Los Danieles. Cómo organizar una derrota

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

No hay que llorar, hay que saber perder

Canción ranchera 

Cuando los niños colombianos estudiaban historia patria los impactaba el porte militar del general Francisco de Paula Santander y, sobre todo, la frase que acompañaba su imagen en el libro: “El organizador de la victoria”. El título sugería que, más que un prócer o un mártir, se trataba de un cerebro privilegiado capaz de concebir guerras, ganarlas y administrar luego el triunfo. Pero crecí y supe que a muchos otros individuos les habían colgado el mismo título, entre ellos un revolucionario francés, un patriota chileno, un general gringo y el compadre León Trotski. 

Entendí entonces que los organizadores de victorias y los pelechadores de laureles pululan como moscas en torno a la gloria, pero en cambio no encontré ni un solo personaje que hubiera sido designado organizador de la derrota, pese a que, matemáticamente, a cada éxito corresponde un fracaso.  

La final de la Copa Mundo nos dictó hace ocho días una cátedra magistral sobre el arte, la ciencia y la filosofía de ganar y perder. Fue ejemplar la manera como los españoles celebraron su campeonato. Pura alegría compartida y sin reproches. Se negaron a humillar a los rivales y atribuyeron la corona a una labor de equipo donde cabían desde el entrenador y los jugadores hasta los más sencillos oficinistas al servicio de la selección, hombres y mujeres. 

En contraste, Argentina, el equipo rival, no supo organizar la derrota. Antes de seguir adelante aclaro, como lo he hecho en otras ocasiones, que soy confeso admirador del país austral, su cultura y su gente. Varios de mis mejores amigos, de mis autores y músicos preferidos, de mis futbolistas memorables, de mis maestros en asuntos de humor, de mis parrilleros favoritos provienen de la lejana pampa, del río de la Plata o de la selva misionera. Repudio el antiargentinismo, enfermedad que brota por epidemias y que hace ocho días comentamos en Los Danieles con el maestro Jorge Barraza. No creo en conspiraciones tramadas, pero acepto que hay gentes que con sus actos y sus palabras hacen daño a la Argentina. Algo peor: temo que algunos de ellos son nacionales del país. 

Cuando terminó la finalísima entre España y Argentina sin que los gauchos hubieran logrado apuntar un solo balón al arco rival, algunos de los vencidos se acercaron educadamente a felicitar a los vencedores. Otros optaron por la trifulca de cantina como consuelo. 

La selección gaucha perdió dos veces la final. Una, porque España jugó infinitamente mejor. Y otra, porque el grupo no estaba preparado para recibir con altura y nobleza una derrota. Es verdad que el técnico Lionel Scaloni y varios de sus discípulos felicitaron a los ganadores. Pero la actitud coral fue insólita. Los veintipico jugadores dieron groseramente la espalda a la tribuna de los hinchas españoles como gesto de rechazo. ¿Rechazo por qué? ¿Rechazo de qué? No conozco una sola persona que dude de la justicia del resultado. Con semejante gesto, la delegación del cono sur perdió “una ocasión única y feliz” de cerrar el doloroso epílogo con resignación y elegancia.

Por el contrario, algunos de los derrotados —digamos Paredes, Otamendi, Fernández, Molina— la emprendieron a golpes contra quienes, en algunos casos, comparten con ellos vida profesional en Europa. Acostumbrado a ganar, Messi, el más grande de la historia, el más premiado, el más elogiado, tampoco aprendió a perder. Habría sido edificante verlo ejercer como capitán al frente del equipo subcampeón, y no tendido en el pasto descalzo y llorando cual infante abandonado.

Así como la prensa mundial criticó el comportamiento argentino, España se bañó en gloria. Resulta difícil ponderar hasta qué punto su buena conducta desborda el terreno deportivo y favorece la imagen colectiva del país. Hay economistas y soñadores que lo están calculando entusiasmados. ¿Alguno querrá medir cuánto perdió Argentina? 

De la final de Nueva York se hablará durante años y formará parte del gran mural de la Copa Mundo, junto con el maracanazo, el gol que se comió Pelé luego de engañar a Mazurkiewicz, el gol de Maradona con la mano al equipo inglés, el gol de Maradona con el pie mismo equipo, Beckenbauer y su brazo vendado, el cabezazo de Zidane a Mateazzi y el gol olímpico de Marcos Coll en el mundial de Chile.

ESQUIRLA. La imagen más grotesca de la celebración fue el intento de Donald Trump por colarse en la foto oficial de los campeones. Detrás de él se deslizaba Gianni Infantino, jefe universal de chupamedias, a quien Trump quiere instalar como presidente de la ONU. No lo descarten: esta clase de saurios empiezan perdonando tarjetas rojas y acaban jugando banquitas con el mapamundi. Como el dictador hitleresco que inventó Chaplin.

Sobre Revista Corrientes 5910 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*