
Por Óscar Domínguez Giraldo
Don Tomás Rueda Vargas, escritor bogotano, solía decir que hay gente que primero se enriquece y después se honradece. Muchos de estos especímenes han logrado el beneficio de la casa por cárcel. Hay ladrones honrados que devuelven la prenda, como el de la custodia de Badillo, y ladrones de manos brujas que roban porque también comen, pagan arriendo, mandan a sus hijos al colegio.
Hay personas honradas por inercia, porque “eso” viene en el paquete, porques sí, porque qué pereza quedarse con lo ajeno. Son aquellos milésimos hombres que si tocan a su casa en la madrugada, es el lechero, no la policía. (Muy amable, señor Churchill por la metáfora).
Gracias a su majestad la propina, conocí a un ser delicado de estos. No es que se me vaya la mano en propina. Tampoco no. En ese rubro procuro ser austero. Wikipedia nos recuerda que la propina es paisana de Churchill. Gran Bretaña también nos regaló el humor con Chaplin, la paradoja con Wilde, la anestesia, el suspenso con Hitchcock, el whisky, la flema británica, el fútbol, el golf, el Big Ben que tiene la hora con el reloj de pared de la eternidad.
Sigo ganando indulgencias con padrenuestros ajenos. Leí en la página de la BBC de Londres que las propinas se originaron en la Inglaterra del siglo XVI cuando los huéspedes dejaban dinero para los empleados de sus anfitriones. La costumbre se regó como verdolaga en playa. En USA es una religión. Los japoneses consideran la propina un pájarraco exótico.
Sigo posando de falso sabiondo: La palabra propina proviene del latín propinare («brindar», «ofrecer de beber»), y esta a su vez del griego propinein («beber antes que otro» o «beber a la salud de alguien»).
Pero aterricemos antes de que volemos en átomos por cuenta de la megalomanía del señor Naranja (Trump). Como cualquier hijo de vecino pido domicilios: que leche, que huevos, que arepas. Alguna vez dejé listo un billetico (no muy gordo) para dárselo al domiciliario.

Llegó el hombre, me entregó el pedido y le afrijolé su propina. Nos dimos el fugaz adiós que ordena la urbanidad. En cuestión de segundos, alguien tocó a la puerta. Era el domiciliario. Fue al grano: “Señor, creo que me dio una propina muy alta”. Y sí, dentro del billete que le di se había filtrado a mis espaldas otro de veinte mil. Me lo devolvió. Del impacto creo que ni siquiera le di las gracias. He debido invitarlo a trago y viejas, doblarle la propina, pero soy tímido para el gasto.
Grandes pequeñeces como estas nos indemnizan de los malandros que andan sueltos. Otra historia parecida: compro huevos de gallinas que tienen la libertad por cárcel. Comen a la carta. Hace poco me llegó un wasap en el que me notificaban que como los huevos enviados eran más pequeños de lo habitual porque había ponedoras nuevas en el corral, el precio bajaría por un tiempo. Casi agarro a picos ese wasap. No todo está perdido.

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