Los Danieles. El poder de los sin poder

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Y desde el momento en que todos los problemas reales y los fenómenos de crisis se ocultan bajo el espeso manto de la mentira, no se sabe nunca cuándo caerá la famosa gota que colma el vaso y en qué consistirá la gota; también por esto el poder social persigue a título preventivo y casi automáticamente todo intento de «vida en la verdad», incluso el más modesto.

Václav Havel – El poder de los sin poder

El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en la cumbre de Davos es una de las reflexiones políticas más importantes en lo que va del siglo. Por su contundencia, pero principalmente por su franqueza: una invitación a quitarse las vendas con las que caminábamos como zombis por el mundo pretendiendo que existía un orden internacional de las cosas; unos mínimos y máximos que en términos generales han permitido la vida desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Para Carney vivimos un cambio estructural de paradigma, en el que ya no será necesario esconderse tras los moquetes fallidos del multilateralismo y las normas del derecho internacional. Repetir esos dogmas no los convertirá en realidades. Es necesario encarar a los que quieren repartirse el mundo en bloques de influencia y a quienes aspiran a un planeta de déspotas y vasallos. Y para poder hacerlo hay que dejar tanta hipocresía. 

Carney se inspiró en el ensayo El poder de los sin poder, de Václav Havel, el pensador checo que fue presidente y perseguido por el régimen soviético. Havel narra y conceptualiza la hipocresía en la que se sumían los países en la Europa del este durante la década de los setenta, “obligados a vivir en la mentira”, en la pantomima de que eran libres sin serlo. Un paralelismo miedosamente relevante para la grieta que empieza a separar el mundo entre lo verdadero y lo falso. Es un manifiesto de la disidencia antitotalitaria, que parece imposible no desempolvar ahora. 

El canadiense dio un discurso histórico por el simple hecho de develar, como lo hizo Havel, la ficción que compartimos. Carney invitó a los poderes medios del mundo; a quienes comparten sus valores e intereses, a unirse para evitar la rapiña del planeta entre tres gigantes, pero sin seguir pretendiendo que a todos nos rigen las mismas reglas. Para las pequeñas potencias económicas con altos índices educativos, como Canadá, las palabras de Carney sirven de esperanza. 

En este vecindario, el fachito bananero del Ecuador, Daniel Noboa, alza los brazos desesperado e imita la guerra tarifaria de Trump a ver si voltea a mirarlo, solo que entre Ecuador y Colombia. La decisión puede afectar a la economía de su país más que la del nuestro, pero no le importa porque le sirve para hablar y culpar a otro por el desastre de orden público en el que se sume el Ecuador. 

Abundan las distracciones e individualismos; se impone la pantomima en lugar de pensamiento estratégico. Nadie parece en búsqueda de caminos para consolidar algo de independencia y autosuficiencia en el nuevo orden global. Carney propone un camino para Europa y por acá la grieta cada vez se vuelve más honda. 

No hay un Carney para América Latina. En Cuba, Nicaragua, Venezuela y El Salvador gobiernan dictaduras que desaparecieron el disenso y no hay prioridad superior a oprimir a sus pueblos; los gobiernos progresistas de Brasil, México, Colombia y Uruguay: todos en modo “sálvese quien pueda”; y a Argentina la gobierna un incel que dedica quién sabe cuánto tiempo a su banda de rock de garaje. En Chile se estrena el defensor de Pinochet e hijo de un militante nazi, José Antonio Kast. Un manicomio variopinto que revela pocas muestras de alineación tras los propósitos comunes.

Las organizaciones que reivindican la fuerza de una Suramérica unida en el escenario global han sido manchadas por la corrupción y los escándalos de los políticos que las crearon e impulsaron. La mayoría de las voces que claman por la agrupación latinoamericana invocan un discurso ajado, que insiste en gritar “abajo al imperio”, sin ofrecer ninguna opción eficiente para sacar a tanta gente de la miseria; un alivio real para los 162 millones de pobres que viven en América Latina. Y aunque en las artes, en la academia y en la sociedad civil hay todo tipo de gente con ideas para unirse y resistir, no se asoma cabeza alguna que podamos seguir para salir del caos. 

Carney no ofrece activismo. Ni siquiera resistencia explícitamente. Solo invita a entender que el mundo como lo conocíamos se acabó. Por acá, unos candidatos presidenciales gritan contra los yankees mientras otros insisten en ser sus lacayos. ¿Habrá alguno que pueda liderar una estrategia inteligente y pensada para y por América Latina? 

Bueno, y si hablamos de grietas la que divide a este país es tan honda que pedir alineación internacional sería demasiado, con llegar a unos mínimos comunes entre colombianos bastaría.

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