
Daniel Samper Pizano
Después del título, lo primero que encuentran los lectores de Cien años de soledadno es su celebérrimo comienzo —“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento”, etcétera—, sino dos nombres extraños a quienes está dedicada esta obra maestra de la literatura universal: Jomi García Ascot y María Luisa Elío.
Son siete palabras que nada dicen a los lectores colombianos, para no mencionar a los checos, los senegaleses, los rusos, los egipcios, los chinos… Seguramente a muchos mexicanos sí, pues hace unas décadas el cineasta hispano-tunecino José Miguel Jomi García Ascot (1927-1986) y la actriz española María Luisa Elío Bernal (1926-2009) eran una pareja conocida en el cine, el teatro, la poesía, la publicidad y, en general, las letras aztecas.

En 1967 saltaron a la inmortalidad ecuménica gracias a que los consagra la dedicatoria impresa de Cien años de soledad. Aparte de sus méritos intelectuales, llegaron allí, sobre todo, por la amistad que unió a los García Márquez con los García Ascot y por su fidelidad durante el proceso de escritura de la novela. Ellos, lo mismo que otros intelectuales cercanos a los Gabos, conocieron y opinaron sobre las páginas que Gabriel escribía y luego leía con su voz de bolerista caribe a un puñado de contertulios. Entre julio de 1965 y septiembre de 1966 GGM escribió la historia de los Buendía —que es la parábola del mundo y la humanidad— y divulgó sus borradores a un grupo de amigos autodenominado La Mafia.
Muchos eran exiliados españoles o latinoamericanos. Entre 1961 y 1962 varios de ellos habían financiado y producido En el balcón vacío, una película en formato de 16 mm y duración de 53 minutos sobre una familia que debe huir de España tras la guerra civil. Dirigía la cinta Jomi y el guión, los diálogos y uno de los papeles principales corrían por cuenta de María Luisa. Entre los actores de reparto aparecía el escritor colombiano Álvaro Mutis, a la sazón exiliado en el D. F. (Ver nota final: Aguinaldos).
Los García Ascot no faltaban a las frecuentes citas en la calle La Loma No. 19 de la capital mexicana. Nadie se atrevería a llamarlas talleres de escritura, pues eran en realidad sabrosos jolgorios literarios. “Las reuniones siempre se realizaban por la tarde en medio de lecturas, risas y tequila —me dijo Diego García Elío, hijo de la pareja, a quien entrevisté para esta columna—. Gabo leía trozos de la novela o inventaba situaciones y personajes que por lo general desaparecían luego. Sus amigos se divertían y opinaban sobre los textos”.
Los recuerdos de Diego, nacido en 1963, no se refieren tanto a la trama de la obra aún nonata como a su propia infancia, cuando los adultos se reunían en la sala y él jugaba en el jardín con los hijos del futuro premio nobel y otros guámbitos. Rodrigo tenía a la sazón siete años y Gonzalo, dos. Han sido sus amigos durante toda la vida. “En época de navidad hacíamos juntos las posadas y mis padres se veían a menudo con Gabo y Mercedes” dice al referirse a unas ceremonias infantiles parecidas a las novenas y pesebres colombianos. Sesenta años después siguen siendo cuates y, a partir de 1986, socios en aventuras culturales, como la editorial El Equilibrista.
El historiador español Álvaro Santana Acuña, curador de las exposiciones de GGM, recrea aquellas veladas en su libro Gabriel García Márquez: vida, magia y obra de un escritor global, la mejor biografía ilustrada del cataquero, que acaba de publicarse en Colombia:
María Luisa y Jomi visitarían casi a diario en su casa a Gabo y Mercedes, y entre los temas de conversación estuvo el manuscrito en curso de Cien años de soledad. A veces, Gabo les contaba lo que iba a escribir; otras veces, les leía en voz alta lo que llevaba escrito. En ocasiones, les dio borradores de capítulos para que los leyesen y le dieran su opinión. Y hasta les pidió consejo sobre detalles como el color de los vestidos de algunos personajes o sus maneras de hablar. Agradecido por el regalo de tanto tiempo, apoyo y cariño, García Márquez acabó dedicando Cien años de soledad a María Luisa y Jomi.

La más entusiasta hincha del grupo era ella. Tenía una fe de titanio acerca de la obra que pergeñaba su amigo, hasta el punto de que tras una de las primeras lecturas ya le auguró: “Si tú escribes lo que nos cuentas, el mundo no volverá a ser el mismo”. Un día, conmovido por el entusiasmo de la actriz, Gabo le dijo: “Esta novela es tuya”. Y cumplió. En mayo de 1967, al publicarse el libro, el autor entregó a Jomi y María Luisa un ejemplar de la primera edición dedicado a ellos. Era imposible predecir en ese momento que, con el tiempo, más de cuarenta millones de personas verían sus nombres al abrir las páginas. La única excepción es la edición en francés, que honra a Mutis y Carmen Miracle, su mujer.
El heredero de los García Elío recibió años después un regalo parecido al de sus taitas. Decía la dedicatoria autógrafa de Gabo: “Diego: este libro lo escribió un tío tuyo cuando estabas aprendiendo a hablar. Imagínate, pues, cuánto tiempo ha pasado desde entonces”.
Fue el propio Diego quien tuvo la idea de montar una gran exposición de documentos, fotos y papeles de GGM. El encargado de organizarlo fue Santana Acuña, directivo del Centro Ransom de la Universidad de Texas, donde reposan miles de documentos gabianos. Santana escribió el catálogo, que es en realidad un libro de 337 páginas y más de 500 imágenes. Colaboraron en el laborioso empeño la Fundación Gabo, la Biblioteca Nacional de Colombia y colecciones privadas. En la muestra, que ha hecho escala en México D. F. y Bogotá, es posible hallar desde un retrato Kodak de García Márquez recién nacido hasta fotos de familia, sus primeros versos, dibujos suyos, cartas a los amigos, borradores laberínticos de sus obras y pruebas de imprenta corregidas por su puño y letra.
El gran libro ilustrado de Gabo también lleva una dedicatoria del autor: A Mike Breland y Chelanne Brown, con la gratitud de las manzanas. ¿Quiénes son ellos y a qué manzanas se refiere? Que nos lo explique Santana y, si no, los envidiables Jomi García Ascot y María Luisa Elío desde el cielo de Macondo.

Aguinaldos
Dixon Acosta Medellín, diplomático y curiosólogo colombiano, rescató hace poco la película En el balcón vacío, dedicado “A los españoles muertos en el exilio”. Obra de los García Ascot y sus amigos expatriados en México, ganó premios en los festivales de Locarno y Sestri Levante pero, por razones burocráticas, solo pudo estrenarse catorce años después de terminada. A manera de regalo de aguinaldos, los interesados podrán ver la película, con un cameo de Álvaro Mutis como agente franquista, en este enlace.
Feliz Navidad para todos.
