
Ana Bejarano Ricaurte
“Me gusta esa ropa que llevas”, “tengo una debilidad por las mujeres que usan coleta”, “hoy estás muy linda”, “te queda muy bien ese maquillaje”, son algunas de las frases que las empleadas relataron que escucharon de su jefe, además de otros comentarios de índole sexual acompañados de miradas o susurros lascivos y abrazos morbosos no deseados. Contaron que incluso a una la agarró del pelo y le dio una palmada en la cola.
Se trata de las acusaciones contra Mario Beccia, el director de la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo (AICS) en Colombia. Según sus víctimas, el señor Beccia acostumbra a lanzar comentarios de índole sexual, usa el pretexto de la agencia para engañar a otras mujeres e invita a miembros de su equipo a eventos o a viajes al exterior en calidad de pareja. Aseguran que inventa excusas y circunstancias para tener reuniones con sus subordinadas en su casa o en sitios privados.
Tres funcionarias denunciaron a Beccia por acoso sexual en el lugar de trabajo ante el sistema de whistleblowers (soplones) de la agencia. Todas estuvieron de acuerdo en que rechazarlo convirtió la sede en un lugar hostil, en donde su valía dependía de cómo reaccionaban ante los avances de su jefe. De esta conducta dieron cuenta otros cinco empleados en Bogotá, que también denunciaron. Dos funcionarios de la central en Roma me confirmaron la existencia de esos procesos internos.
Y eso no es todo. En las denuncias también hablan de posible malversación de fondos, pagos de gastos personales del director con los recursos de la agencia, el impulso de proyectos o escenarios innecesarios para contratar a sus amigas y la organización de gestiones que coincidieran con viajes al Carnaval de Barranquilla, entre otros destinos alegres.
Todo esto, que debería producir un escándalo (y quizás por eso mismo), fue tramitado en silencio. El director recibió apenas una palmadita en la mano.
La AICS es la agencia de la cooperación italiana ante el mundo, depende del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional (MAECI) del gobierno Italiano, y opera con recursos del contribuyente italiano. Su oficina en Bogotá, con competencia para toda Sudamérica, fue abierta en el 2022, momento desde el cual Beccia asumió como director.
A simple vista el acoso sexual en el lugar de trabajo parece inofensivo. Se entreteje de manera profunda con los tratos cotidianos y, en lugares como Colombia, se suele justificar con el ropaje de nuestras maneras efusivas y cariñosas. Lo que esas excusas olvidan es cómo esta práctica afecta a las mujeres ⎯sus principales víctimas⎯ en el desarrollo de sus funciones y de sus profesiones. Ser objeto de estas presiones implica mantener una ventana de dedicación continua, no a las obligaciones del cargo, sino a esquivar avances y propuestas indeseadas; a ser evaluadas según la disposición o no de rendirse ante esas presiones; a ser cosificadas, descalificadas y silenciadas.
Las víctimas de los esquemas de acoso sexual laboral tienen dos opciones: acceder a los avances indeseados, con las consecuencias emocionales y profesionales que ello implica, o rechazarlos y sufrir los efectos del ego herido del jefe que no consiguió imponerse.
Las denunciantes aseguraron que los rechazos a sus propósitos derivaron en su marginación de los espacios laborales, en la obstaculización de tareas, en evaluaciones negativas sin justificación técnica alguna, y en la imposición de labores para las que no fueron contratadas. Ello devino en renuncias, estancamiento profesional dentro de la AICS o periodos de desempleo prolongados.
La AICS ha tenido una importante presencia en los territorios colombianos al liderar programas de juventud rural y sostenibilidad ambiental. Tiene contacto directo con mujeres de escasos recursos, racializadas y víctimas de violencia. Varias de las fuentes consultadas señalaron que las actitudes de Beccia, en todos los escenarios, era de “conquista permanente”, y que exhibía un “trato muy personal” que no corresponde a las dinámicas del trabajo de la cooperación internacional.
Varias personas de la sede central de la agencia en Roma compartieron su indignación por la resolución del tema, pues en nada afectó la posición de poder de Beccia. Tras tramitar las denuncias solo le prohibieron postularse a nuevos puestos por dos años. Y hace mes y medio recibió un incremento del sueldo.
