Los Papas, una crónica roja

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Por Darío Agudelo Jaramillo

John Julius Norwich, Los Papas. Una historia(Reino de Redonda) 

En principio, tratándose de un recorrido por todos los jefes que ha tenido una religión, una religión que comienza en un rincón del imperio romano y rápidamente está en todo el mundo conocido, uno creería que ese recorrido es sobre unos personajes muy espirituales, muy justos, muy acordes a lo que esa misma religión predica. Pero no es así. Los Papas. Una historia es en realidad una crónica roja, en la que los superiores de esa Iglesia procedieron durante siglos como unos jefes de estado, con lo que eso significa cuando las cabezas de la organización eran absolutistas, sentían que tenían patente de corso para eliminar a sus rivales, para favorecer a sus parientes, para enriquecerse, en fin, para ser más bien unos depredadores del poder. Sí, hubo excepciones. Pero eran excepciones. Al menos, esa denominación de ‘crónica roja’ es lo que merece el texto del historiador (¡y vizconde!) inglés John Julius Norwich (1929-2018), traducido al castellano por Christian Martí-Menzel. 
El fundamento de que Cristo nombró a Pedro como cabeza del grupo de apóstoles está en el evangelio de san Mateo: “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. No existen indicios de que haya sido obispo de Roma. “Roma no tuvo ningún obispo antes del segundo siglo” de la era cristiana. Sí se sospecha que estuvo allí y que murió hacia el año 64: fue cuando Nerón incendió la ciudad. Cuenta Tácito que “Nerón buscó rápidamente un culpable e infligió las más exquisitas torturas sobre un grupo odiado por sus abominaciones, que el populacho llamaba cristianos (…). Cubiertos con pellejos de bestias fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna (…)”. La tradición dice que tanto Pedro como Pablo estuvieron entre las víctimas.

La comunidad cristiana fue creciendo lentamente y era tolerada por los emperadores, hasta que llegó Diocleciano, que “entre los años 303 y 304 publicó repentinamente cuatro edictos contra ellos (…). La cristiandad consiguió triunfar a partir de 306, año en el que Constantino fue aclamado en York por la legión romana como sucesor del emperador Diocleciano”. La primera herejía fue el arrianismo y decía que “Jesucristo no era coeterno ni de la misma sustancia que Dios Padre, sino que fue creado por éste para que salvara al mundo”.

Por cantidad de fieles y por recursos, en esa época eran más importantes las Iglesias de Oriente –Constantinopla, Antioquía, Alejandría– que la misma Roma. De hecho, los dos concilios que se celebraron en el siglo IV fueron en el Oriente y tuvieron poca participación de Roma y sus alrededores. En el segundo, el emperador Teodosio decretó que, en lo sucesivo, toda herejía “sería un delito contra el estado”. En ese mismo concilio no participó el Papa Dámaso (366-384), que “se horrorizó al descubrir más tarde que allí se había decretado que el obispo de Constantinopla tendría preeminencia en los honores frente al obispo de Roma”, si bien, para entonces, “el obispo de Roma había alcanzado una posición casi monárquica de dominio en Occidente”. Fue el obispo Siricio (384-399) “el primero en ostentar el título de Papa, confiriéndole gran parte del significado que hoy tiene”.

El emperador Teodosio el Grande prohibió todos los cultos paganos y heréticos en 381. En menos de un siglo, una Iglesia perseguida se había convertido en una Iglesia perseguidora.

Luego, “el Papa Inocencio I (401-417) insistió en que todos los asuntos importantes tratados en los sínodos deberían serle presentados a él para que tomara la decisión final”. Dice Norwich que Inocencio I “probablemente fue el primer gran Papa. Un hombre de gran habilidad, muy resolutivo y de moral impecable; destaca como un faro entre la gran cantidad de mediocres que lo precedieron. Estaba dedicado a lograr que la supremacía papal fuera absoluta. Todas las causas grandes de disputa debían ser sometidas al juicio de la Santa Sede”. “Veintitrés años (y cinco Papas) después de la muerte de Inocencio I, en el año 417, el abogado y teólogo toscano León I (440-441) fue elegido para ocupar el trono papal. Fue el primer obispo de Roma en adoptar el título de los sacerdotes paganos, pontifex maximus”. Siguiendo la lucha contra las herejías, estableció la doctrina de que en Cristo coexistían la naturaleza divina con la naturaleza humana”. Pocos años después de su muerte, llegó a su fin el Imperio romano de Occidente.

En 527, Justiniano llegó al trono de Constantinopla y “desde el primer momento que llegó al poder, estuvo decidido a devolver toda la península itálica al redil imperial. Un imperio romano que no incluyera a Roma era un absurdo”. Eran los tiempos en que los godos estaban conquistando a Europa y, en su asedio a Roma, secuestraron al Papa, que era Vigilio (537-555), un noble romano que, antes de ser Papa, había estado, en 1537, en Constantinopla y, estando allí, recibió la noticia de que habían elegido Papa a un tal Silverio (537-537). Entonces Vigilio negoció secretamente con la emperadora Teodosia: si Justiniano lo reponía como Papa, él rectificaba la doctrina que hacía un siglo habían adoptado los Papas, según la cual Cristo era una sola persona con dos naturalezas, divina y humana, y aceptaba la teoría monofisita de Teodosia –muy vigente en el Oriente– que admitía una única naturaleza, la divina, de Jesús. Al principio, no cumplió, después sí lo hizo, lo que le valió que los obispos lo excomulgaran. En fin, traicionó a tantos, que hasta a sí mismo se traicionó y el resultado fue un enorme desprestigio del Papado. “Cuando su sucesor Pelagio I (356-361) añadió su condena a Vigilio, el prestigio papal ya estaba por los suelos (…). En 555 Justiniano decretó que en el futuro debía obtenerse la fiat (‘conformidad’) personal del emperador a la hora de elegir al obispo de Roma. Sin embargo, menos de treinta años después de la muerte de Pelagio en 561, hubo que consagrar un nuevo Pontífice que no consiguió evitar estas normas, y que transformaría por completo su cargo, confiriéndole una nueva energía y dirección: Gregorio Magno”.

