca libran enfrentamientos territoriales por el control de rentas ilícitas, extorsiones y narcóticos que han producido desplazamientos, homicidios y una clausura indefinida del Tayrona.
Al cierre de esta nota, leo que el jefe negociador del Gobierno con las llamadas “Autodefensas Conquistadoras de la Sierra”, Mauricio Silva, dijo que las razones para la clausura del parque fueron sobre todo climáticas. Parece un chiste, pero no lo es.
Lo más destacado de la última encuesta Invamer es el aumento en casi 11 puntos porcentuales en la favorabilidad del presidente Petro (del 38 % al 49 %). Producto innegable del abultado y audaz aumento del salario mínimo, que tenía que favorecer su imagen. Otro dato significativo es el posicionamiento de Iván Cepeda, que, como están las cosas, parece firmemente encaminado a la final.
Me decepcionó que Sergio Fajardo acuse una leve caída del 2 %, pero para nada me entristece el estancamiento del rating de Abelardo de la Espriella, pese a las adhesiones recibidas. Roy se desvanece y Quintero aparece. La política puede ser cruel.
Claudia López sigue presente, pero no la tendrá fácil. Paloma Valencia aparece consolidada a la cabeza de la llamada Gran Consulta (41,6 %), muy por encima de Galán, Oviedo, Peñalosa, Pinzón, Luna, Cárdenas y demás aspirantes de centro y centroderecha. Pero tampoco puede cantar victoria, pues le falta el reto crucial de la segunda vuelta.
El que sí lo está haciendo es Cepeda, que ya habla en todos sus discursos de ganar en primera vuelta. Eficaz mensaje porque en la gente, más que dudas y reclamos, cala la retórica con sabor a victoria, aunque podría resultar un triunfalismo prematuro. En todo caso, a nadie se le niega el derecho a pensar con el deseo. Ni tampoco el de renegar de encuestas y sondeos.
Otra cosa es la tajante descalificación que hace el jefe de Estado del sistema electoral que lo ha consagrado como congresista, alcalde de la capital y presidente de la República, y que bien puede hacer lo mismo con su candidato a la primera magistratura. Poco servicio le hace a la democracia colombiana, y a su propia causa, la campaña de Petro contra la Registraduría, el Consejo Electoral y demás entes estatales de los que desconfía.
Este 8 de marzo podrán votar 41 millones de colombianos, una cantidad impresionante, y se estima que lo harán cerca de 21 millones de colombianos, con la gran incógnita de cuántas personas participarán en las tres consultas convocadas y de cómo les irá a los que se lanzan directamente a la primera vuelta. Esta es ciertamente una contienda presidencial diferente, donde puede haber sorpresas y no faltarán amargas polémicas y denuncias de fraude.
Analistas como Hernando Gómez Buendía dicen que las consultas son “un ritual democrático sin contenido en un país sin partidos”. Otros recuerdan que en 2002 teníamos 61 partidos con personería jurídica. Algo se ha avanzado. No somos Suiza ni Noruega, pero ahí vamos. Voto a voto y golpe a golpe.
P.S: El nuevo comandante del Ejército anunció que no se suspenderán los bombardeos en las zonas de conflicto aunque en ellas haya menores de edad. Suena duro, pero es lógico. Es muy grande la cantidad de jóvenes imberbes pero armados hasta los dientes que son activos combatientes de la guerrilla o el paramilitarismo. Son las organizaciones que los reclutan las que deben resolver y responder por este abuso. El Ejército no puede quedar maniatado.

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