Los Danieles. El presidente con turbinas

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Gustavo Petro acaba de batir el récord de viajes presidenciales en la historia de Colombia. Periódicos como El Tiempo y El Colombiano se dedicaron a contabilizar los recorridos del mandatario por el mapamundi y coinciden en que han sido 73 visitas a lo largo de 30 giras. 

En total, Colombia ha estado manejada por funcionarios no elegidos para el cargo durante casi ocho meses y medio. En ninguna de esas ocasiones se sentó en la primera silla del país la vicepresidenta Francia Márquez, pese a que la Constitución Nacional (artículo 202 y siguientes) señala que el vicepresidente reemplazará al presidente “en sus faltas temporales o absolutas”. Hasta ese punto llega la ruptura entre las dos cabezas del Gobierno.  

Para que los colombianos se enteren, les cuento que, mientras viajaba Petro, han presidido nuestros destinos durante 258 días las siguientes personas: Gloria Inés Ramírez (a la sazón ministra de Trabajo), Ricardo Bonilla (entonces ministro de Hacienda), Guillermo Alfonso Jaramillo (ministro de Salud) y Armando Benedetti (ministro del Interior). El que reemplazó durante más tiempo al titular fue Bonilla, y el que menos, Benedetti. Aún quedan nueve meses para que don Armando se tercie en el pecho la imaginaria banda tricolor. 

La última ronda del mandatario fue entre el 27 de octubre y el 4 de noviembre. Durante su visita besó las mejillas de los jefes de Estado de Egipto (el plurirreelecto presidente Abdelfattah Al-Sisi) y Catar (el todopoderoso jeque Abdullah bin Hamad Al-Thani) y pasó varios días en estas naciones que viven de un producto que nuestros gobierno combate: los combustibles fósiles. 

Activo paseandero, de nuestro presidente se cuentan muchas anécdotas, no todas santas, como las de una curiosa amiga en Panamá, unos peculiares interlocutores en el parisino Bosque de Bolonia, las tardes de perifoneo en Nueva York y las noches de rumba en París. Hace poco, en una medida de discutible aplicación según algunos juristas gringos, el gobierno de Trump lo incorporó a la Lista Clinton, que es un cementerio de derechos civiles manejado desde Washington. Según este protocolo moderno del ostracismo, no podrán pisar los Estados Unidos él ni parte de su familia. Pero Petro promete que lo hará en una reunión de la ONU que tendrá lugar en enero.  

Los tours presidenciales no se financian con rifas ni con plata de bolsillo propio. Datos del Dane indican que 40 periplos, entre agosto de 2022 y octubre de 2024, costaron 7.870 millones de pesos, aunque ignoro si la cifra incluye los dichosos viáticos. Extrapolando, se podría llegar a 80 desplazamientos y el doble de lo gastado: unos 15.000 millones en el cuatrienio. Si estos cumplían misiones importantes o no, que lo determinen los especialistas en relaciones internacionales, comercio exterior e imagen del país. 

De todos modos, otro presidente colombiano se movió por Colombia con méritos mayores que Petro, pues no viajaba en cabina aérea de primera clase sino a caballo y no dormía en hoteles de cinco estrellas sino donde lo cogía la noche. Lo apodaban Culo de hierro y su nombre de pila era Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar. En efecto, el Libertador galopó los caminos del norte suramericano a lo largo de más de 123.000 kilómetros, el doble que Napoleón, el tiple que Alejandro Magno y cinco veces más que Aníbal, el africano que invadió a Europa a lomo de elefante. 

La antítesis nacional de Bolívar fue Miguel Antonio Caro, bogotano quintaesencial que gobernó al país entre 1892 y 1898. Nunca salió de Bogotá y sus alrededores. Se cuenta que alguna vez, decidido a visitar a su jefe Rafael Núñez en Cartagena, emprendió camino hacia el río Magdalena, pero el calor, los mosquitos, los bichos salvajes (culebras, alacranes, chimbilás) y los caimanes lo disuadieron a la altura de Villeta —a 90 kilómetros de la capital— y regresó de inmediato. Lo mismo habría hecho cualquier rolo que se respete. 

Otro cachaco realizó el más absurdo viaje presidencial que se conozca. El general Rafael Reyes, aficionado a las reelecciones y los alargamientos de períodos, fue elegido en 1904. Emprendió notables obras públicas, pero resultó asaz autoritario y se granjeó una imagen dictatorial. En junio de 1909 anunció que iba a pasear por el país y ya volvía. Encargó a su consuegro, Jorge Holguín, de que le cuidara el puesto. Cabalgando y remando llegó Reyes a Santa Marta y allí, de repente, se embarcó sin tiquete de regreso en un vapor holandés y llegó a Inglaterra. Durante más de una década paseó por Europa y en 1920 se instaló en Panamá. En febrero de 1921 regresó a morir en Bogotá tras el viajecito expresidencial de doce años. Eso sí, sin viaticar.  

ESQUIRLAS. 1. Beso de macho. El ósculo baboso del borracho mexicano callejero a la presidenta de México, con tetáculo como ñapa, es el epítome de machismo. Habría que mostrar el video en las escuelas a modo de vomitivo didáctico. 2. Ataque frenético. Cuando se enteró de que los demócratas habían barrido en las elecciones de varias ciudades importantes, entre ellas Nueva York, el presidente gringo Donald Trump entró, según la prensa, en “tres horas de frenesí” durante las cuales mandó más de treinta trinos contra sus rivales. Dijo un diario británico: “La extraña serie de mensajes podrían plantear nuevas preguntas sobre su agudeza mental”. Lo interesante es que el ataque se parece a los que le dan a Petro… y la conclusión sobre su perturbado estado emocional es la misma. 3. ¿Cuál cambio climático? Un grupo internacional de expertos acaba de concluir que el voraz huracán Melissa, que azotó a varias islas del Caribe, “se multiplicó cinco veces por las alteraciones medioambientales”. Pero, según Trump y la caterva negacionista (más del 15 % de la población estadounidense), todo es una patraña.

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