En 573 murió el padre de Gregorio Magno y, entonces, él convirtió el palacio familiar en un monasterio benedictino. En 590 fue elegido Papa. “Era el primer monje que accedía al cargo papal y lo aceptó realmente a regañadientes”. Le escribió a un amigo que con ese nombramiento “había heredado un viejo barco cada vez más anegado, cuya madera podrida hacía que amenazara con naufragar”. En ese momento “la Iglesia ya era el primer propietario de tierras en Occidente” . “Gregorio era un administrador y un misionero (…). Piadoso pero práctico, su intención era que el ‘patrimonio de Pedro’ fuera una enorme reserva de fondos para la caridad a disposición inmediata de la Iglesia en beneficio de los pobres (cada día doce mendigos compartían su mesa)”.

“En el siglo VII, el repentino ascenso del Islam ayudó a la unificación de la cristiandad”. El avance del Islam provocó la respuesta armada de la cristiandad –Carlos Martel– hasta que hacia el año 800 el Papa coronó en Roma el emperador Carlomagno. Los Papas estaban claramente involucrados en las luchas por el poder en Europa y actuaban, también, como legitimadores del poder.

En el siglo XII nació una leyenda que se databa en el siglo IX, “la leyenda de la papisa Juana, que se dice que ejerció el Papado entre los años 855 y 857, entre León IV y Benedicto III”. Se contaba que “un día que montaba a caballo dio a luz a un niño. Inmediatamente, la justicia romana la ató por los pies a la cola de un caballo y fue arrastrada durante media legua mientras la gente la apedreaba”. Todo es una mentira, según Norwich. La papisa Juana nunca existió.

Nicolás I (858-867) “marca un hito: fue el último Pontífice con habilidad e integridad que ocupó el trono de San Pedro durante siglo y medio (…) era un aristócrata y un autócrata. Para él, –dice Norwich– el Papa era el representante de Dios en la tierra y no había nada más que decir. Los emperadores podían disfrutar del privilegio de proteger y defender a la Iglesia, aunque no tenían derecho a interferir en sus asuntos. La autoridad del Papa era absoluta (…). La idea de Nicolás de lo que era la autoridad papal se extendía (…) a la Iglesia de Oriente”. Para esa época, el imperio de Constantinopla estaba en plena decadencia y la Iglesia de allí había perdido territorios con la extensión de la religión mahometana en sus dominios.

El sucesor de Nicolás fue Juan VIII (872-882), quien “posee la dudosa fama de ser el primer Papa asesinado y, lo que es peor, por sacerdotes de su propio entorno (…). Primero lo envenenaron y, cuando el veneno tardó demasiado en actuar, le destrozaron el cráneo a martillazos”.

Uno de los peores momentos ocurre en el siglo X: “León V (…) fue coronado Papa en 903, aunque después fue encarcelado por un antipapa rival llamado Cristóbal. A continuación un tercer contendiente, el Papa Sergio III, que arrestó a Cristóbal, mandó estrangular a ambos predecesores (…). Apareció entonces la figura arrebatadoramente hermosa pero siniestra de Marozia, senadora de Roma e hija del conde de Túsculo y su célebre mujer, Teodora, ‘una desvergonzada ramera’. Según un relato de la época, Marozia y su hermana no estaban sólo ‘a la misma altura de su madre sino que la superaban en el ejercicio tan amado por Venus. A los quince años Marozia se convirtió en la amante de Sergio III, la madre de Juan XI y la abuela de Juan XII” . Comenta Edward Gibbon que “el respetado nieto de Marozia [Juan XII] vivía en adulterio público con las matronas de Roma, que el Palacio de Letrán fue convertido en una escuela de prostitución y que sus violaciones de vírgenes y viudas habían disuadido a las peregrinas de visitar el santuario de San Pedro, por temor a que mientras rezaban fueran violadas”. No se sabe si Juan XII murió “de un ataque al corazón provocado por sus esfuerzos de yacer en la cama con una mujer o si por las heridas que le causó el furioso marido de ésta; la opiniones están divididas. Tenía veintisiete años”.

Para los tiempos de Juan XII, el imperio carolingio lo encabezaba Otón, que quitaba y ponía Papas. Como sucesor del nieto de Marozia, escogió primero a Juan XIII (965-972) y después a Benedicto VII (973-974), que fue derrocado por agencia de la poderosa familia romana de los Crescencio. Éstos pusieron otro Papa, Bonifacio VII (974-985), quien dio muestras de su piedad y santidad estrangulando a Benedicto, pero tuvo que huir llevándose consigo todo lo que pudo del tesoro papal. Rápidamente fue reemplazado por Benedicto VII (974-983), quien comenzó por excomulgar a Bonifacio VII. Éste regresó a Roma y consiguió apoderarse del Vaticano hasta que fue de nuevo expulsado; entonces, tomó rumbo a Constantinopla. A la muerte de Benedicto, fue reemplazado por Juan XIV (983-984), quien tuvo que enfrentarse, de nuevo, con Bonifacio VII; éste regresó desde Constantinopla y derrocó a Juan, lo hizo prisionero, lo apaleó y lo confinó en un castillo donde murió a los cuatro meses, “bien de hambre, bien envenenado” –hay las dos teorías–. “Sin embargo, Bonifacio había ido demasiado lejos. Incluso para los romanos; que hubiese asesinado a dos Papas era demasiado. Sobrevivió en el trono once meses más –tras cegar a un cardenal diácono del que sospechaba que conspiraba contra él– y entonces, el 20 de julio de 985, murió repentinamente. ¿Fue asesinado? No existen pruebas concluyentes, pero su destino posterior así lo hace creer. Fue despojado de sus vestiduras, su cuerpo desnudo fue arrastrado por las calles y expuesto bajo la estatua de Marco Aurelio. Allí, abandonados a la muchedumbre, los restos del antipapa Bonifacio fueron pisoteados y sometidos a innumerables humillaciones”.

Enseguida fue Papa Juan XV que, aunque mejor que Bonifacio, era “avaro, codicioso y desvergonzadamente déspota y, en poco tiempo, se hizo profundamente impopular, tanto en la Iglesia como entre la gente”. Lo sucedió el primer Papa alemán Gregorio V (996-999), quien se hizo construir un palacio en el monte Aventino donde vivía “con una curiosa combinación de esplendor y ascetismo (…), comiendo en una soledad majestuoso en platos de oro, en ocasiones cambiando su manto dorado por otro de peregrino para caminar descalzo”.

