Por Carlos Alberto Ospina M.
Algunas personas conciben la soledad como un derecho a aislarse y varias la sienten con profunda desconfianza. La frágil cuerda oscila entre construir muros y elaborar razones filosóficas acerca de la independencia, la distancia, el egoísmo y la presumida paz que produce la incomunicación.
Nadie está exento de rebuscar excusas retóricas para eludir el acercamiento, cerrar los oídos, no ceder ni amar demasiado. El trasfondo consiste en correr el riesgo de necesitar a otro ser humano en contraste con priorizar el bienestar individual, poner límites, derrotar la rutina o elegir relaciones de calidad. Afirmaciones legítimas y deseables desde cualquier perspectiva personal.
El fondo de la cuestión es aprender a estar consigo mismo sin encubrir la vulnerabilidad o sentir miedo al rechazo a causa de las heridas del pasado. La madurez emocional vuelve opcional el contacto, acepta el dolor, fortalece el carácter, comprende las debilidades, afronta las contradicciones y supera la estrategia defensiva frente a los demás.
Quien sabe estar solo disfruta la intimidad a plenitud, a diferencia de la autosatisfacción asumida como virtud, y lejos de la dependencia emocional y el volátil apego. Además, advierte sus necesidades e inseguridades, a sabiendas de que no tiene el control de nada.
La auténtica soledad no castiga las relaciones con el tamiz de costos y beneficios, porque se perdería la caricia espontánea, la tentación de hallarse a media luz, la causa sigilosa o la irreversible decepción del abandono.
El retiro enseña a explicar las aflicciones, expresar los sentimientos, traducir la intención de las palabras, superar la dificultad de conversar, valorar el compás del silencio y cultivar el amor.
Hoy la gente permanece más conectada a nivel tecnológico, pero menos comunicada en el plano íntimo debido a que la sociedad premia cierta forma de indiferencia mediante una especie de autosuficiencia teatral: “No necesito a nadie”.
El resentimiento, la desilusión, la desconfianza, el fracaso afectivo o la amistad rota de ningún modo pueden convertirse en una sentencia universal, ya que terminan gobernando el actuar presente y futuro. Así es que la soledad elegida y saludable hace el trabajo a favor de la existencia plena. Muchas veces llamamos libertad a aquello que, en lo esencial, no es más que un temor argumentado.

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