Columna Desvertebrada. Medellín me entró por Manrique

El tradicional barrio Manrique. Foto Telemedellín

Por Óscar Domínguez Giraldo

Al viejo barrio fuimos a templar cuando la violencia nos expulsó de nuestro idílico terruño montebellense. En esa época era pésima idea ser liberal o conservador. El éxodo forzoso estaba a la vuelta de la esquina. Para no alarmarnos, nuestros taitas nos dijeron simplemente que en  Medellín  viviríamos mejor. Con esa pacífica prédica nos liberaron para siempre del departamento de rencores. Vamos ligeros de equipaje.

Hace 200 años, cuando Medellín tenía 9 mil habitantes, el cronista sueco Carl Gosselman, de paso por el villorrio, le hizo a la ciudad el mejor comercial cuando se preguntó  si “no sería aventurado sospechar que aquí pudo estar ubicado el Edén… ¿Será posible encontrar un paraje más hermoso en la tierra?”.

En 1948, al cronista con los ojos que era yo cuando llegamos a Manrique, lo impactaron las luces de la ciudad que a lo lejos  parpadeaban como en el tango Volver. Esta circunstancia y haber conocido el tranvía que pasaba cerca de nuestra casa, me notificó que la felicidad anda suelta.

En pleno mes de junio, una pareja de adolescentes baila tango ante la estatua de Gardel en la calle 45 de Manrique. (odg)

Fui desertor clandestino en  Manrique cuando salí apto para echar plomo en las filas del glorioso ejército nacional. Como siempre me he considerado un pacifista Gandhi sin taparrabos, en vez de arrancar para el ejército, me asilé en la sazón de  mi tía Aura, “Manos de seda”, que por entonces vivía cerca del bar Alaska donde se oye un rumor de tangos desde hace  85  años. Como jamás fueron a mi casa a buscar al desertor, dejé tranquila a mi tía … después de desocuparle la alhacena.

De Manrique pasamos a Aranjuez. Si la madre de Serrat dice que uno es de donde comen los hijos, y un tal Gardel sostiene que uno es de donde lo aplauden, en el mismo párrafo diré que uno es de donde pierde la virginidad y aprendió a leer.

De la virginidad diré solo que cuando me llegó el momento de perderla, no sabía por dónde iba el agua al  molino. De enseñarnos a juntar vocales y consonantes se encargó la señorita Esilda en su kínder de Aranjuez. Por eso, un poco tarde, felicito a Albert Camus por haberle dedicado el Nobel de Literatura a su maestra. Yo habría hecho lo mismo pero escrito estaba que no pasaría de ser eterno novel aplastateclas.

Selfi con Gustavo Rojas, alma y nervio del café Alaska, el decano de los bares de tangos de Medellín.

Alguien menos creativo que el sueco Gosselman llamó a Medellín “Tacita de plata”, apelativo que tiene de vieja data la ciudad de Cádiz, España. Como para copiar estoy solo en el patio, bautizaré  a Medellín “Ciudad corruptora de mayores”, como se conoce a Rio de Janeiro donde nació mi nieta Sofía.

Fue en Aranjuez  que  descubrí el amor encarnado en Gloria, una vecinita pecosa de diez años. Y fue en Junín, en pleno centro de la ciudad, donde conocí a otra Gloria, la fallecida mujer de todas mis vidas. Gracias, Medellin, por los favores recibidos.

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