
Enrique Santos Calderón
Cuando una semana antes de la primera vuelta comenté aquí que los candidatos se habían quitado los guantes y la cosa sería ahora a puño limpio, no imaginé que se vendría un intercambio tan duro de golpes verbales.
En sus primeras reacciones al resultado electoral, a los dos principales se les fue la mano. Y sobre todo la lengua. Porque no eran críticas sino insultos los que se lanzaron.
Para Cepeda, De la Espriella es un “estafador de estafadores” de corte “mafioso y fascista” que amenaza el orden democrático. Para Abelardo, Iván es un “bandido cómplice del comunismo criminal” que él combatirá a las buenas o a las malas. “Por la razón o por la fuerza”, advirtió.
Eso se decían al aire mientras el país asimilaba los resultados de las urnas. Estos días han bajado el tono, pero preocupa que se pueda disparar este tipo de violencia verbal en lo que resta de segunda vuelta. Envenena el ambiente político y es chispa de posibles estallidos. Por eso no me cansaré de insistir en la importancia del lenguaje en estas contiendas, ni de recordar la sabia máxima del poeta Vicente Huidobro: “adjetivo que no da vida mata.”
Fuera de los excesos retóricos, las elecciones de primera vuelta fueron ejemplares. “Ordenadas, pacíficas y transparentes”, dijo el jefe de la misión de la Unión Europea. Opinión que coincide con lo expresado, sin excepción, por todos los observadores internacionales, que no han ahorrado elogios a la forma como se desarrolló la jornada. Es motivo de orgullo que 24 millones de ciudadanos elijan ordenada y tranquilamente a quien va a gobernarlos, en un país que no tiene fama de pacífico. Y una prueba más de cuánto se ha superado ese turbio y ya lejano pasado de violencia electoral.
La Registraduría fue la gran ganadora del certamen. La rapidez en comunicar los resultados, y la manera seria y convincente como lo hizo, fue de veras impactante. Así me lo comentaron admirados testigos del exterior, que en estas lides no comen cuento. ¿Por qué el jefe del Estado tiene entonces que sembrar dudas sobre el proceso? ¿Porque no ganó su candidato? ¿Porque no es capaz de aceptar una derrota? ¿Porque un ego herido pesa más que la imagen de su país? ¿Explica eso el favoritismo casi descarado hacia quien encarna su legado?
Petro ha hecho saber que se la jugará toda por su designado sucesor. Y que en la recta final no será un presidente pasivo, ni objetivo, ni neutral. Habrá que ver hasta dónde llega y qué efectos legales puede traer un abuso del tesoro público y de las prebendas del Estado, puestos al servicio de una candidatura o de un proyecto político personal. Delicado asunto político y jurídico en plena ebullición.
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Es evidente que, en las postrimerías de su mandato, Gustavo Petro siente más las ganas de hacerse sentir. Y de salir con un reconocimiento popular que le permita ser el expresidente locuaz, provocador y protagónico que quiere ser y seguramente será. Él no se va a retirar a Zipaquirá o a Ciénaga de Oro a escribir sus memorias. Le esperan tareas como la de consolidarse como el líder de la izquierda que él unificó y convirtió en la primera fuerza política del país (hasta el domingo pasado tal vez), hoy aglutinada tras la candidatura de Iván Cepeda, que acaba de recibir una cachetada abelardista.
Cunde en la izquierda la discusión sobre por qué un súbito, impetuoso y a veces caricaturesco exponente de una derecha extrema sacó casi 700 mil votos más que su candidato, que encabezaba de lejos las encuestas. Un golpe doloroso sin duda. Las razones son diversas y muchos los errores de la campaña Cepeda. Solo destaco aquí la selección de vicepresidenta, el poco énfasis en el tema de inseguridad y la actitud al comienzo esquiva frente al debate.
Le fue muy bien en plaza pública, pero descuidó la pantalla chica y las redes sociales, que mueven cada vez más votos de opinión. Su estilo serio y solemne contrasta con la verborrea picante y agresiva del candidato que ha aglutinado a derecha y centro-derecha. Aunque después se corrigió, haberse plegado tan rápidamente a la negativa de Petro a reconocer los resultados también lo perjudicó al proyectarlo como mal perdedor.
Me impresionó la ligereza, para no hablar de irresponsabilidad, con la que el presidente puso en duda los resultados de primera vuelta. Fue un cuestionamiento a la máxima virtud que tiene la democracia colombiana: la transparencia de su elección presidencial y la rapidez para comunicar el veredicto de las urnas. Menos mal que abandonó el absurdo embeleco de una constituyente, pero habrá que ver qué significa “ponerse al frente” de la campaña cepedista.
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Una cosa es clara: Iván Cepeda no la tiene fácil y tendrá que redoblar esfuerzos y acuerdos para evitar una derrota a manos del populismo de “ley y orden” que con innegable eficacia adelanta su contendor. Petro lo entiende muy bien, pero en lugar de favorecerlo, el presidente tiene la obligación de ponerse al frente de un gobierno que ofrezca plenas garantías e igualdad de condiciones. ¿El colmo de la ingenuidad?
Faltan pocos días y estamos frente a la elección más claramente polarizada entre izquierda y derecha en la historia del país. A la hora de escribir estas líneas aún no se sabe bien cómo, cuándo y dónde sería el gran debate entre Cepeda y De la Espriella que el país entero espera, reclama y merece. No nos lo pueden embolatar.
P.S.1: La decisión judicial que le prohíbe a De la Espriella lucir el uniforme de la selección Colombia es tan absurda que parecería una treta publicitaria de su campaña para granjearle simpatía.
P.S.2: Un pariente mío soltó en estos días una válida inquietud: entre tantos afanes electorales, ¿habrá alguien pensando en cómo construir la futura gobernabilidad del país?

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