El primer Papa francés fue Silvestre II (999-1003). Fue “el primero que difundió en Occidente cristiano los números arábigos y la utilización del astrolabio (…). Fue, además, un amante apasionado de la música e hizo mucho por desarrollar el órgano como instrumento”. El siguiente hecho que no puede omitirse en un resumen, es la separación definitiva entre las Iglesias de Constantinopla y la romana.

El siglo XI está marcado por el enfrentamiento entre los reyes alemanes, los herederos de Carlomagno, y los Papas. Cada uno de los lados pugnaba por controlar al otro. Entre los Papas hubo tres muy destacados: León IX, Gregorio VII y Urbano II, que buscaban “el sometimiento de toda la cristiandad, empezando por los dos emperadores, a la autoridad de la Iglesia de Roma”. Bajo el Papado de Urbano II, y por su iniciativa, se organizó la primera y muy exitosa cruzada. Con ella, vista desde hoy, lograba dos objetivos estratégicos: el primero, el explícito, reconquistar los territorios donde vivió Jesucristo y que estaban en manos mahometanas y, dos, darle un objetivo común, y externo a la misma Europa, a los ejércitos de reyes y señores feudales que tenían enfrentamientos entre sí. El ejército cruzado se comportó brutalmente: “entre espantosas matanzas, los soldados de Cristo se abrieron paso hasta Jerusalén, donde masacraron a todo musulmán que encontraron en la ciudad y quemaron a todos los judíos vivos en la sinagoga principal”.

El sucesor de Urbano fue Pascual II (1099-1118), quien reivindicó como exclusivo del Papa el derecho a nombrar obispos. Siguió Gelasio II (1118-1119), quien fue víctima de una poderosa familia romana, los Frangipani: lo encerraron en un castillo familiar “donde fue golpeado brutalmente. Un testigo informó que Cencio Frangipani, silbante como una enorme serpiente, agarró al Papa por el cuello, lo golpeó con sus puños, lo pateó y le hizo sangrar con las espuelas arrastrándolo por la fuerza por el pelo”. Luego fue expulsado de la ciudad y pronto murió. Quedó un antipapa, nombrado por los Frangipani, Gregorio VIII, quien fue puesto preso por el sucesor de Gelasio, Calixto II (1119-1124) y, llevado a Roma, “lo hicieron desfilar por las calles montado de espaldas, esta vez sobre un camello, antes de ser confinado a diferentes abadías por el resto de sus días”.

Durante poco más de treinta años, el trono papal fue materia de disputa entre dos familias romanas, los Frangipani y los Pierleoni; llegó a haber dos Papas, uno por cada facción. En esos tiempos hizo mucha bulla Arnaldo de Brescia con un “odio apasionado hacia el poder temporal de la Iglesia. Para él, el Estado era, y siempre debía ser, supremo. La ley civil, basada en las leyes de la antigua Roma, debía prevalecer sobre el canon eclesiástico. El Papa debía despojarse de toda pompa mundana, renunciar a sus poderes y privilegios y regresar a la pobreza y simplicidad de los primeros padres”. Al respecto escribió Juan de Salisbury, testigo directo de aquellos tiempos: “A menudo se oía a Arnaldo en el Capitolio y en diversas reuniones de gente. Ya había denunciado públicamente a los cardenales, y sostenía que su colegio, plagado como estaba de orgullo, avaricia, hipocresía y vergüenza, no era la Iglesia de Dios, sino una casa donde se comerciaba y una guarida de ladrones. El propio Papa era distinto de cómo se mostraba: más que un pastor apostólico de almas, era un hombre iracundo, que mantenía su autoridad a fuego y espada (…), cuyas acciones sólo iban destinadas a satisfacer su codicia y vaciar los cofres de otros hombres para poder llenar los suyos”.

De la lucha entre familias, el trono romano pasó a manos de un inglés: Nicholas Breakspear, o Adriano IV (1154-1159), a quien le tocó enfrentarse al emperador alemán, Federico Barbarroja, para lo que se asoció con un estado del norte italiano, la Liga Lombarda. Fallecido Adriano, un día después de sus funerales hubo un cónclave en el que se eligió a Alejandro III (1159-1181). En ese cónclave estaba un apasionado partidario de Federico Barbarroja, Octaviano de Santa Cecilia, que, cuando le iban a poner el manto escarlata del Papado a Alejandro, “se precipitó sobre él, le arrebató el manto e intentó colocárselo él mismo. Siguió una refriega, durante la cual volvió a perderlo. Sin embargo, su capellán sacó enseguida otro (…) y en esta ocasión Octaviano consiguió ponérselo, por desgracia con la parte de atrás adelante, antes de que nadie pudiera impedirlo”. Semejante comedia dio lugar a una nueva división del Papado. El Papa Alejandro excomulgó al antipapa Octaviano. Octaviano hizo lo mismo con el Papa. La división se prolongó hasta 1177 cuando Federico Barbarroja, cuyo ejército había sido derrotado por la peste, admitió como Papa a Alejandro.

En 1179 fue el tercer concilio de Letrán, “cuya decisión más importante fue el decreto de las elecciones del gobierno papal. Hasta mediados del siglo XI los Papas eran elegidos en ocasiones por el pueblo de Roma y en ocasiones por el emperador (…). Alejandro ordenó que el derecho a elegir a un nuevo Papa debía restringirse al colegio de los cardenales”. A Alejandro lo sucedieron, primero, un monje cisterciense y, luego, el arzobispo de Milán, quien murió de la impresión que le causó la noticia de la toma de Jerusalén por parte de Saladino, cuestión que llevó a la segunda cruzada, en la que participaron todos los reyes destacados de entonces, Federico Barbarroja, Ricardo Corazón de León, Felipe Augusto de Francia y el rey de Sicilia, Guillermo II.

