Los Danieles. La última noche de Olafo

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

El accidente había ocurrido casi tres años antes, en la madrugada del 27 de noviembre de 1983. Sin embargo, aún era posible encontrar trozos del avión en la tierra de cultivo de Mejorada del Campo, localidad vecina a Madrid: tornillos, pedazos de asiento, cables de audífonos… cosas así.  

Como corresponsal de El Tiempo en España me proponía escribir en 1986 un reportaje sobre el siniestro aéreo en que murieron 181 ocupantes de un Jumbo Boeing 747 de Avianca, conocido cariñosamente como Olafo por haber sido propiedad de una aerolínea escandinava. A cada paso que daba por los barbechos aparecía un objeto fantasma que recordaba la peor tragedia aérea de la aviación colombiana. Cuatro de las víctimas eran famosos intelectuales latinoamericanos que habían abordado dos horas antes el avión en París con destino a Colombia y se aprestaban a cumplir en Madrid una breve escala que resultó ser eterna.  

Hace 17 días se cumplieron 42 años del desastre y dentro de tres semanas se lanzará en Madrid un libro —compuesto en parte por datos rigurosos y en parte por situaciones imaginadas— que relata los errores que condujeron al accidente y cuanto se sabe sobre los últimos minutos del vuelo AV 011. El autor de Náufragos del cielo es Jesús Gallego, conocido periodista español que accedió a ceder a Los Danieles las primicias de su contenido.  

Gallego comenzó su labor en 2023 atraído por la coincidencia fatal que unió en los últimos minutos de vida a la crítica de arte colombo-argentina Marta Traba, el ensayista uruguayo Ángel Rama, el escritor peruano Manuel Scorza y el novelista mexicano Jorge Ibargüengoitia. El autor se sumergió en la investigación del caso y la complementó con recuadros breves sobre otros percances aéreos en España. Tras un año y nueve meses de buceo entre archivos, recortes y juzgados acumuló un grueso expediente, y lo bordó con una novela que se desliza entre datos técnicos. La conclusión general de Gallego fue: “En los años 70, al cabo de casi cuatro décadas de dictadura, el espacio aéreo era un territorio peligroso”. 

El periodista señala una cuádruple responsabilidad que provocó la debacle en una noche serena y clara. El primer error lo cometió el copiloto Eduardo Ramírez. La ruta del vuelo disponía que a 7,6 kilómetros de la pista del aeropuerto de Barajas (Madrid) los tripulantes debían introducir en los mandos el dato de la altura de paso del avión sobre el radiofaro y otro servicio, el ILS, que “permitían guiar al aparato con precisión a la pista de aterrizaje”. El copiloto consultaba los datos en sus cartas de vuelo, los leía en voz alta y el comandante Tulio Hernández alimentaba con ellos el instrumental del avión.  

Faltaban pocos minutos para aterrizar. El copiloto dictó la altitud a la que correspondía sobrevolar el marcador. 
—Vamos a cruzarlo a dos mil trescientos ochenta y dos pies [2.382 pies] —dijo. 

Se había confundido. La carta no indicaba 2.382 pies, sino 3.282 (tres mil doscientos ochenta y dos). Dice Gallego: “El límite de altitud de descenso introducido en el ordenador del avión estaba equivocado: 900 pies inferior al límite, 275 metros por debajo de la altura de seguridad”. Con semejante marcación, el avión golpearía el suelo mientras los pilotos creían que volaban más de 200 metros por encima de la superficie. 

El segundo error confirmó al primero. El reglamento de vuelo manda que el capitán rectifique cada dato que dicta el segundo de a bordo, justamente para detectar fallas como la que acababa de cometer su colega. Al no verificar el dato y enmendarlo, el 747 siguió disparado a una altura de colisión. 

Un filtro más —la sala de control de aproximación en Barajas— habría podido corregir la errática trayectoria. Náufragos del cielo cita el diálogo entre los pilotos y la sala. Básicamente, las comunicaciones que debería confirmar datos y detectar errores se desarrollaron en medio de la ambigüedad y las referencias genéricas. En vez de exigir y obtener cifras concretas sobre la posición del Jumbo, Barajas se contentó con una respuesta vaga: “Aproximándonos”. Datos exactos habrían revelado que el aparato viajaba a una altura mortal. El controlador apenas supo lo obvio: que el vuelo se acercaba. En ese punto pasó el manejo de la nave a la torre del aeropuerto y cortó comunicación con Olafo. 

Semejante transferencia, advierte el autor, puede hacerse si la tripulación confirma que está conectada a un sistema automático de guía para el aterrizaje o si los pilotos tienen ya contacto visual con la pista.  Ninguna de las dos circunstancias se dio, pese a lo cual el controlador se desentendió del vuelo 011. La desconexión se produjo poco antes de que, para rematar el cuadro siniestro, el avión virase a la derecha, lo que lo alejó doce kilómetros “de la senda de aterrizaje conocida y segura”. La nave proseguía a riesgosa velocidad por debajo de la altura rumbo a una zona desconocida que resultó ser el campo labrantío de Mejorada. El único nexo entre el Jumbo y la torre de centro era ahora la esperada aparición de las luces del 747 en el horizonte nocturno. Esto nunca ocurrió. 
“Se cayeron sin saber dónde ni por qué”, asegura Gallego. 

Olafo impactó tres veces contra los montículos del terreno y luego se convirtió en una formidable llamarada. Eran las 12 de la noche, seis minutos y 24 segundos. De los 192 ocupantes del aeroplano solo se salvaron once. Todos los escritores perecieron. 

Un sistema moderno de telecomunicación automática desde tierra, que operaba en muchos aeropuertos del mundo, habría evitado el choque. Lo paradójico —y esta es la cuarta razón de la catástrofe— es que España había adquirido los aparatos pero no los había instalado debido a una dependencia clientelista de los viejos equipos que vendía Estados Unidos a la dictadura de Franco. Esto explica en parte que entre 1970 y 1985 hubieran fallecido 1.780 personas en desastres aéreos en España.  

Es posible que aún ahora, bajo algún terrón en el tranquilo campo de Mejorada aparezcan un cable, un trozo de asiento o un tacón de zapato de aquel vuelo que es imposible de olvidar cuatro décadas después. 

Imagen incluida en el artículo 'LA ÚLTIMA NOCHE DE OLAFO'

ADIVINANZA NAVIDEÑA 

Iluminada por las luces decembrinas llega una adivinanza para los lectores de Los Danieles

¿Quiénes son Jomi García Ascot y María Luisa Elío y qué relación tienen con Colombia que los ha hecho famosos en el mundo entero? 

El próximo domingo, última edición de Los Danieles en 2025, aparecerá la respuesta. También una reseña del más reciente libro sobre Gabriel García Márquez, una completa biografía ilustrada de 338 páginas y más de 500 fotos e imágenes que acaba de publicar la Fundación Gabo.

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