Descomposición en Cuba

Cuba: Una revolución que no cambio nada en 60 años.

El régimen castrista debe iniciar de una vez la apertura hacia una democracia ante la parálisis completa de la isla

Editorial

Cuba ha entrado en una fase de descomposición irreversible. La isla ha conocido otras crisis, otras escaseces. Ha sobrevivido a más de 60 años de régimen autoritario, al derrumbe soviético, al Periodo Especial, al endurecimiento del embargo, a una pandemia que terminó de desfondar su economía. Lo que ocurre hoy, sin embargo, tiene una naturaleza distinta. 

No es solo una crisis económica ni una emergencia energética: es el colapso simultáneo de un modelo económico incapaz de sostenerse, de un régimen que lleva demasiado tiempo gobernando a través de la inmovilidad, la represión y la resistencia como única narrativa, sumado a la presión y tentación imperialista de Estados Unidos con Donald Trump en la Casa Blanca. La sensación cada vez más extendida es que el sistema ha llegado al límite de lo que puede soportar. Y de que el país, inevitablemente, cambiará en alguna dirección.

La desaparición del petróleo venezolano y el nuevo cerco energético impulsado por Trump han precipitado una situación asfixiante. Los apagones interminables, el colapso del transporte, la falta de alimentos, agua y medicamentos han convertido la vida cotidiana en una lucha diaria por resistir. Culpar de esta situación a la presión estadounidense sería una forma más de negarse a mirar la realidad. El régimen cubano lleva demasiado tiempo utilizando el embargo como explicación total de un fracaso: el miedo a cualquier apertura real y persecución de la disidencia han terminado por vaciar al sistema de legitimidad y de horizonte. Cuba necesita democracia: abrir espacios políticos, reconocer libertades, aceptar el pluralismo y avanzar hacia elecciones libres y competitivas. Necesita dejar atrás el actual régimen, cuya incapacidad absoluta para abrir espacios de libertad ha conducido al actual esperpento de miseria.

La gravedad de ese colapso hace también indispensable rechazar las fantasías de salvación externa que vuelven a emerger desde Washington y Florida. La historia de América Latina está demasiado marcada por intervenciones, invasiones y operaciones encubiertas como para aceptar que la democracia pueda llegar impuesta desde fuera. Nunca ha sido así. Nunca lo será. La imputación contra Raúl Castro por parte de la justicia estadounidense, tres décadas después del derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, debe leerse en ese contexto. No como un acto neutral de justicia histórica, sino covenezuemo parte de una estrategia de presión política sobre La Habana, inspirada por lo ocurrido en Venezuela y animada por la retórica cada vez más agresiva de sectores del trumpismo hacia Cuba.

El mensaje parece evidente: si Washington fue capaz de actuar contra Nicolás Maduro, también puede hacerlo en la isla. La comparación no es casual. La Administración de Trump ha convertido América Latina en uno de los escenarios centrales de su política exterior hemisférica. Sería un error monumental pensar que una transición democrática en Cuba puede construirse bajo amenazas militares.

Washington tampoco tiene hoy demasiada autoridad moral para presentarse como garante democrático en la región. El apoyo selectivo a determinados gobiernos, la tolerancia hacia pulsiones autoritarias afines y el uso instrumental de los derechos debilitan la credibilidad estadounidense en la región. La democracia que necesita Cuba no puede estar subordinada a los intereses geopolíticos de Trump ni convertida en trofeo electoral de Florida.

Nada de esto exonera al Gobierno cubano de su responsabilidad histórica. La dirigencia de la isla debería aceptar de una vez que el país no puede seguir funcionando bajo una lógica de resistencia perpetua. Culpar a EE UU no responde a las necesidades esenciales de los cubanos. La represión tampoco resolverá esta crisis. Ningún sistema puede sostenerse indefinidamente solo mediante el control político cuando la vida cotidiana se vuelve inviable.

La salida sin violencia puede ser pactada, gradual y compleja, pero debe conducir a una democracia cuanto antes. Una transición que permita desmontar el modelo político actual sin precipitar un escenario de caos o violencia. Que se garanticen libertades fundamentales y se evite que el país quede atrapado entre el colapso interno y la intervención externa. Cuba necesita democracia, reconciliación nacional y una nueva legitimidad política. Eso solo puede construirse desde dentro.

Nadie sabe hacia dónde derivará este punto de inflexión histórico en Cuba. Pero sí hay algo evidente: el viejo equilibrio ha dejado de funcionar. El régimen ha perdido capacidad de ofrecer las mínimas condiciones dignas de vida y EE UU vuelve a mostrar su tentación de imponer soluciones desde fuera. Entre ambos extremos, millones de cubanos sobreviven atrapados en una isla exhausta. La democracia tendrá que surgir desde la convicción de los propios cubanos de reconstruir un país agotado. Cuba no puede renacer ni de la resignación autoritaria ni de la amenaza imperial. 

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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