Una de las testigos de estos incidentes dijo que durante su vida laboral había terminado normalizando las conductas que sus compañeras ahora deciden denunciar. Y que lo hubiesen hecho lo considera un acto valiente y por ende un regalo. Que esos tratos en el lugar de trabajo sean comunes no los hace admisibles. Al contrario: evidencia la urgencia de erradicar las prácticas que condenan a las mujeres a ser ciudadanas y empleadas de segunda clase. El acoso laboral no es un “exceso” ni una “malinterpretación”. Es una forma normalizada de violencia que sostiene las estructuras desiguales de nuestra sociedad. Y por eso merece una sanción firme.
Le pedí a Mario Beccia su versión sobre estos hechos y me contestó que todas las acusaciones en su contra son falsas y que sus abogados en Italia buscarán anular la sanción en su contra.) Beccia señala que las acusaciones que recibió son “anónimas”, pero lo cierto es que las denunciantes lo hicieron con nombre propio, hasta con número de pasaporte. La institución conoce plenamente sus identidades, pero no las revela ante el investigado para protegerlas. El director también me advirtió que, de publicar la columna, se vería “obligado a actuar en las instancias correspondientes”. (Acá pueden consultarla completa). Además, contacté a dos funcionarios de la Embajada de Italia en Colombia, de la cual depende Beccia, quienes no contestaron mis mensajes.
La cooperación internacional enfrenta un nuevo y desolador panorama en el mundo, pero en especial en América Latina. Las pocas opciones que queden en pie tras el sacudón de la de la geopolítica global deben ser lugares seguros de trabajo, en donde se respeten los derechos que tanto predican ante sus beneficiarios.
COLUMNA EN ITALIANO
Molestie in Agenzia
“Mi piacciono i vestiti che indossi”, “ho un debole per le donne con la coda di cavallo”, “oggi sei molto carina”, “quel trucco ti sta benissimo”, sono alcune delle frasi che le dipendenti hanno riferito di aver sentito dal loro capo, oltre ad altri commenti di natura sessuale accompagnati da sguardi o sussurri lascivi e abbracci morbosi indesiderati.
Hanno raccontato che ha persino afferrato una ragazza per i capelli e le ha dato una pacca sul sedere.
Sono le accuse contro Mario Beccia, Titolare della Sede dell’Agenzia Italiana per la Cooperazione allo Sviluppo (AICS) in Colombia. Secondo le vittime, il signor Beccia ha come abitudine fare commenti a sfondo sessuale, usa come pretesto l’Agenzia per ingannare le donne e invitare a donne del suo team di lavoro per eventi o viaggi all’estero in qualità di coppia. Assicurano che inventa scuse e circostanze per incontrare le sue subordinate a casa sua o in luoghi privati.
Tre funzionarie hanno denunciato Beccia per molestie sessuali sul posto di lavoro attraverso il sistema di whistleblowing dell’Agenzia.
Le denunce concordavano sul fatto che rifiutarlo rendeva la sede un luogo ostile, dove il loro valore dipendeva da come reagivano alle avances del loro capo.
Di questo comportamento hanno dato conto altri cinque dipendenti a Bogotá, che hanno anche sporto denuncia.
Due funzionari della sede centrale a Roma mi hanno confermato l’esistenza di tali processi interni.
Ma non è tutto. Le denunce parlano anche di possibile appropriazione indebita di fondi, di avere usato soldi dell’ Agenzia per spese personali, di aver promosso progetti o scenari inutili per assumere le sue amiche e di aver organizzato attività che coincidevano con il Carnevale di Barranquilla, tra altre destinazioni di svago.
Tutto questo, che avrebbe dovuto provocare uno scandalo (e forse proprio per questo), è stato gestito in silenzio. Il direttore ha ricevuto solo una pacca sulla spalla.
L’AICS è l’agenzia italiana per la cooperazione internazionale, dipende dal Ministero degli Affari Esteri e della Cooperazione Internazionale (MAECI) del governo italiano e opera con risorse provenienti dai contribuenti italiani. L’ufficio a Bogotá, con competenza in tutta la regione del Sudamerica, è stato aperto dal 2022, momento in cui Beccia ha assunto la direzione.