Inocencio III (1198-1216) fue “el hombre bajo el cual el Papado medieval alcanzó su cenit”; en términos de política europea, “disfrutaba de una posición más fuerte que ninguno de sus recientes predecesores”. Y dentro de la propia Roma pudo reconciliar a las diferentes facciones. Sin estar bajo su control, en 1204 una cruzada cometió “la más atroz de muchas barbaridades que cometieron las cruzadas en toda su historia: el brutal saqueo y práctica destrucción de Constantinopla”. Durante su Papado se fundaron la orden franciscana y la orden de los dominicos y también se celebró el Cuarto Concilio de Letrán, que decidió prohibir “el uso de agua hirviendo y hierros candentes en los juicios por ordalía y también insistió en la obligación de confesarse y comulgar al menos una vez al año por parte de todos los fieles católicos”. Desafortunadamente, el concilio reveló la posición de la Iglesia en cuanto a los judíos: “ningún cristiano debía comerciar con usureros judíos. Tanto judíos como musulmanes debían vestir ropas que los distinguieran. Durante semana santa ningún judío podía aparecer en público, tampoco podían desempeñar un cargo público que implicara poder por encima de los cristianos”.

El siglo XIII está marcado por las luchas entre el Papado y el rey de Alemania, Federico y sus sucesores. Por el lado vaticano, la lista de breves Papados y de mediocridades a cargo es larga y aburrida. El siglo termina con Bonifacio VII que “es probablemente el Papa más odiado de la historia”, la misma época en que vivió el Dante, quien, en La Divina Comedia sitúa a Bonifacio “en el octavo círculo, cabeza abajo en un horno”.

Hay un vicio del Papado que venía desde antes y que se prolongó con intensidad durante el siglo XIV, a saber, el nepotismo. Era casi una constante y se ejercía con una aberrante naturalidad. Por ejemplo, y es apenas un ejemplo, Clemente V (1305-1314) nombró diez cardenales, de los que cuatro eran sobrinos suyos. Ese Papa, Clemente, se propuso acabar con los Templarios, la orden que se inició con la primera cruzada; eran “los banqueros más poderosos del mundo civilizado”. Por esa época la sede papal se trasladó durante casi setenta años. “El poeta Petrarca describió a Aviñón como ‘una ciudad repugnante (…), una cloaca que recoge la mugre del universo’”; y, aparte de sus olores, era famosa por sus tabernas y burdeles.

Petrarca se refirió así a Aviñón: “aquí reinan los sucesores de los pobres pescadores de Galilea. Extrañamente, han olvidado sus orígenes. Me quedo atónito (…) al ver estos hombres cargados de oro y ataviados de púrpura, presumiendo de corromper hombres y naciones. Al ver palacios lujosos y colinas coronadas con fortificaciones (…). En lugar de la sagrada soledad nos encontramos con un anfitrión criminal acompañado de una multitud de infames compinches. En lugar de sobriedad, con banqueros licenciosos. En lugar de píos peregrinos, con perezosos estúpidos. En lugar de los pies desnudos de los apóstoles, pasan raudos junto a nosotros los blancos corceles con esos bandidos, los caballos cubiertos de oro y alimentados con oro, pronto se convertirán en oro si el Señor no controla este abyecto lujo”.

En el menú de horrores y de lujos no faltaba tampoco la violencia. Por ejemplo, y es apenas un ejemplo, Benedicto XII (1334-1342), en su combate contra unos herejes, “en presencia de cinco obispos y del rey de Navarra, quemó en la hoguera a 183 hombres”. La crueldad no se contradice con el lujo, parece, pues el sucesor de Benedicto, Clemente VI, invitó a su coronación a tres mil personas que consumieron “1.023 corderos, 118 cabezas de ganado, 101 terneros, 914 cabritos, 60 cerdos, 10.471 gallinas, 1.440 gansos, 300 lucios, 46.856 quesos, 50.000 tartas y 200 toneles de vino”. Nombró como cardenales a varios parientes, entre ellos a uno que se creía que era su hijo, y que lo sucedió en el Papado, Gregorio XI. Sobre la vida que llevaban, otro comentario de Petrarca: “No voy a hablar de adulterio, seducción, violación, incesto; estos son sólo el preludio a sus orgías. No voy a enumerar las esposas robadas o las vírgenes desfloradas. No voy a relatar las formas empleadas para forzar a guardar silencio a los esposos y padres ultrajados ni la ruindad de aquellos que venden a sus mujeres por oro” y agrega que “las prostitutas se amontonaban en los lechos de los Papas”.

En medio del jolgorio, en enero de 1248 llegó a Aviñón, devastadora, la peste negra, que en diez meses cobró 62.000 víctimas, aproximadamente tres cuartas partes de los habitantes de la ciudad. Por toda Europa se generalizó la idea de que los culpables de este desastre eran los judíos. “¿No era el judío el Anticristo? (…). En vano los judíos alegaron que la habían sufrido de igual forma que los cristianos, y podría afirmarse que aún más debido a los guetos en los que los obligaban a hacinarse. Pero los que los acusaban se negaban a escucharlos” y comenzaron las masacres. Hubo lugares en que liquidaron a la comunidad judía por completo. El Papa condenó las masacres y amenazó con excomulgar “a los que siguieran tratando injustamente a los judíos”. A pesar de esto, ocurrieron “otras 350 masacres y más de 250 comunidades judías fueron aniquiladas por completo”.

En 1377 el Papado volvió a Roma, pero poco después, bajo Urbano VI (1378-1389), “un tirano rabioso que insultaba a los cardenales durante las reuniones y en ocasiones incluso los agredía físicamente”, el Papado se dividió. Urbano volvió a Aviñón y en Roma quedó un antipapa, iniciándose el Gran Cisma de Occidente, que duró cuarenta años. Uno de los antipapas, Juan XXIII (1410-1415), “era ampliamente conocido por haber asesinado a su predecesor y por haber iniciado su vida profesional como pirata. También había sido delegado papal en Bolonia donde sedujo a 200 mujeres casadas, viudas y vírgenes”. Finalmente fue destituido y juzgado; dice Gibbon que “las acusaciones más escandalosas fueron suprimidas. El vicario de Cristo únicamente fue acusado de piratería, asesinato, violación, sodomía e incesto”. El cisma terminó en 1417 con la elección de Martín V (1417-1431). “Roma estaba en ruinas; su población se había reducido a 25.000 habitantes (…) zorros, incluso lobos, deambulaban por sus calles”. Martín se encargó de mejorar las caóticas finanzas del Papado y de arreglar la ciudad. Su sucesor, Eugenio IV (1431-1447) logró restaurar el orden en los estados papales y, sobre todo, logró, de nuevo, la unidad con la Iglesia de Oriente.

