
Daniel Coronell
Sin Gustavo Petro la candidatura de Iván Cepeda no existiría, por Gustavo Petro la candidatura de Iván Cepeda se estancó. El presidente se ha convertido en el mayor lastre para el candidato del Pacto Histórico. Su intromisión en la campaña y las consecuencias políticas de algunas de sus acciones –y declaraciones– están asfixiando la aspiración de Cepeda y abriéndole paso a la alternativa más retardataria en la historia de Colombia.
Lo más grave ocurrió en la última semana. El trino que el mandatario publicó la noche de la primera vuelta, poniendo en duda el preconteo de la Registraduría, basándose en indicios débiles y sin contrastación, retrasó las decisiones de la campaña, desconcertó a los colombianos y ahuyentó, en buena medida, a los votantes de centro, muchos de los cuales se sienten más cerca de Cepeda que de Abelardo.
Para colmo de males, la irresponsabilidad del mandatario fue amplificada por el candidato Iván Cepeda. Por fortuna, horas después, recogió sus palabras y reconoció que no había razones sólidas para dudar de los resultados que lo relegaron a un segundo lugar.
Los votantes de centro tienen claro quién es el candidato de la ultraderecha: “Un atarván, un tipo machista, vulgar, autoritario e irrespetuoso. Una persona como él no debería ser presidente de Colombia”. La definición rotunda es de Sergio Fajardo, quien obtuvo el mayor respaldo de los centristas de los que ahora –les guste o no– depende la elección. Ellos pueden votar, abstenerse o hacerlo en blanco.
Esos votantes moderados, y tantas veces vilipendiados por los más recios seguidores de la izquierda, son la minoría decisiva que puede inclinar la balanza en dos semanas. No son militantes de ninguna tendencia, no profesan devoción por ningún político, no creen que Petro sea el monstruo que pintan sus detractores, pero tampoco el ángel que veneran sus hinchas.
Reconocen logros del presidente, pero rechazan la inmensa corrupción que lo rodea. Son partidarios de un gobierno que les dé prioridad a los más necesitados, pero que también fomente la iniciativa empresarial; que busque la prosperidad de todos, que ofrezca oportunidades a quienes se han preparado y que no desdeñe la experiencia de los técnicos.
Quieren un ejecutivo laborioso y ejemplar, sin tantas agendas privadas. Una persona disciplinada que no aspire a ser inolvidable, sino a cumplir todos los días con su deber. Alguien capaz de oír a quienes no están de acuerdo con él y de construir con todos. Que respete la independencia de los poderes públicos. No quieren un legislativo subordinado al presidente, ni un poder judicial que le haga venias, ni una junta del Banco de la República que tramite sus órdenes.
Ellos, que en general viven de ingresos medianos y son personas educadas, no entienden por qué el presidente Petro la tomó en un momento contra la que llamó “la clase media arribista”. Quizás el mandatario saliente olvidó que fue elegido con el voto de muchas personas trabajadoras de clase media, a quienes no podían dar por descontadas, como quedó claro con el resultado del domingo pasado en varias localidades de Bogotá.
Tampoco es fácil, para ellos, aceptar declaraciones como las de la candidata vicepresidencial Aida Quilcué, quien unos días antes de la votación afirmó: “aquellos que han estudiado en las mejores universidades del país, lo único que nos dejaron y aprendieron fue a robarse la plata del pueblo. Y lo único que nos dejaron fue la exclusión, el odio y el racismo, y por eso este país está así”. Ella trató de aclarar después que sus palabras iban contra quienes habían gobernado, una generalización también injusta, además de una precisión insuficiente.
A propósito de ella, muchos de esos tibios se preguntan –legítimamente– si las innegables virtudes de la lideresa indígena son las que necesita el país para dirigirlo, si llegara a hacer falta el jefe de Estado.
Pero volvamos al presidente Petro. Fue él quien decidió hace unas semanas inflar a Abelardo de la Espriella, victimizándolo con una inexistente conversación con unas contratistas, dizque para robarse la elección. Decidió crecerlo porque creyó que era más fácil de vencer. Se inventó el coco y ahora está asustado con él.
Esta semana Petro, además, amenazó con renunciar para ponerse al frente de la campaña. No se resigna a dejar de ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro. También saboreó con deleite una frase presagiando el triunfo de De la Espriella: “me voy a la calle con mi pueblo. De pronto puedo hacer más en la calle”.
Quizás al ego del presidente Gustavo Petro le convenga más la elección de la ultraderecha, al país no. En las manos de los tibios, de los abstencionistas y de los primivotantes está librarnos de esa pesadilla y, de paso, jubilar a Petro.
P.D.: El periodista Cristian Herrera fue asesinado en Cúcuta. Entre varios temas, investigaba el crimen de Jaime Vásquez, periodista, abogado y veedor ciudadano.

Dejar una contestacion