A prima vista, le molestie sessuali sul posto di lavoro sembrano innocue. Sono profondamente intrecciate con i rapporti quotidiani e, in luoghi come la Colombia, sono spesso giustificate con il pretesto dei nostri modi effusivi e affettuosi.
Ciò che queste scuse dimenticano è come questa pratica influisca sulle donne – le sue principali vittime – nello svolgimento delle loro funzioni e delle loro professioni. Essere oggetto di queste pressioni implica mantenere una finestra di dedizione continua, non agli obblighi della carica, ma per schivare avances e proposte indesiderate; a essere valutate in base alla nostra disponibilità o meno a cedere a tali pressioni; a essere oggettificate, svalutate e silenziate.
Le vittime di molestie sessuali sul posto di lavoro hanno quindi due opzioni: accettare le avances indesiderate, con le conseguenze emotive e professionali che ciò comporta, oppure rifiutarle e subire le ripercussioni dell’ego ferito del capo che non è riuscito a imporsi.
Le denuncianti hanno affermato che il rifiuto delle sue avances ha portato all’emarginazione delle vittime dal posto di lavoro, all’ostacolo nello svolgimento delle mansioni, a valutazioni negative senza alcuna giustificazione tecnica e all’imposizione di compiti per i quali non erano state assunte. Ciò ha portato a dimissioni, stagnazione professionale all’interno dell’AICS o periodi di disoccupazione prolungati.
L’AICS ha avuto una presenza importante nei territori colombiani, guidando programmi per i giovani delle zone rurali e la sostenibilità ambientale. Ha contatti diretti con donne con scarse risorse economiche, vittime di discriminazione razziale e di violenza. Diverse fonti consultate hanno sottolineato che l’atteggiamento di Beccia, in tutti i contesti, era di “conquista permanente” e che mostrava un “trattamento molto personale” che non corrisponde alle dinamiche del lavoro della cooperazione internazionale.
Diverse persone della sede centrale dell’agenzia a Roma hanno condiviso la loro indignazione per la risoluzione della questione, perché non ha influito in alcun modo sulla posizione di potere di Beccia. Dopo aver esaminato le denunce, gli è stato solo vietato di candidarsi a nuove posizioni per due anni. E un mese e mezzo fa ha ricevuto un aumento di stipendio.
Una delle testimoni di questi episodi ha affermato che durante la sua vita lavorativa aveva finito per normalizzare i comportamenti che le sue colleghe ora decidono di denunciare.
E che il fatto che abbiano denunciato lo considera un atto coraggioso e quindi un dono.
Il fatto che questi trattamenti sul posto di lavoro siano comuni non li rende ammissibili. Al contrario: evidenzia l’urgenza di sradicare le pratiche che condannano le donne a essere cittadine e dipendenti di seconda classe. Le molestie sul posto di lavoro non sono un “eccesso” né un “malinteso”. Sono una forma normalizzata di violenza che sostiene le strutture inique della nostra società. E per questo meritano una sanzione severa.
Ho chiesto a Mario Beccia la sua versione dei fatti e mi ha risposto che tutte le accuse contro di lui sono false e che i suoi avvocati in Italia cercheranno di annullare la sanzione a suo carico. Beccia sottolinea che le accuse ricevute sono “anonime”, ma la verità è che le denuncianti hanno fornito il proprio nome e persino il numero di passaporto. L’istituzione conosce perfettamente le loro identità, ma non le rivela all’indagato per proteggerle.
Mi ha anche avvertito che, se avessi pubblicato l’articolo, si sarebbe visto “costretto ad agire nelle sedi competenti”. (Qui potete consultarla per intero). Ho anche contattato due funzionari dell’Ambasciata d’Italia in Colombia, da cui dipende Beccia, che non hanno risposto ai miei messaggi.
La cooperazione internazionale affronta un nuovo e desolante panorama nel mondo, ma in particolare in America Latina. Le poche opzioni rimaste in piedi dopo lo sconvolgimento della geopolitica globale devono essere luoghi di lavoro sicuri, in cui siano rispettati i diritti che tanto predicano ai loro beneficiari.