Martín V y Eugenio IV fueron los dos primeros Papas del Renacimiento. Los siguió Nicolás V (1447-1455). Esos tres y los siguientes Papas “fueron hombres de mundo, ambiciosos y activos, decididos no sólo a revivir las grandezas pasadas de Roma, sino también a crear una nueva ciudad que combinara lo mejor de ambas civilizaciones, la clásica y la cristiana. A Nicolás le tocó la caída de Constantinopla en 1453. Su Papado se identifica con el crecimiento de la biblioteca vaticana: “los agentes papales viajaban por toda Europa a la búsqueda de manuscritos excepcionales y los eruditos se pusieron a trabajar para llevar a cabo cuidadas traducciones al latín de los textos griegos, tanto cristianos como paganos. Se empleó a jornada completa a 55 copistas”.

A Nicolás lo siguió Calixto III (1455-1458). “Calixto III elevó el nepotismo a un nuevo rango. Su sobrino Rodrigo Borgia se convirtió en vicecanciller de la Santa Sede, una preparación ideal antes de que le llegara su turno como Alejandro VI. Tuvo que esperar el momento durante varios Papados, incluido el de Francisco della Rovere, Sixto IV, a quien se debe la capilla sixtina. Sixto, aunque era franciscano, apenas mantuvo su voto de pobreza. Sólo su tiara de coronación costó 100.000 ducados, más de un tercio de los ingresos anuales del Papado. Los della Rovere siguieron a los Borgia con un nepotismo flagrante, otorgando el capelo cardenalicio a dos de sus sobrinos (sobre uno se rumoreaba que era el hijo que había tenido con su hermana). Otros familiares contrajeron matrimonio con casas gobernantes, confirmando así que el Papado ofrecía para una familia la mejor forma de hacer carrera en el mundo”.

En 1478, Sixto “emitió una bula ordenando una gran investigación. Ese fue el principio de la tristemente célebre inquisición española. Nadie lloró la muerte de Sixto: “de hecho, la noticia de ésta provocó dos semanas de celebraciones en Roma”. Su sucesor fue Inocencio VIII (1484-1492), que era “una nulidad absoluta (…) se dio al nepotismo a lo grande, aunque los beneficiarios de él no fueron sus sobrinos sino sus propios hijos (…) dormía casi todo el tiempo, levantándose sólo para atracarse con comidas pantagruélicas. Se puso enormemente gordo hasta el punto de no poder moverse. Hacia el final de su vida ya sólo era capaz de alimentarse con unas pocas gotas de leche que le procuraba el pecho de una mujer joven”.

Rodrigo Borgia, tras repartir cuantiosos sobornos, se aseguró ser elegido como nuevo Papa, con el nombre de Alejandro VI (1492-1503). “Convirtió en cardenales a no menos de cinco familiares (…). La mayor ambición de los Borgia era el considerable aumento del poder y riqueza de su familia. Alejandro permitió mediante amenazas, sobornos e incluso el asesinato, que César [Borgia, su hijo] convirtiera los Estados Pontificios del centro de Italia en un feudo de los Borgia (…). César también se propuso destruir a los Orsini mediante asesinatos supuestamente no demostrables. Necesitaba llevar una máscara para esconder la deformación que le producía la sífilis, aunque la enfermedad no parecía disminuir su apetito de orgías”.

Alejandro VI tuvo que soportar las críticas de un célebre monje, Savonarola, hasta que no resistió más y ordenó su arresto y ejecución. Fue capturado junto con dos de sus colaboradores. Los tres fueron, primero, torturados hasta que confesaron sus faltas y, luego, “fueron colgados con cadenas de una sola cruz. Luego encendieron una enorme hoguera debajo de ellos”, de manera que los tres ardieron. Después sus cenizas se arrojaron al Arno “con el fin de asegurarse de que no se rescatarían reliquias para futuras veneraciones”.

El sucesor de Alejandro fue un sobrino de Pío II, se hizo llamar Pío III pero sólo duró 27 días, pues estaba muy enfermo. Entonces los Della Rovere, chequera en mano, compraron el siguiente concilio, que duró un día y eligió a Julio II (1503-1513), más un soldado que un religioso. Su legado más importante “es, de lejos, su mecenazgo de las artes”: la catedral de San Pedro, que encargó a Bramante, lo mismo que los jardines del Vaticano. El rescate de las esculturas antiguas y los trabajos que le encargó a un joven de 26 años llamado Rafael y a otro joven, un tal Miguel Ángel. Más que suficiente.

Después de Julio II vino León X (1513-1521), “cazador apasionado, era capaz de salir de caza con un séquito de 300 personas. Sibarita insaciable, ofrecía espléndidos banquetes y asistía de buena gana a los que daban sus amigos”. León “revivió la Universidad de Roma, que había estado cerrada los últimos treinta años nombrando a casi cien profesores, aumentando sustancialmente el número de asignaturas que ofrecía, que ahora incluían medicina, matemáticas, botánica y astronomía”. Fiel a la tradición pontificia, cultivó el nepotismo nombrando “cardenales a dos de sus primos y a tres de sus sobrinos”. En 1517, el Papa anunció que “había descubierto una conspiración de varios cardenales liderados por el cardenal Alfonso Petrucci (del que se creía que era su amante) para asesinarlo. Al parecer, habían sobornado a un médico florentino de nombre Varcelli para que le inoculara un veneno mientras le operaba la fístula. Interrogado bajo tortura, Varcelli confesó, lo que no es de extrañar, y fue colgado de inmediato, arrastrado y descuartizado. Petrucci sufrió un tratamiento similar e implicó a varios cardenales. Él también fue condenado a muerte. Ya que no estaba permitido que un cristiano pusiera las manos sobre un príncipe de la Iglesia, fue estrangulado por un moro con una soga de seda carmesí. A los otros cardenales se les perdonó la vida a cambio de enormes sumas de dinero (…) las acusaciones parecen en extremo improbables (…) nunca conoceremos la verdad. Sin embargo, la opinión popular en Roma fue que no había ninguna conspiración y que León había inventado todo el asunto por el dinero que podía cobrar a cambio”.

