Los Danieles. Delirio en la ONU

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Termina una semana del delirante desfile de dirigentes políticos que cada cierto tiempo nos depara la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Hemos escuchado floridos discursos sobre la paz universal, la hermandad humana y la abolición de la guerra. Muchos de ellos corrieron por cuenta de líderes de países esencialmente bélicos, fabricantes de armas, agresores del vecino, opresores de la libertad e indiferentes ante la miseria.  

Solo me voy a detener en los dos que más influyen en nuestro país: Gustavo Petro, cuasidemocrático presidente de Colombia, y Donald Trump, cuasidictador de Estados Unidos.  

Es justo decir que la presentación de Petro fue valiente y lógica. Tocó temas vitales sobre los que lleva años repicando: la ruina que nos deparan los derivados del petróleo; los inmigrantes; la necesidad de proteger la selva; la inicua distribución del ingreso; el veneno de la codicia; la matonería de algunas potencias con los países pobres.  

El punto candela fue la droga, cuya producción acarrea severos castigos, pero cuyo consumo florece en medio de golosa tolerancia, mortalmente potenciado ahora por el fentanilo made in USA. El discurso de Petro explora de qué manera la vieja y derrotada guerra contra la droga sirve para camuflar formas ilegales de dominación. Ocurrió así con los tripulantes de embarcaciones venezolanas pulverizados a golpes de misiles y cañonazos por la marina estadounidense en aguas del Caribe sin observar los procedimientos judiciales clásicos: detención, derecho a la defensa, prueba indudable y sentencia por juez imparcial en juicio justo. Seguramente, afirma nuestro presidente, en esas lanchas trabajaban colombianos, lo que hace que sean de su directa incumbencia como jefe del Estado. 

Menos interesante y rayana a veces en el desvarío es la segunda parte del discurso de 41 minutos. Petro propone una nueva ONU basada en la humanidad y no en las naciones, y aparecen Bolívar con su espada, la ominosa bandera de guerra a muerte —feroz campaña opuesta a la paz—, estrellas del universo y otros tópicos suyos. A lo largo de su intervención, el mandatario colombiano se dio el gusto de embestir contra el de Estados Unidos, en especial por el compromiso de Trump con el petróleo, su complicidad en el genocidio de Gaza, su insólita abominación de la ciencia y la negación de ese cambio climático que ya está presente en todos los rincones del planeta. 

Lo de Trump es patológico. Sus discursos y comentarios son vehículo de enfermizas obsesiones, como autopostularse para el Nobel de la Paz o declarar que él reemplaza el trabajo de la ONU. De remate, incrusta cuñas improvisadas, como criticar el estado de una escalera mecánica en el edificio de la organización. Si hubiera sido necesario, habría exigido en la tribuna que mejoren la calidad del papel higiénico en los baños de la ecuménica sede. Como buen magnate, culpa de todo a los empleados del ente; pero, conociendo uno las malas relaciones que tiene con la verdad, es difícil creerle. 

La constante actitud de desafío y prepotencia de míster Donald, resultado de una mezcla de niño rico y atarván de cantina, lo impulsa a proponer en la ONU que se acabe la ONU y a discursear sobre la paz luego de remachar su apoyo al belicoso primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. Es que vivimos una época de locura. Algunas de las iniciativas parecen chistes macabros. ¿Qué tal el campo de golf sobre los huesos de los niños gazatíes?  

Yo también quiero aportar mi cuota de delirio. Desde esta modesta columna lanzo la propuesta de reconstruir el remozado organismo universal para que vele mejor por nosotros. 

Sugiero la siguiente filosofía refundacional: “Lo malo no es la ONU; lo malo son algunos de los miembros que la integran”. En ese sentido, de nada vale castigar a la entidad reduciendo los aportes para las oficinas que protegen la salud o la educación, que es la primera reacción de ciertos países desarrollados cuando una votación de otros no les gusta.  

También propongo cuatro pasos en el proceso de refacción: 

1. Cambiar el nombre de ONU por el de OND: Organización de las Naciones Desunidas. Sería una aproximación realista al problema, que evita la constante frustración de saber que la unidad es imposible, y nos damos por bien servidos con un entendimiento mínimo. 

2. Trasladar la actual sede de Nueva York a un país europeo de comprobada entereza democrática y sin grandes enemigos, que no niegue visas a las naciones con las que no simpatiza, como ocurre ahora con los Estados Unidos.  

3. Crear un comité de certificación que, un poco a la manera gringa pero no de forma unilateral, descertifique a los países que están comprometidos en conflictos bélicos o se benefician económicamente de ellos. 

4. Modificar el poder de veto que detenta un grupito privilegiado de países, de modo que se necesiten varios votos coaligados para construir una prohibición. El veto ha de considerarse un castigo extremo, como una tarjeta roja en un partido de fútbol. Es menester, asimismo, acordar otras puniciones temporales como la suspensión por un periodo y la amonestación que se decreta con tarjeta amarilla.  

Si mis propuestas son acogidas no pido estatuas ni medallas. Solo ruego que me dejen manejar las tarjetas.

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