Los Danieles. ¿Hasta dónde la solidaridad con Maduro?

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Como “diplomacia de las cañoneras” se conoció el empleo del poderío naval de Estados Unidos para imponer su política exterior en Centroamérica y el Caribe en las primeras tres décadas del siglo pasado. El presidente Teodoro Roosevelt fue notorio artífice de esta política (también llamada del “gran garrote”), y el despojo de Panamá a Colombia fue una de sus muestras más significativas. Y para nosotros desastrosa, además de humillante. 

Hoy, más de cien años después, la destrucción por la marina de Estados Unidos de una pequeña lancha rápida cargada con droga que había zarpado de Venezuela, con un saldo de once personas muertas, anuncia una drástica resurrección de esta “diplomacia” y una advertencia de hasta dónde piensa llegar Donald Trump en su empeño por impedir el ingreso de narcóticos a su territorio. “Hundir ese barco salvó vidas estadounidenses”, dijo el senador colombo-estadounidense Berni Moreno. 

La lancha fue literalmente pulverizada y nunca se sabrá cuánta droga transportaba ni quiénes iban a bordo. Solo quedó el video que difundió Washington de los letales impactos. La drástica acción fue defendida por funcionarios del gobierno que dicen que la tripulación estaba integrada por miembros de la banda terrorista Tren de Aragua, pero ha sido cuestionada como violatoria del derecho marítimo internacional. 

El jefe del Pentágono, Pete Hegseth, dijo que la misión que tienen es muy seria y este tipo de operaciones continuarán. “No se detendrán con ese solo ataque”, advirtió, mientras que entidades como WOLA (Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos) opinan que el Congreso tiene el deber de investigar si la embarcación se hallaba en altamar o en aguas venezolanas, quiénes estaban a bordo y si representaba una real amenaza para Estados Unidos. 

El hecho es que no hay precedentes de que se haya atacado de manera tan fulminante y letal a un bote sospechoso de llevar droga. Usualmente la nave es interceptada por la guardia costera, la droga destruida y los tripulantes arrestados. La cosa está ahora a otro precio. Los traquetos del mar quedaron advertidos. 

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Es evidente que, además de afianzar su dominio en el Caribe, el propósito de Trump es dar al traste con el régimen de Maduro e, idealmente, llevárselo a Estados Unidos para juzgarlo como narcotraficante, tal como se hizo hace 35 años con el dictador panameño Noriega. Pero la historia no se repite de manera tan mecánica como posiblemente lo entenderá Trump, si Maduro resulta un hueso más duro de roer. Y ese es el gran interrogante. 

Al bigotudo autócrata se le ve exaltado, entre nervioso y descompuesto, como si estuviera presintiendo que el final se acerca. Pero sabe acudir —el hombre es buen orador— a la fibra patriótica del pueblo; moviliza a millones de reservistas pensionados y declara que Venezuela es “una república en armas”. Parecen patadas de ahogado, pero ojo con las cuentas alegres. No hay aún fisuras visibles entre los militares; el régimen mantiene férreo control sobre la sociedad civil y los medios y cuenta con poderosos amigos externos como Rusia, China e Irán. 

¿Y de Colombia qué?  Mucho tenemos que ver con el asunto, como primer país productor de la coca que ingresa a los EE. UU., que comparte frontera de más de dos mil kilómetros con Venezuela y que cuenta con poderosos grupos narcoterroristas. Todo lo cual la Casa Blanca tiene muy en cuenta. 

Petro calificó el ataque a la narcolancha en el Caribe como un “asesinato”, lo que agudizará las tensiones con el gobierno Trump, a quien no le faltan ganas de cascarle al presidente izquierdista en declive de un país que históricamente ha sido el más fiel aliado de Washington en el hemisferio.  

No hay que hacerse ilusiones de que esta última circunstancia pese mucho en una decisión de Trump de arreciar medidas punitivas contra quienes “envenenan la sangre” de sus compatriotas. Tampoco hay que esperar grandes solidaridades internacionales con Petro en caso de previsibles garrotazos. Fueron dicientes la tímida reacción del vecindario ante el hundimiento de la lancha y el hecho de que el mandatario colombiano fuera el primero en pronunciarse y en términos enérgicos.  

No sorprende y es casi lógico que lo hiciera, pero la pregunta es si conversó antes con otros mandatarios de la región para calibrar el lenguaje y la posible respuesta de Trump. Se ve que no lo hizo y por eso su dura condena pareció aislada, pese a que la ONU le pidió a EE. UU. respetar el Derecho Internacional Humanitario. También cabe preguntarse hasta dónde llegará su solidaridad con un dictador sin legitimidad internacional, que no fue capaz de suministrar las actas de su elección —que el propio Petro le ha pedido—, lo que no dejó mayor duda sobre su carácter fraudulento. 

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Hoy deben viajar a Washington los alcaldes de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena para tratar de evitar una descertificación que sería un golpe mortal a la ayuda económica y militar que recibe el país. Una gestión crucial y necesaria que ha sido descalificada por Petro porque “no están autorizados” para hablar en nombre de Colombia. Salida insólita que desconoce la amplia representatividad democrática de estos mandatarios. 

Mientras se espera la decisión de Washington sobre la certificación, en el frente doméstico el Gobierno sufre significativo revés político con la derrota en el Senado de su candidata a la Corte Constitucional, lo que motivó la renuncia de nada menos que tres ministros. Traspiés menor, pero también diciente: el penoso nombramiento de la viceministra de Juventudes, una “joven rebelde y valiente”, según el presidente, pero sin título universitario ni los requisitos para el cargo. 

Y a todas estas cabe preguntar en qué quedó la rectificación que en el término de 48 horas el Consejo de Estado le ordenó al presidente que hiciera por todo lo que ha dicho sobre la familia Vargas Lleras. Se cumplió el plazo y no se ha pronunciado Casa de Nariño. Tiene la palabra el alto tribunal.  

P.S.1.: El chiste malo del momento: la larga y pomposa solicitud que le envió el hoy precandidato presidencial Abelardo de la Espriella a Elon Musk para pedirle que suspenda la cuenta del presidente Petro en la plataforma X por generar odio político. Si Musk se digna contestar la misiva, sería bueno que Abelardo la divulgara.  

P.S.2.: El chiste bueno: las diez millones de toneladas de lechona tolimense que según el jefe de Estado fueron consumidas en la feria de Osaka.

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