En términos de historia, en términos de consecuencias a futuro de acontecimientos de su Papado, lo principal que sucedió en tiempos de León X, ocurrió el 31 de octubre de 1517, cuando “Martín Lutero clavó su declaración en las puertas de la Iglesia de Wittenberg (…), las 95 tesis para exigir la no validez e ilegalidad de las indulgencias”. El Papa murió después de un pantagruélico banquete. Dejó vacías las arcas del Vaticano. Le sucedió por muy poco tiempo Adriano VI, holandés, que no tuvo tiempo de hacer nada. El siguiente fue Clemente VI (1523-1534), cuyo balance es desolador: padeció “el peor saqueo de Roma desde las invasiones bárbaras, el establecimiento en Alemania del protestantismo como una religión separada y la definitiva escisión de la Iglesia inglesa con el divorcio de Enrique VIII”. Quizá lo único positivo que queda de esos años, es el encargo que Clemente le hizo a Miguel Ángel de pintar el juicio final en la Capilla Sixtina.

La contrarreforma. Pablo III (1534-1549), que tenía el apodo de ‘cardenal enaguas’ porque se decía que su investidura cardenalicia, obtenida a sus veinticinco años, se debía a que su hermana Julia había sido la amante favorita de Alejandro VI. Fiel a la tradición de nepotismo, volvió cardenales a sus dos nietos, uno de 16 y otro de 14 años de edad. Lo primero que hizo fue resucitar el carnaval de Roma, las corridas de toros, las carreras de caballos, los bailes y los banquetes. Asimismo, enfrentó los principales problemas de la Iglesia, los que había dado lugar a la reforma protestante –la venta de indulgencias, las sinecuras, los obispados– convocando al Concilio de Trento, en cuya preparación y desarrollo –duró 18 años– le ayudaron los miembros de una comunidad recién fundada en España, los jesuitas. Aunque no se orientó a la reunificación de los cristianos, “el concilio estableció una base sólida para la renovación disciplinaria y espiritual de la vida en la Iglesia, que salió mucho más reforzada y centrada que antes”.

Siguieron Julio II y Marcelo II, el primero dado al lujo y propenso a la lujuria (nombró cardenal a un chico callejero de 18 años), el segundo un humanista y erudito, traductor del griego, responsable de reorganizar la biblioteca vaticana, “rebajó los costes de su coronación al mínimo y redujo su corte a lo imprescindible, sentía tal horror por el nepotismo, que prohibió a los miembros de su familia que aparecieran por Roma”, pero duró sólo veintidós días en el cargo, pues una apoplejía lo mató. Vino luego Pablo IV (1555-1559), un tipo intolerante y fanático, que suspendió el concilio, “introdujo el Índice de libros prohibidos (…) e inició la más salvaje campaña de la historia papal contra los judíos, hasta el punto que durante los escasos cinco años de su pontificado, la población judía de Roma se redujo a la mitad”. Los judíos estaban confinados a un gueto, no se admitía sino una sola sinagoga (Roma tenía siete), no podían comerciar –salvo ropa usada–, tenían que hablar italiano o latín y llevar siempre un sombrero amarillo. También odiaba a los españoles. Cuando murió, los habitantes de Roma “saltaron de alegría. En primer lugar, atacaron la sede de la Inquisición, reduciendo el edificio a escombros y liberando a todos sus prisioneros. A continuación, se dirigieron hacia la estatua del Papa en el capitolio, la derribaron, le arrancaron la cabeza y la lanzaron al río Tíber”.

El sucesor de Pablo fue Pío IV (1559-1565), que tendió a moderar el sectarismo de su antecesor: reinició el Concilio de Trento, mejoró las relaciones del Vaticano con los reyes europeos, redujo el Índice de libros prohibidos y restringió el poder de la Inquisición. “Mandó arrestar a los dos terribles sobrinos de Pablo, uno de los cuales, el duque de Paliano, había estrangulado a su esposa por considerarla sospechosa de adulterio y apuñalado a su presunto amante. Una vez que se demostró que la esposa era inocente, ambos sobrinos fueron ejecutados”. Lo sucedió Pío V (1556-1572), que “había trabajado muchos años como inquisidor y esencialmente continuó siéndolo (…). No dudaba en condenar a muerte a quienes encontraba culpables de herejía”. Ah, y “a los médicos se les tenía prohibido tratar a los pacientes que no se hubieran confesado o que no hubieran recibido los sacramentos recientemente”.

Siguió Gregorio XIII (1572-1585), profesor de derecho canónico, interesado en mejorar el nivel del clero, invirtió en la universidad Gregoriana, mandó misioneros por todo el mundo, se ganó a Polonia para el catolicismo e impuso el calendario gregoriano. Luego llegó al solio Sixto V (1585-1590), un campesino que era franciscano desde sus doce años, y que gobernó la Iglesia con mano de hierro. “Restauró la ley y el orden en las tierras pontificias. No menos de 7.000 bandoleros fueron ejecutados públicamente”. Después hubo tres Papas a lo largo de 16 meses y, enseguida, fue Papa Clemente VIII (1592-1605), un tipo devoto pero intolerante: “a lo largo de su pontificado alentó todo lo que pudo a la Inquisición, que en ese periodo envió a más de treinta herejes a la hoguera, entre ellos el antiguo dominico Giordano Bruno”.

El siglo XVII. Pablo V (1605-1621) es el primer Papa de la época barroca. Se enfrentó con los venecianos, excomulgó al Dux porque no querían más edificios religiosos en la ciudad. La excomunión no les importó, lo que muestra la pérdida de poder de los Papas. A Pablo lo sucedió Gregorio XV (1621-1623) y a éste Urbano VIII (1623-1644): “desde el Renacimiento ningún Papa había promovido y enriquecido tan vergonzosamente a su propia familia. Nombró a un hermano y a dos sobrinos cardenales y benefició enormemente a otro hermano y a un hijo de éste. En total, se decía que la familia Barberini había empobrecido al Papado en 105 millones de escudos. Durante su Papado, Galileo fue condenado a prisión perpetua por decir que la tierra daba vueltas alrededor del sol”. Urbano murió en 1644 y “la noticia de su muerte se celebró abiertamente en las calles”. Le siguió Inocencio X (1644-1655), que se lo consultaba todo a una “cuñada siniestra”, en palabras de un contemporáneo esta señora era “de avaricia nauseabunda”. Posó para Velásquez, que produjo con su imagen un cuadro muy famoso.

