La soledad y el paso del tiempo

La soledad del hombre viejo. Asistencia Vital

Por Manuel Cruz Guevara

Irreflexivamente  me retornan los recuerdos, con oleadas de instantes que se precipitan sin aviso, recordándome que han pasado demasiados años ya vividos. 

La soledad se infiltra en los espacios, llenándolos de una presencia, que paradójicamente se siente abrumadora. 

La estela de los días, idos no alivia, sino que agranda el vacío, de un silencio que se expande y se fragmenta dentro de uno mismo.

Ya no añoramos lo que se ha marchado, aunque a veces desearíamos no haber transitado ciertos caminos. 

La ausencia de los seres queridos crece hasta desbordar la mente, mientras la gratitud hacia quienes compartieron parte de nuestra historia, se convierte en el frágil sostén que alimenta una resiliencia doliente, pero firme.

 Ésa gratitud, sin embargo, no logra apagar el anhelo de alcanzar los quiméricos habitáculos de la esperanza.

Fuerzas invisibles, nacidas de la fiereza cruel del abandono, deben impulsarnos a seguir viviendo con sosiego y fantasía. La paz, la serenidad y la paciencia, son virtudes que necesitamos cultivar día a día.

 Estar solo no significa degradar el sentido profundo de la existencia, sino es simplemente otro tramo del camino.

Caminamos lentamente por senderos a veces forzados y turbulentos, pero la certeza de que puede existir un mañana mejor,  debe renovar incansablemente, nuestro deseo de vivir. 

Mantener activa la mente y el cuerpo, alimentar las relaciones sociales, y valernos de las herramientas tecnológicas para acortar distancias, son actos de resistencia frente a la nostalgia y el abatimiento.

Porque la soledad, aunque profunda,  y a veces cruel, no podrá nunca derrotarnos, mientras conservemos la esperanza y la voluntad de seguir siendo vitales en el trasegar de nuestra existencia.

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