Los Danieles. Cumpleaños feliz, Macondo

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Pocos se han dado cuenta de que en este demencial 2025 se celebran setenta años de uno de los más portentosos alumbramientos de la literatura. Fue en 1955 cuando surgió la palabra Macondo en la obra de Gabriel García Márquez. Corresponde a un doble parto, digamos, porque en febrero apareció el vocablo en el texto de La hojarasca, su primera novela, y en octubre se publicó uno de sus más conocidos cuentos: “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”.  

Lo curioso es que el relato de Isabel cita únicamente en el título a Macondo, ese topónimo que iba volverse famoso a partir de 1967. No hay dentro del monólogo una sola referencia a la aldea fantástica de veinte casas de barro y cañabrava que primero se transformó en comarca de tierra caliente, más tarde en litoral caribe y finalmente en denominación genérica del surrealismo tropical.  

La familia lexical se ha extendido más que el árbol genealógico de los Buendía. Ya no existe solo el sustantivo Macondo sino también el adjetivo macondiano, pobremente definido en el Diccionario de la Lengua Española como “irreal o absurdo”.  

Macondo es mucho Macondo. Además de un pueblo, es una tribu africana, una hacienda, un árbol, una asociación ambientalista francesa, varios bailaderos, decenas de tiendas y cerca de un centenar de restaurantes, bares y cafés alrededor del mundo. Pero sobre todo una leyenda, pues los biógrafos de Gabo han tenido que injertarse de Indiana Jones para desenterrar las raíces seculares de la palabra. Dasso Saldívar cuenta que el sustantivo designa en lengua bantú a una especie de plátano, manjar favorito del mismísimo demonio. Según Germán Arciniegas, cuando Alejandro von Humboldt recorrió Suramérica a principios del siglo XIX, descubrió cerca de Cartagena un árbol corpulento cuyo tronco utilizaban los aborígenes para tallar canoas. Lo bautizó con su nombre aborigen y el apellido de un sabio botánico español: Cavanillesia Macondo

Eligio, hermano menor de Gabriel, tempranamente fallecido, reseña varias menciones pregabianas de la palabra en su excelente libro Tras las claves de Melquiades: historia de Cien años de soledad (2001). 

El escritor bigotudo que hizo célebre el término no sabía si correspondía a una tribu, una lengua o un vegetal. Recordaba que, siendo niño, le había llamado la atención el portal de una finca bananera conocida como Macondo. “De adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética”, anota en Vivir para contarla (2002). Tanto así que en su literatura desbancó a Aracataca, pueblo natal de GGM que en un primer momento iba a ser el apelativo de la aldea imaginaria.  

En febrero de 1950 Luisa Santiaga Márquez regresa a Aracataca, al cabo de larga ausencia, acompañada por su hijo Gabriel, que está a punto de cumplir veintitrés años. De aquel viaje sale la materia prima del Gabo novelista. El embrión de ese nuevo mundo brota cuando madre e hijo visitan la Farmacia Barbosa y se produce un emotivo encuentro entre Luisa Santiaga y sus viejos compadres, que dispara la inspiradora nostalgia del entonces periodista y futuro narrador. La escena marca “el kilómetro cero de los caminos de Macondo y de toda la obra literaria” de GGM, a decir del médico y biógrafo Juan Valentín Fernández de la Gala (Los médicos de Macondo, 2024). 

El primer paso fue La hojarasca, novela escrita en 1951 que un intermediario envió a la editorial Losada, de Buenos Aires. Allí, cierto crítico que en ese momento era famoso por su autoridad y luego lo fue por su metida de pata, rechazó la obra alegando supuesta falta de calidad y recomendó que el autor se dedicara a otros menesteres. De acuerdo con Alfonso Fuenmayor, cercano amigo de Gabo, este sufrió durante un mes de una mezcla de depresión y furia a causa del “andrajoso concepto” de la editorial. Pero nunca perdió la fe en su manuscrito y el 24 de diciembre de 1952 dio a conocer uno de sus capítulos en El Heraldo, de Barranquilla. Tardaría aún tres años más en retocarlo, reformarlo y publicarlo completo.  

Algunos trozos descartados adquirieron vida propia. El poeta Jorge Gaitán rescató de una caneca de su amigo Gabo unas de esas páginas desechadas y rotas y después de repararlas con cinta pegante las publicó en la revista Mito, que él dirigía. El encabezamiento, como dije atrás, contenía una mención a Macondo, pese a que ese nombre no figura en el recuperado capítulo. 

En mayo de 1955 salió por fin La hojarasca. La edición, de cuatro mil ejemplares, corría por cuenta de una editorial bogotana levemente fantasma llamada Editorial SIB por las iniciales de Samuel Lisman Baum, su dueño, a quien Eligio García describe como “un aventurero judío”. El recibimiento de los lectores fue frío. Gabo era poco conocido y su libro empezó siendo un worst-seller, pues seis años después todavía era posible comprar ejemplares de la edición príncipe en la Librería Mundial de Bogotá. El precio, originalmente de cinco pesos, subió como un cohete. En 2022 se subastó una criatura de la primera camada por 3.800.000 pesos. Hoy pasaría de los 5 millones. 

El dibujo de un niño triste, obra de la artista Cecilia Porras, ilustra la portada. Él, su madre y su abuelo acuden a un velorio. Abre el relato un monólogo del chino: “He visto un cadáver”, dice. Hacia la página 11 de las 176 de la edición original aparecen las siete letras mágicas del villorrio que luego será famoso en el mundo entero y entrará a diccionarios en español, inglés, francés y otras lenguas. Piensa la madre que el abuelo estaba obligado a velar al difunto, “así hubiera tenido que arrastrar él mismo el cadáver por las calles de Macondo”. 

Imagen incluida en el artículo 'CUMPLEAÑOS FELIZ, MACONDO'

En la primera novela de GGM chisporrotea la palabra cincuenta y dos veces; la última es cuando anuncia que un “viento final barrerá a Macondo”. Se trata del mismo hálito fatalista que luego soplará por el mundo entero y nos recuerda que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrán una segunda oportunidad sobre la tierra.

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