Tres Papas después vino Inocencio XI, “de lejos, el mejor Papa del siglo XVII”, a quien sucedió Alejandro VIII (1689-1691), devoto practicante del nepotismo, a su favor se dice que mejoró las relaciones del Papado con Francia. Lo sucedió Inocencio XII (1691-1700), quien “odiaba el nepotismo y se negó a ratificar a los sobrinos” de su antecesor. “Decretó que a todos los familiares del Pontífice reinante se les debía prohibir aceptar fincas, cargos o ingresos”. Inocencio XII “marca el fin del nepotismo en la Santa Sede (…) sostenía que sus parientes eran los pobres (…) y otro abuso de larga tradición en contra del que Inocencio actuó con firmeza fue la venta de cargos de la Iglesia”.

Durante la primera mitad del siglo XVIII la Iglesia fue gobernada por una sucesión de Papas mediocres en todo sentido. “El prestigio político y diplomático de la Santa Sede se encontraba en un triste declive, para no hablar de la ruina de las finanzas del Papado. La segunda mitad del siglo XVIII puede centrarse en lo que sucedió con los jesuitas, una orden que “se había convertido en una gran organización, intelectualmente arrogante, hambrienta de poder (…) y falta de escrúpulos”. Pascal los llama “desvergonzados e hipócritas”. Clemente XIII (1758-1769), que cuando se enteró de que lo habían elegido Papa le escribió a su hermano diciéndole que estaba completamente desconcertado y que si hubieran conocido sus defectos nunca lo hubieran elegido, fue el encargado en 1558 de suspender a los jesuitas: ya no podrían predicar ni confesar a nadie. Luego, en 1764, el rey de Francia declaró abolida a la compañía de Jesús y la expulsó de Francia. Después, en 1767, Carlos III los expulsó de España y de todos sus territorios de ultramar. El siguiente Papa, Clemente XIV se encargó de expedir el decreto de eliminación de los jesuitas.

Al final del siglo, con Pío VI de Papa (1775-1799), el principal acontecimiento fue la revolución francesa, la Iglesia volvió a ser perseguida por el Estado; hubo sacerdotes y monjas asesinados, ocho obispos fueron ejecutados en la guillotina, “unos 20.000 religiosos abandonaron las santas órdenes (…) y cesó cualquier práctica pública de la religión cristiana”. Y la situación empeoró con Napoleón: en 1795 hizo su entrada triunfal en Milán. “Sus órdenes eran aniquilar el Papado”. El 10 de febrero de 1798 Napoleón ocupó a Roma y cinco días después proclamó la república. “Pío VI, que ya tenía ochenta años, fue tratado de manera abominable –se le arrancó del dedo el anillo del pescador a la fuerza– y fue conducido hasta Siena, con las multitudes arrodillándose bajo la lluvia al verlo pasar”. Murió, todavía prisionero, al año siguiente. La gente de la península italiana se alborotó contra los franceses. José Bonaparte demostró ser incapaz de contener Roma.

Los cardenales se reunieron en Venecia y eligieron a Pío VII (1800-1823). Napoleón fue elegido primer cónsul y, de hecho, gobernante de Francia. Y, con su olfato político, corrigió la plana. Una de las primeras cosas que hizo fue “ordenar un funeral con todos los honores para Pío VI”, que estaba todavía sin enterrar. Y se dirigió al clero de Milán: “estoy convencido de que la religión católica es la única capaz de hacer feliz a una comunidad estable y de poner los fundamentos del buen gobierno”. Bueno, y mejor si era él quien nombraba los obispos. En cierto momento le dice al Papa: “Su Santidad mostrará el mismo respeto por mí en la esfera temporal que yo le profeso en la espiritual. Su santidad es el soberano de Roma, pero yo soy su emperador”.

En 1814 Napoleón estaba exilado en Elba y se celebró el Congreso de Viena para “redibujar el mapa de Europa (…). Pero no sólo Europa necesitaba ser reconstruida, también la Iglesia (…). Hacía tiempo se habían acabado las órdenes religiosas. A lo largo de todo el continente las sedes episcopales estaban vacantes, los seminarios clausurados, las propiedades de la Iglesia confiscadas”. Por fortuna, Pío VII “era tan respetado en Europa como nunca antes lo había sido (…) y era reconocido por los príncipes europeos como gobernante temporal así como la autoridad espiritual suprema”. “Alcanzó a firmar más de veinte concordatos con estados europeos”.

Pero, como obedeciendo a una fatalidad según la cual después de un buen Papa seguía uno que no lo era, a Pío VII lo sucedió León XII (1823-1829). Su pontificado “fue casi un desastre (…). Acabó con la tolerancia, reforzó la censura y el Índice, confinó de nuevo a los judíos a los guetos. Lo sucedió Pío VIII que sólo duró un año, y vino después Gregorio XVI (1831-1846), que tenía una mente completamente cerrada al progreso o incluso a cualquier innovación. Era típico de él que prohibiera los nuevos ferrocarriles en todos los territorios pontificios”.

El Papa elegido después de Gregorio fue Pío IX (1846-1878) y, en términos de política, su papado está marcado por el tira y afloje de la creación del estado italiano. Al final de tantas pugnas, se extinguió el poder territorial del Papa sobre Roma y su estado quedó reducido al Vaticano. Durante su pontificado se celebró el primer Concilio Vaticano, que declaró que el Papa es infalible cuando habla ex cátedra. Si su poder terrenal quedó reducido, por contraste, Pío IX extendió como nadie las jerarquías católicas por el mundo: “fundó más de 200 nuevas diócesis, especialmente en Estados Unidos y en el Imperio británico. Restableció las jerarquías católicas en Gran Bretaña y los Países Bajos y cerró concordatos con un enorme número de países, católicos y no”.

