Los Danieles. Un villano de cómic

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Cuatro años hace que once millones de ciudadanos, muchos de ellos llenos de ilusión y otros tantos llenos de espanto, votamos por Gustavo Petro como presidente de Colombia ante la amenazante alternativa electoral de Rodolfo Hernández. Digo votamos porque yo fui uno de los que apoyó en las urnas la propuesta de justicia social y libertad que un movimiento de izquierda ofrecía, por primera vez con posibilidades de triunfo.

El Pacto Histórico cumplió algunas de las metas fijadas, principalmente respecto al medio ambiente, la repartición de tierras, la mejoría del salario mínimo, ciertas cifras económicas y el registro de caras nuevas en el poder. Pero, reconozcámoslo, ha sido un fracaso en otros puntos, como la lucha contra la corrupción, el buen ejemplo en la observancia de la ley, la búsqueda de la paz, la defensa de la salud, la transparencia, el manejo imparcial de la información oficial y el respeto a los acuerdos fundacionales de la democracia. 

El domingo pasado nos llevamos la mortal sorpresa de que la Casa de Nariño podría alojar en los próximos cuatro años a un imitador de los abusos de Javier Milei en Argentina y Nayib Bukele en El Salvador: Abelardo de la Espriella, extremista de derecha sin experiencia administrativa, exhibicionista, mal abogado (según algunos de sus colegas), promotor de violencia sectaria y desafiante multimillonario merced a los honorarios que le pagaron famosos delincuentes por su defensa en juzgados. Su oferta lleva el sello de Donald Trump, garantía de racismo, xenofobia, peculados, censura y grosería.

Lo peor es que los trastornos que ha traído la derrota de la izquierda (por ahora solo parcial) son una profecía autocumplida. La reacción del presidente y algunos de sus consejeros resucita viejos temores sobre Petro. Uno de ellos, muy cacareado por sus opositores, es que el mandatario rechaza todo resultado electoral que no le convenga y no vacila en aferrarse al poder aunque para ello viole la ley. Sus enemigos lo ven cada vez más parecido a Hugo Chávez y Nicolás Maduro, esos siniestros personajes con los que un demócrata tiene pesadillas.

Si el 21 de junio los votos por Iván Cepeda y Aída Quilcué suman menos que los que recibirán De la Espriella y José Manuel Restrepo, habrá terminado lo que algunos militantes zurdos creían que iba a ser un régimen de largo metraje. Muchos lamentaremos la toma del poder por el tal Tigre, cuya trayectoria pone los bigotes de punta. Pero la responsabilidad no será del candidato barbilindo, ni de su actuación, ni de las oligarquías colombianas y ni siquiera del vapuleado Trump. Sino de Petro. De Petro y de quienes lo han acompañado en una aventura gubernamental en la que muy pronto estallaron los escándalos y robos, antigua línea roja de la izquierda. Pocas imágenes han hecho tanto daño al Gobierno como esos camiones abandonados en La Guajira que sirvieron para enriquecer a unos militantes calculadores.

Fue igualmente corrosiva la actitud transigente del primer mandatario con funcionarios corruptos o de dañina imagen que recibían como castigo una sabrosa embajada. Y, por supuesto, la torrencial retórica presidencial, a menudo descompuesta y vulgar, y el desdén por ciertas convenciones indispensables para las relaciones humanas en niveles formales, como la sobriedad y la puntualidad. 

Faltó autocrítica y sobró arrogancia a Petro. El destemplado despido de ministros progresistas en el primer año revela el momento en que don Gustavo creyó que no necesitaba más que de sí mismo y sus antiguos camaradas del M-19 para salir adelante. El resultado lo vemos ahora, cuando el Pacto busca con lupa y recibe con alborozo apoyos de sectores que en su momento fueron menospreciados.

Varios de los errores gubernamentales no se corrigieron a tiempo y saltaron a la campaña de Cepeda. Por ejemplo, la selección como como candidata a la vicepresidencia de una líder indígena cuyas capacidades y pulcritud son indudables, pero cuyo desconocimiento del país urbano asombra. Su frase de que en las universidades se estudia para robar al pueblo ignora los esfuerzos a menudo conmovedores de miles de familias de clase media para lograr que alguno de sus miembros obtenga un diploma que les facilite a todos un futuro. 

No hay duda de que Gustavo Petro fue un senador valiente, lo que le abrió un camino como gobernante para el que no estaba preparado, ni como alcalde de Bogotá ni como presidente de la república. Iván Cepeda es un tipo cuya seriedad y sosiego podrían recuperar parte de los votos perdidos en el camino, pese a esgrimir esa bomba de la discordia que es un proyecto constitucional. Pero si Petro decide que él es el líder salvador, se convertirá en el mejor aliado de la barbaridad histórica que busca elegir como sucesor de Bolívar y Santander a un villano de cómic fanfarrón y vanidoso.

ESQUIRLA. Empieza el jueves la Copa Mundo, banquete cuatrienal de los aficionados al fútbol. Serán 104 partidos pero, por supuesto, ni los horarios ni el nivel de algunos encuentros justifica verlos todos. Yo me limitaré a un máximo de 98, y en mi delirio pienso en una final Colombia-España que premie a España con un digno subcampeonato.

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