El bolero del perdón

Un asistente al seminario sobre el perdón de cuyo nombre no voy a acordarme pero con quien compartí durante nueve meses el hotel máma, se apresta a ingresar a su celda en el monasterio de san Peregrino, en la vereda El Chuscal, en El Retiro, Antioquia. (Odg)

Por Óscar Domínguez Giraldo

De corazón, les perdono a los frailes de la comunidad Siervos de María del Convento Monte Senario de El Retiro, que nos incautaron durante 45 horas celular y reloj; cero televisión y radio.  El mundo se habría podido acabar  a nuestras espaldas.

Solo tuvimos acceso a dos viejos relojes que “perdían su tiempo”  – la metáfora es del poeta  Vidales- dando la misma mentirosa hora: las 5:40 y las 9:30. Fueron dos noches tres días, el tiempo que Jonás duró asilado en el buche de una ballena según la disculpa que le dio a su mujer de regreso a casa. Nosotros nos hicimos tomar foto colectiva para demostrar que estuvimos aprendiendo a perdonar, no en acrobacias eróticas.

Una veintena de asistentes al encuentro estuvimos alejados del  “mundanal ruido” y nos regalamos provechosa dieta  de silencio. Recordé que Gandhi callaba los lunes. De pronto lo imito.

Como aperitivo del retiro, nos recordaron que hay que perdonar setenta veces siete según la parábola de san Mateo (18:24). Para dar ejemplo,  un rey le perdonó 10 mil talentos a un sujeto retrechero para pagar.

No era ninguna chichigua. Para pagar esa deuda se necesitarían 160.000 años de trabajo de un asalariado, contó fray Julián, el todero prior del convento de san Peregrino que con sabiduría y humor condujo el seminario.  La parábola me recordó otra deuda impagable: la que cobró el inventor del ajedrez:  18446744073709551615 granos de trigo. El rey destinatario del invento no tuvo con qué pagar la cuenta. Puso conejo.

Comparto algunos consejos con quienes deseen ahorrarse el costo del  retiro. Aunque es mejor que asistan porque no solo de salmos viven los monjes.

Según lo que oímos y leímos “Jesús nos llama a perdonar no solo por la salud de la comunidad, sino  por nuestro propio beneficio. Cuando la falta de perdón echa raíces, produce resentimiento. Y como dice el refrán, el resentimiento es como beber veneno y esperar que la otra persona se muera”.

También supimos que “investigaciones recientes demuestran que la falta de perdón puede afectar negativamente nuestra salud física, y aumenta  nuestras respuestas fisiológicas al estrés, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial, lo cual puede provocar problemas de salud a largo plazo”.

O sea, por  pragmatismo debemos perdonar. Porque  mientras odias, tu contrario  puede estar tomando ron, ajeno a todo. Soy de dura cerviz y tardaré en asimilar las enseñanzas de fray Julián y de mis compañeros de silencio, retiro, misas, rosarios, laudes, vísperas, completas… y rico menú alimenticio inspirado por el Espíritu Santo.

A mi edad estoy cuadrando caja, pero mientras rectifico seguiré mimando mis defectos y virtudes con los que tengo pacto de no agresión. Ahora, para que el perdón no sea solo un bello bolero de Los Tres Reyes,  pronto estaré queriendo y perdonando a mis mejores enemigos, y encimándoles olvido para redondear la faena.

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