
Daniel Coronell
En su afán por construir su pedestal de mártir, el presidente Gustavo Petro se está llevando por delante a Colombia y, de paso, garantizando el retorno de la extrema derecha al gobierno. No oyó un mensaje que habría podido evitar la descertificación y, sin ningún provecho para sus causas, se ha ido transformando en un provocador profesional.
La cancelación de su visa de ingreso a Estados Unidos es algo que empezó a buscar desde abril, hace cinco meses. En uno de los consejos de ministros televisados, el mandatario repentinamente afirmó: “Aquí tenemos que prepararnos para cosas. Ministro de Hacienda, que está aquí remplazando a Germán Ávila que está precisamente en Estados Unidos. Yo ya no puedo ir porque creo que me quitaron la visa. No tenía necesidad de tener visa, pero bueno, ya vi al pato Donald varias veces, entonces me voy a ver otras cosas”.
El anuncio del jefe de Estado se volvió noticia en Colombia, pero en Estados Unidos fue recibido con indiferencia. Tratando de establecer si era cierto o no, le pedí a la periodista Claudia Uceda, de Univision, que lo preguntara en la habitual conferencia de prensa del Departamento de Estado.
La vocera de la Cancillería estadounidense era en ese momento Tammy Bruce, una antigua comentarista conservadora de Fox News quien, por cierto, hace unas semanas fue nombrada segunda al mando de la Embajada de Estados Unidos ante la ONU. Ella respondió que no comentaba sobre visas y, después, mostrando deliberadamente que estaba preparada, leyó un comentario elogioso sobre la relación de los dos países y la necesidad de continuar juntos la lucha contra el narcotráfico.
Era una pequeña rama de olivo, una de las poquísimas que ha extendido la administración Trump, y que el presidente colombiano no supo o no quiso leer.
No fue la única.
En julio, cuando faltaban menos de dos meses para que se cumpliera el plazo para expedir la certificación a Colombia en la lucha contra el narcotráfico, vino a Bogotá un enviado de la Oficina del Asesor de Seguridad Nacional. Esa es una dependencia ubicada en el ala oeste de la Casa Blanca, a unos metros de la oficina oval. Su misión consiste en ofrecer consejos estratégicos al presidente de Estados Unidos en asuntos que comprometen la seguridad del país. Actualmente ese despacho lo dirige como encargado el secretario de Estado, Marco Rubio.
El enviado de esa oficina fue un hombre de habla hispana, quien se reunió con Jorge Arturo Lemus, jefe de la Dirección Nacional de Inteligencia, DNI, y con César Ortiz, otro funcionario de esa misma institución que, teóricamente, le reporta al presidente Gustavo Petro.
En la reunión, que tuvo lugar en el noveno piso del hotel JW Marriott de Bogotá, el emisario les pidió a los dos funcionarios hacer llegar un mensaje al presidente de Colombia.
Les señaló que, independientemente del crecimiento de los cultivos de coca en el país, la mayor preocupación del gobierno de Estados Unidos estaba en la producción de fentanilo que está causando numerosas muertes. Y les dijo que, para obtener la certificación, bastaría el compromiso del presidente Petro de cerrarle el paso a una serie de precursores químicos provenientes de China y usados para la producción del opiáceo sintético. Les entregó el listado de 50 sustancias que ustedes pueden ver aquí.
En Washington esperaron durante semanas que la respuesta llegara a través de los contactos de la DNI o del embajador colombiano Daniel García-Peña, quien por aquellos días, previos a la decisión, visitaba afanosamente a funcionarios y legisladores junto con el comandante de las Fuerzas Militares y el director de la Policía Nacional.
Nada sucedió. No hubo respuesta.
Por eso, el 15 de septiembre anunciaron la descertificación a Colombia, aunque con waiver, es decir, con una exención especial que mantiene la cooperación en términos prácticamente iguales.
Otra señal no atendida. El presidente Gustavo Petro desestimó el waiver y prefirió quedarse con la parte del regaño, la aprovechó para mostrarse como perseguido e intentar sacarle kilometraje político.
Esta semana, cuando me enteré del mensaje que le habían enviado, a través de la DNI, y la falta de respuesta, le escribí al presidente un texto preguntándole si le había llegado.
Vino a leer mi mensaje, después de su proclama en una calle de Nueva York, en la que invitó a los soldados de Estados Unidos a desobedecer a su comandante en jefe. La cara del embajador García-Peña registra el momento exacto en el que la situación cruzó el punto de no retorno.
El agitador se impuso al estadista. Excitado hasta el paroxismo por los aplausos de unos manifestantes, Petro fue subiendo el calibre de su arenga callejera. Ya entrado en gastos, habló de reclutar combatientes, de la experiencia militar de los colombianos, del Ché Guevara, de entrenamientos bajo el oscuro régimen de Muamar el Gadafi y de ir él mismo a combatir a Gaza.
Finalmente, a las 3:46 de la tarde del viernes, cuando el encendido pregón había terminado –sin cambiar nada en el Medio Oriente pero sí afectando gravemente la relación de Colombia con Estados Unidos– el presidente Petro me respondió acerca del mensaje sobre los precursores del fentanilo:
–No supe de esa reunión. Para mí no hay ningún problema en hacer esa prohibición si tengo los datos. Quiero prohibir hasta el mercurio. Y regular al máximo la gasolina.
El mensaje llegará tarde. Esa noche le quitaron la visa. Hoy la situación es otra. La vanidad política y el deseo de fabricar su leyenda prevalecieron sobre la responsabilidad que tiene como presidente de todos los colombianos.