Le sucedió León XIII (1878-1903), célebre por su encíclica Rerum Novarum, que expone con crudeza la doctrina social de la Iglesia: “un pequeño número de gente muy rica ha sido capaz de imponer a las hacinadas masas trabajadoras y pobres un yugo que resulta sólo un poco mejor que la esclavitud”, dice, y sentencia, en palabras de Norwich, que “el fallo radicaba en la irreflexiva crueldad y avaricia del capitalismo contemporáneo”. No obstante esta posición, él mismo era un hombre muy distante e “insistía en que todos sus visitantes debían permanecer arrodillados durante su audiencia. Los miembros de su séquito estaban obligados a estar de pie en su presencia. Se dice que durante los veinticinco años de su Pontificado ni una sola vez le dirigió la palabra a su chofer”.

Por contraste con León XIII su sucesor fue el hijo de un cartero, un hombre sencillo que tomó el nombre de Pío X (1903-1914). Luego vino Benedicto XV (1914-1922), un aristócrata genovés, que logró mantener neutral la posición de la Iglesia durante la primera guerra mundial, si bien padeció la persecución a la Iglesia Católica por parte de Lenin, que desde 1917 impuso en Rusia la revolución bolchevique.

Siguió Pío XI (1922-1939), un erudito experto en paleografía medieval que se dedicaba a escalar montañas en su tiempo libre. Pensaba que, “de todos los enemigos a los que se enfrentaba la Europa cristiana, el comunismo era de lejos el más terrible”. Pero también tenía enemigos desde el ala derecha, un movimiento fundamentalista llamado Acción Francesa, en los que actuaban algunos curas y los miembros de una organización católica, la Congregación del Espíritu Santo, que controlaba el seminario francés de Roma. “Pío mandó llamar al anciano y barbudo superior de la orden y le dijo que despidiera al rector del seminario. El viejo le contestó: ‘sí, Santo Padre, veré lo que puedo hacer’, tras lo cual, el Papa lo agarró de la barba y le gritó: ‘no le he dicho que vea lo que puede hacer; le he dicho que lo despida’”. También le tocó el ascenso del fascismo, en parte gracias al voto de muchos católicos; pero el Papa, valientemente, se enfrentó a los abusos de Mussolini y su gente. Además, Pío XI suscribió el Tratado de Letrán, mediante el cual recuperó su poder temporal en un territorio “que sumaba un poco más de 100 acres –cerca de un cuarto del territorio del Principado de Mónaco– con una población de menos de 500 habitantes”.

El siguiente Papa fue Pío XII (1939-1958), a quien se le reprochan algunas actitudes racistas, como cundo “exigió al Foreing Office británico garantía de que ‘ninguna tropa aliada de color estaría entre los pocos oficiales que podían acuartelarse en Roma tras la ocupación’”. Sus alusiones al holocausto de los judíos son pocas y blandas y nunca directas. Norwich habla del “antisemitismo innato” de este Papa y dice: “tras el final de la guerra, Pío siguió siendo Papa otros trece años, durante los cuales no pronunció ni una sola palabra de disculpa o de arrepentimiento, ni dijo ni un solo réquiem o misa en recuerdo de los 2.989 judíos deportados sólo en Roma que se encontraron con la muerte en Auschwitz”. La excomunión era el procedimiento que tenía el Papa para condenar a quienes consideraba que le hacían daño al mundo y a la propia religión. Y la usó contra todos los jefes comunistas, tanto soviéticos como italianos; pero Pío no dijo ni pío contra los católicos nazis, empezando por “Himmler, Goebbels, Bormann y el propio Hitler”. Ah, y también se opuso a la creación del estado de Israel.

Entre 1958 y 1963, la Iglesia fue gobernada por Juan XXIII quien, por contraste con su antecesor, desde cuando era diplomático vaticano “trabajó incansablemente por los judíos”. Convocó el Concilio Vaticano en cuya instalación dijo que la Iglesia “debe mirar al presente, a las nuevas condiciones y a las nuevas formas de vida introducidas en el nuevo mundo, que han abierto nuevas vías”. El siguiente Papa fue Pablo VI (1963-1978), quien orientó el Concilio hasta su terminación, que en sus decisiones “contradijo los dictámenes de Pío XII en casi todos los asuntos más importantes: ecumenismo, reforma litúrgica, comunismo, libertad de religión y, sobre todo, judaísmo”. Con respecto a esto último dijo que la Iglesia “condena el odio, la persecución y las demostraciones de antisemitismo, dirigidos contra los judíos en cualquier época y por parte de quien sea”. Aparte, Pablo VI rechazó siempre modificar el celibato sacerdotal y “su postura respecto al control de la natalidad perjudicó en gran medida su reputación”.

Ha llegado a circular la teoría de que el sucesor de Pablo, Juan Pablo I (1978) fue asesinado. Norwich relata que estaba próximo a reventar un escándalo sobre las finanzas del Vaticano. Pero no ha habido nunca una prueba concreta de que así fue y, mucho menos, se han descubierto asesinos. El asunto se quedará para siempre entre la ignorancia y las dudas, meramente especulativas. Siguió Juan Pablo II (1978-2005), polaco, a quien Norwich no duda en decir que “era un hombre excepcional”. Lo complementa la declaración de Mijaíl Gorbachov: “la caída del telón de acero hubiera resultado imposible sin Juan Pablo II”. El libro de Norwich llega hasta Benedicto XVI, durante cuyo papado comenzaron a aparecer las acusaciones de pedofilia clerical, que van mucho más allá de ‘casos aislados’ y que han acosado a la Iglesia desde ese entonces.

El autor del prólogo del libro de Norwich dice con acierto que “a lo largo de los siglos vemos todo tipo de Papas que quepa imaginar: el grande, el corrupto, el patético, el humilde, el arrogante, el devoto, el libertino, el mundano y el practicante de la realpolitik maquiavélica. Y la Iglesia sigue, sean como hayan sido estos personajes. Las puertas del infierno, aunque han actuado, no han prevalecido contra ella”.
  
Diccionadario
«¿No sería mejor que tuviéramos otro orificio para los alimentos y que la boca sirviera exclusivamente para las palabras? «. Elias Canetti 

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Bigato: es el mismo bigote, pero en un gato.
Bígato: gato bígamo.
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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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