Por Jaime Lopera
Unos breves comentarios alrededor Suenan Timbres, esa impecable edición de la Biblioteca de Autores Quindianos y Crónica Editorial que se ha entregado recientemente. En primer lugar, es necesario destacar el haber aprovechado la oportunidad del centenario para dar a conocer la versión de un libro que indudablemente conmocionó las letras colombianas en su tiempo. En segundo lugar, lo accesorio es por supuesto la procedencia del autor: lo verdaderamente importante es la inflexión y ruptura que se produjo en la poesía colombiana cuando apareció la primera edición. Ya era hora de esa remembranza.
A pesar de que su poema «Música de Cámara para una Aldea Perdida» evoca a Calarcá, y fuera creado en otro tiempo, la relación con la comarca quindiana es menos relevante de lo que se piensa: Vidales pensaba más alto, intuía que sus poemas abrían unas puertas que la ironía y el humor hacía diferentes, que su temática cumplía requisitos poéticos sin imitaciones y por completo nacida desde el humo de su larga pipa. La vivencia quindiana es pues una razón simbólica y afectiva más que una expresión real de su vida literaria.
El prólogo de Juan Manuel Acevedo es rotundo y genuino: el análisis literario que ofrece es un ensayo que pocas veces se suele ver por estos pagos, y ubica a Vidales en un sitio que resiste las abolladuras de una estatua. Este trabajo permite que se lo mire con más admiración hacia el poeta antes que al camarada. Se ha dicho y escrito demasiado en torno a Vidales y sus especiales peregrinaciones, pero el tono literario de Acevedo lo inserta en los dominios establecidos del arte. Solo que, con prudencia, se abstiene de describir que la militancia política de Vidales absorbió sus destellos poéticos al punto que se lo recuerda más y más por su estalinismo que por su virtud literaria.
Cierta vez, con Marta Inés en un café de la italiana Génova, imaginamos a Vidales contemplando La Lanterna, ese faro que guiaba a los navegantes de los peligros del Mediterráneo, o en la Catedral de San Lorenzo, o en el cementerio gótico, porque esa ciudad le daba argumentos para su imaginación, no tanto por su tradición sino por su historia y la belleza de sus obras artísticas. No recuerdo conocer poemas atinentes a esa estadía de Vidales en Italia, que de seguro existen, pero allí comprendí una vez más que mi compatriota quindiano debería recibir más honores por su arte que por su política. Desconozco textualmente lo que dijo Jorge Luis Borges de Luis Vidales, que al parecer fue cordial, pero ese es un testimonio muy valioso que le asegura al colombiano más reconocimientos que sus contemporáneos apenas ahora comenzamos a vislumbrar —por lo menos mientras hallamos ese río Azul que sus paisanos estamos por reconocer.
Armenia, 25/05/2026

Dejar una contestacion