
Daniel Samper Pizano
La pelea entre el presidente Gustavo Petro y el senador colombo-estadounidense Bernie Moreno Mejía merece una serie de Netflix. Quiero decir, una trama de tejemanejes empresariales y movidas políticas con un insólito ingrediente erótico, ya que ambos declaran su pasión por un amor común: la patria. En el caso de Moreno, se trata más bien de un confortable adulterio, pues pretende convencernos de que su apoyo a los abusos del gobierno de Trump —bombardeo de lanchas caribes, subida de aranceles, narcoacusaciones, sanciones aplastantes— es bueno para Colombia.
Presenciamos un combate desproporcionado y ventajista. La revista Cambio demostró que Bernie está detrás de los severos castigos personales que le infligió Washington a Petro. Por ejemplo, el ingreso de su familia a la fatal Lista Clinton.

Moreno lo anunció y la Casa Blanca lo firmó dos días después. Parecería que la meta del senador consiste en cumplir la llamada Doctrina Trump y coronarla con un carcelazo a Petro y Maduro en alguna prisión gringa. De allí que sus mensajes hablan en plural, el plural del legislador que guía la mano del gobernante en medidas propias del Ejecutivo.
Muchos seguidores del presidente colombiano claman que Moreno es un traidor a la patria porque se reunió en agosto con Petro en Bogotá y tres meses más tarde promovía en la Casa Blanca su captura. Se equivocan: Moreno no traiciona a la patria. Él lo que quiere es hundir al presidente, y el presidente no es la patria.
Tal vez estos conciudadanos echan de menos las épocas heroicas y bárbaras en que los generales decretaban fusilamientos por traición a la patria al margen de jueces y procesos. Tal hicieron, siento decirlo, algunos de nuestros más admirados próceres: Bolívar fusiló a Fernández Vinoni, “el traidor de Puerto Cabello”, apenas lo identificó siete años después de que el sujeto entregó en 1812 una plaza venezolana a los realistas. En cuanto a Santander, pasó por las armas sin pestañear a treinta y nueve oficiales españoles que quedaron en Santafé bajo su cuidado tras la batalla de Boyacá. Y ni siquiera eran traidores. Solo enemigos derrotados en combate.
Desde 1833 las leyes colombianas prohíben todo castigo por traición que no decreten un juez o un tribunal, y desde 1910 la Constitución ahorcó la pena de muerte. La traición a la patria sigue siendo un delito, pero muy reglado. El Código Penal lo desarrolla en siete artículos con puniciones que van desde cinco años y cuatro meses de cárcel por derribar o alterar hitos fronterizos (art. 459) hasta. treinta años (art. 455) por “menoscabo de la integridad nacional” (entregar al dominio extranjero trozos del país). Los delincuentes podrán ser colombianos o extranjeros, e incluso se sanciona, — mucho ojo— al expatriado que instigue actos hostiles contra Colombia “aunque haya renunciado a la calidad de nacional” (art. 458).
En todos los artículos del Código la patria es una entidad abstracta, jamás una persona: Colombia, el Estado soberano, el Estado colombiano, la República… De modo, pues, que Bernie Moreno no califica como traidor a la patria. Pero tampoco es un político colombo-estadounidense lleno de nobles sentimientos sobre la hermandad internacional. Quizás lo sería si no flotara sobre su militancia antipetrista una densa sospecha de vindicta familiar que ha denunciado convincentemente el jefe del Gobierno.
Para entrar en el tema conviene saber que el senador es parte de una copiosa familia colombiana que emigró a Estados Unidos en los años setenta. Nacido en Bogotá en 1967, llegó a la Florida de cinco años, obtuvo la nacionalidad a los dieciocho y, siguiendo el ejemplo de algunos de sus hermanos, se dedicó a los negocios y la política. Les ha ido bien. Roberto es uno de los más activos constructores de Colombia; Luis Alberto, ahora exitoso banquero, fue ministro y parcero de Andrés Pastrana; Bernardo hizo fortuna como concesionario de automóviles y hace pocos años se matriculó en el más reaccionario, mendaz y populista grupo político. El de Trump.
Bernie representa en el Capitolio a los 12 millones de ciudadanos de Ohio, reputado como el estado donde más palabras vulgares se emplean. Su ciudad, Westlake, figura entre las más seguras y caras del país. En su barrio prevalecen los magnates de piel clara. El 82 % son blancos, el 5.7, asiáticos, el 3.4, latinos y solo el 2.3 %, negros. Casi que el único Moreno es él.
Cuando Petro fue un destacado congresista y un lamentable alcalde denunció ciertos negocios chuecos relacionados con míster Bernie. Los acusa a él y a su familia de haber participado en el ilegal volteo de unas tierras rurales del municipio de Chía convertidas en desarrollos urbanos de Bogotá. Fueron 300 mil metros que multiplicaron por diez su valor al pasar de zona agraria a urbanización capitalina y enriquecieron a unas cuantas empresas familiares. También sindica a Morenos y Pastranas de quebrar el Banco del Pacífico.
Conviene oír a todos — a Petro y a los acusados— porque no tardará algún cerebro malévolo en imaginar una candidatura presidencial colombiana made in USA. La apuesta sería Juan Carlos Pinzón, exministro de Defensa y exembajador en Estados Unidos, y formarían parte del grupo de apoyo el gobierno Trump y los congresistas colombianos de la derecha republicana, con el vengador Bernie a la cabeza. ¿Imposible? No tanto. Piensen en el papel descarado que jugó Washington en la resurrección parlamentaria de Javier Milei.
José Alfredo, el más grande
Por el camino de Guanajuato viene esta semana a Bogotá el jinete del caballo blanco, dispuesto a interpretar sus serenatas sin luna y a demostrar que sigue siendo el rey. Como siempre caigo en los mismos errores, iré con la que se fue y con la Araña… si nos dejan. ¡Y que les vaya bonito!
