
Ana Bejarano Ricaurte
Una amiga del alma, con la que me identifico en todas las capas de la vida, me anunció su apoyo a Iván Cepeda y me preguntó: “Está haciendo todo bien, ¿o no?”. Me quedé pensando en cómo contestar su mensaje y entonces le escribí esta columna.
Iván Cepeda fue un gran parlamentario, tal vez uno de los más importantes que han pasado por nuestro Congreso. Un tipo juicioso y ante todo valiente. Su coraje no solo le permitió adelantar una histórica labor parlamentaria, sino que lo llevó a librar una batalla casi a muerte contra el expresidente Álvaro Uribe en defensa de la verdad y la justicia. Ha sido, además, una voz y una compañía indeclinables para las víctimas del conflicto armado en Colombia.
Por eso tal vez, en otras circunstancias habría estado de acuerdo con mi amiga, pero Cepeda tiene por lo menos dos problemas que no parece con ganas de solucionar.
El primero y más apremiante es que lo precede un gobierno cuyas banderas recogió sin un ápice de crítica. La ausencia de contundencia y rechazo a tanta podredumbre —una que hubiese denunciado en el pasado— más que desilusionante: es preocupante. Semejante silencio estruendoso casi que equivale a cohonestar con esas prácticas.
La corrupción endémica que replicaron; la manera caótica de gobernar; la pugnacidad y torpeza en las relaciones diplomáticas; la lista es larga, e Iván en silencio. Cepeda también pasó su carrera reivindicando de manera consecuente las banderas feministas y ahora calla ante un presidente misógino, que cada vez que abre la boca insulta a las mujeres colombianas, que se rodea con gusto de agresores y se dedica a defenderlos. El candidato del Pacto Histórico parece interesado hablarle solo al nicho petrista, y aunque esa es su prerrogativa, es una estrategia que no lo llevará al Palacio de Nariño.
Supongo que se traga todos estos sapos para evitar criticar a Petro porque su electorado reconoce en él a un presidente que, aunque les incumplió en muchos indicadores, no lo hizo en ser su voz, en representarlos, y esa percepción es nueva y valiosa. El problema es que es insuficiente. No es suficiente para los desvalidos de Colombia que alguien hable en su nombre, esa gente no necesita únicamente que los interpreten, sino que se hagan las cosas: que no se roben la plata, que no se den contratos a los amigos sino a quienes sí van a construir las calles, acueductos y viviendas; que no se les trate con tanta condescendencia.
Y desde la campaña explican que, por supuesto reivindican todo lo que hizo Petro, dicen que esas son sus banderas con tonito de “¿y qué?”, pero eso no es tener carácter sino dueño. Ese servilismo resulta profundamente decepcionante y produce mucha desconfianza.
El segundo gran problema de Iván Cepeda es la dictadura que amenaza con derrumbarse en Venezuela. Cuando le preguntan por el régimen de Nicolás Maduro acude a su inteligente argumento de que “deberán verificarse los resultados electorales” y que no volverá a una estrategia errada como la de Iván Duque.
Tal vez en otras circunstancias esas respuestas serían satisfactorias, pero no ahora. Maduro se la pasa escondido en búnkeres desde los cuales anuncia que se debe refundar la “Gran Colombia”. Cuenta además con el desorden fronterizo que propició y permitió este gobierno, en el que, como lo reportó InSight Crime esta semana: “el ELN actúa como un ejército paramilitar en Venezuela”.
La embestida de Donald Trump preocupa muchísimo; la posibilidad de una invasión de los gringos para distraer temas internos generaría enormes consecuencias para Colombia. Por eso se requiere un presidente con capacidad de mantener independencia del régimen y los malandros que por estos días andan midiendo las distancias para saltar del barco que ellos mismos hundieron. Entre tantos vacíos, Cepeda no ha sido ni capaz de aceptar que en Venezuela existe una dictadura y ese es un gesto que podría tener nefastas consecuencias si se convirtiera en presidente.
Las arbitrariedades de Trump contra América Latina no justifican su silencio frente a un régimen que ha cometido crímenes de lesa humanidad contra su población de manera sistemática desde hace décadas. ¿No pone en riesgo Cepeda su compromiso con los derechos humanos, si los de los venezolanos lo tienen sin cuidado?
Y aunque habla en tono conciliador, lo persiguen las bodegas agresivas y misóginas que terminaron de intoxicar al debate público estos tres años, y fustigan con violencia a quien ose contradecirlo.
Todas estas son solo unas de las razones para desconfiar de su nuevo canto por una Asamblea Nacional Constituyente.
Este continuismo que propone Cepeda lo ha desdibujado como líder político, por lo menos para el sector que apreciaba especialmente su independencia y carácter. Poco queda de ese Iván que recogió tantos aplausos merecidos del progresismo colombiano. El Iván candidato despierta dudas y miedos legítimos que no podrá solventar porque está dedicado a agraciar a un jefe que no le ha dedicado ni una sola palabra decidida de apoyo.
