
Daniel Samper Pizano
Hace menos de una semana la noticia dio la vuelta al mundo como un relámpago: “Trump ha muerto”. Mientras las redes se convertían en hormigueros alborotados, millones de personas quedaban boquiabiertas ante la enorme novedad. De inmediato en TikTok y X se publicaron datos singulares que parecían confirmar el suceso: el presidente de Estados Unidos llevaba tres días en silencio, sin escribir un solo trino ni aparecer en noticieros; se hablaba de un ataque cardiaco; de un ictus: el vicepresidente J. D. Vance había señalado en una entrevista que Trump tenía buena salud, pero que él, Vance, estaba listo para asumir el mando si era preciso.
El fiambre, sin embargo, resucitó con tanta rapidez que nadie alcanzó a llorar o celebrar el acontecimiento. Ni siquiera hubo tiempo para que encuestas relámpago averiguaran los porcentajes de alegría y tristeza que producía la chiva del año. El gobierno desmintió el rumor y el martes Trump habló desde la Casa Blanca. Se sentía “mejor que nunca”; había tomado un tiempo (era un puente) para jugar no sé cuántos hoyos de golf. Ahí estaba y ahí se quedaba.
El portavoz oficial fue contundente: “El presidente está vivo y goza de cabal salud”.
Vivo está, no cabe duda. Pero no goza de cabal salud. Lo aquejan problemas de colesterol, debe controlar el azúcar, retiene líquidos y acusa otras viejuras. Y, sobre todo, es víctima de dos enfermedades de la conducta que quizás no acabarán con él pero sí con el planeta.
La primera es el denominado desorden de personalidad narcisista o narcisismo maligno. Sobre ella escribí el 16 de marzo. Se trata de un trastorno antisocial de la personalidad que nace de la egolatría extrema, y, según la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, induce al enfermo a violar las normas legales y sociales por creerse un ser superior.
La segunda anomalía del comportamiento que sufre el agresivo inquilino de la Casa Blanca se llama trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Según MedlinePlus (sitio oficial del gobierno de Estados Unidos), es un trastorno del neurodesarrollo que se caracteriza por falta de atención, descontrol impulsivo e hiperactividad. En pocas palabras, Trump no solo ostenta un ego desorbitado, sino que vive en permanente actividad contradictoria, precipitada e irreflexiva.
Copio las características descritas en la publicación:
TDAH predominantemente inatento: Las personas con este tipo de TDAH tienen problemas para prestar atención y se distraen con facilidad.
TDAH predominantemente hiperactivo e impulsivo: Las personas con este tipo de TDAH tienen síntomas tanto de hiperactividad como de impulsividad. Con hiperactividad, sienten necesidad de estar siempre en movimiento, tienen problemas para quedarse quietas y pueden ser inquietas y/o hablar demasiado. Con impulsividad, tienen problemas para controlar sus acciones y palabras, pueden interrumpir mucho a los demás y tienden a actuar sobre ideas o sentimientos repentinos sin pensar en las posibles consecuencias.
Hemos padecido bastante a Trump como para saber que su conducta encaja perfectamente en la descripción del trastorno de déficit de atención e hiperactividad, que suele ir acompañado de malas maneras y grosería. Las características de agresividad, vanidad, acción extrema e impetuosidad son lamentables en cualquier ser humano. Pero en un líder mundial pueden conducir a lo que estamos viendo: enfrentamientos constantes, injusticias, apetito de venganza, insolidaridad, ataques descontrolados (como el de la narcolancha venezolana que dejó once muertos), banalidad (lujosos campos de golf sobre miles de tumbas), planteamientos supuestamente firmes y reversos súbitos en esos planteamientos, persecución de los débiles o los pobres y simpatía por los tiranos como Putin, Netanyahu, Bolsonaro o Bukele.
La hiperactividad de Trump revela que solo un enfermo emocional se atreve a atacar tantos frentes, sin justificación suficiente y casi siempre en ambiente pugnaz salpicado de cambios y contradicciones. En su breve gobierno ha sacudido las tarifas aduaneras alrededor del mundo sin calcular bien sus efectos, ha apoyado o participado en varias guerras, dictado medidas contra el medio ambiente, enfrentado a la prensa, cercado económicamente a las mejores universidades del mundo, desembarcado soldados federales en ciudades demócratas de Estados Unidos, cambiado nombres históricos, compadreado con magnates árabes, destrozado instituciones culturales, nombrado a decenas de familiares, retado a la justicia, amenazado a otros países y convertido la Casa Blanca en un escenario de discoteca de medio pelo.
El profesor belga Sébastien Henrard, uno de los más reconocidos especialistas mundiales en TDAH, expresa en sus redes el temor de que las decisiones caprichosas y ajenas a la ciencia que toma el gobierno de Trump no solo provoquen daños en la medicina gringa sino mundial: “Muchas decisiones políticas ya han tenido un gran impacto en los dominios de la salud mental estadounidense y podrían ser mucho más vastos de lo que parecen”, afirma.
Tenía razón la célebre erudita británica Mary Beard cuando hace poco le preguntaron qué emperador romano podía parecerse a Trump y respondió: “El peor de todos: Heliogábalo”. El mismo sobre el que el historiador Edward Gibbon dijera en 1776 que “se abandonó a los placeres más groseros y a una furia sin control”.
Estoy seguro de que hace dieciocho siglos Marco Aurelio Antonino Augusto, alias Heliogábalo, se habría indignado con semejante comparación.
