Los Danieles. Recuperemos la política

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Reafirmo mi condolencia a la familia del senador Miguel Uribe Turbay, de cuyas ideas disto pero cuya carrera admiro por limpia y decente. Su asesinato es un atentado contra la democracia colombiana. Peor aún, es un atentado contra la calidad de la democracia colombiana. Porque ella no solo consiste en respetar ciertas reglas acordadas, sino en que esas reglas permitan elegir ciudadanos que sirvan lealmente al país y procuren el progreso de todos, y no a unas roscas y unos clanes dedicados a sacar provecho del poder.

La política colombiana, que nunca fue motivo de orgullo nacional, se ha ido degradando notablemente por culpa de la violencia, la corrupción y la mediocridad, virus este último que conduce a mayor mediocridad. El resultado final es que los ciudadanos capaces, preparados, honorables y con intereses sanos se alejan cada vez más del manejo de la cosa pública y dejan el potrero abierto para que se apoderen de él los más rapaces. En ningún caso quiero decir que no haya personas muy respetables en los quehaceres del Estado. Las hay. Miguel Uribe Turbay era una de ellas. Pero son sensiblemente menos que en otras épocas. Esto tampoco significa que no existiera corrupción en otros tiempos. La ha habido desde la Colonia, mas no en la medida arrasadora de las últimas décadas, cuando se ha convertido en un veneno que todo lo pudre y contamina. 

Abundan en el país las personas preparadas, de juicio sensato y buena voluntad. Pero, aceptémoslo, es difícil hallar a alguien con estas y otras cualidades que tenga el sueño de llegar a la política. La mayoría escogen demostrar sus talentos en otros terrenos. Han visto cómo se ejerce este oficio y quiénes triunfan en él, y el panorama los asquea, los asusta. Su comprensible renuencia despeja el terreno a quienes ven esta actividad como una opción para escalar, subir y beneficiarse. No para servir. El resultado está a la vista: basta con mirar el gabinete de Gustavo Petro, donde mandan un político acusado de reiteradas violaciones legales y otro que procede de los abismos extraños de la religión y la brujería. 

Estoy seguro de que dentro de este gobierno debe de haber gente estupenda, empeñada en adelantar un programa social de izquierda que favorezca al país. Pero su meritorio trabajo queda aplastado por las barbaridades que otros dicen, los robos que otros cometen y el desorden que reina en muchas dependencias. 

Lo mismo puede afirmarse del Congreso, donde hay miembros ejemplares opacados por la sombra de los que cometen delitos, abusan del poder y ofrecen una imagen bochornosa. Sostenemos con nuestros impuestos a muchos congresistas ignorantes, venales, vulgares, arrogantes. Muchos de estos impresentables llegan gracias al poder mezquino que otorgan las redes. El medio ambiente social en que vive el mundo propicia las ventajas personales y no el espíritu de sacrificio y de trabajo colectivo que supone la buena política. Dramática prueba de esta terrible distorsión son varios líderes internacionales que ofrecen a diario un espectáculo de egoísmo, ignorancia, vanidad y desvergüenza. 

No soy, sin embargo, de los que creen, como el poeta, que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Cuando me entran dudas al respecto, pienso en los avances de la ciencia y la tecnología, en los aviones que cubren en diez horas los viajes que a Colón le tomaban dos meses y en los dolores que nos esperaban en la dentistería cuando éramos niños. 

Pero aquí estamos: en un mundo de prosperidad científica sentenciado por el maltrato a la naturaleza y los crímenes colectivos. Muchos factores nos han traído a este punto. Desde las viejas mañas de la politiquería tradicional, como el clientelismo, el clasismo y el oportunismo, hasta el caos y el imperio de la mentira que impone la tecnología empleada arteramente. 

La ecuación es muy sencilla: si seguimos entregando la política a los individuos ineptos o corruptos la envileceremos más y la condenaremos a ser coto cerrado al servicio de quienes la manejan. No hay que abominar de la política. Hay que recuperarla y ponerla en buenas manos.

¿Qué nombre le pondremos?

Uno de los factores que hacen odiosa a la política es la manera como sus prepotentes personajes invaden todos los campos. Algún concejal (siempre hay un concejal detrás de esta clase de lagartadas) acaba de proponer que se bautice al que será el nuevo estadio de Bogotá con el nombre de Miguel Uribe Turbay. 

Seamos lógicos y justos. En su denominación, los estadios deben recordar a los grandes deportistas. Y las bibliotecas, a grandes intelectuales y autores; y las salas de conciertos, a importantes músicos; y las pinacotecas, a notables pintores, y los hospitales a médicos memorables.

Sin embargo, hace años algún político consiguió que el antiguo estadio de Santa Marta se llamara Eduardo Santos, venerable presidente que nunca alzó un balón de fútbol. Y la principal biblioteca moderna de Bogotá no se denomina Nicolás Gómez Dávila —bibliómano, filósofo y escritor— sino que recuerda al alcalde ingeniero que trazó en ese barrio una avenida. Tampoco el más grande teatro bogotano rinde homenaje a nuestro primer comediógrafo, Luis Vargas Tejada, sino a un fogoso mártir de la lucha por el poder. 

Así, pues, corremos el riesgo de que, por cuenta de un concejal untuoso, el estadio bogotano que debería llamarse, por ejemplo, Efraín Zipa Forero, reciba, bajo el doble influjo de la emoción y el oportunismo, el nombre del sacrificado candidato Miguel Uribe. Estoy seguro de que él, hombre razonable, habría sido el primero en oponerse.

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