
El lunes, el derribo de un helicóptero Apache estadounidense precipitó el mayor intercambio de fuego de la tregua. Entre el jueves y el sábado, Trump anunció la proximidad del memorando de entendimiento entre los dos enemigos
Washington –
Fue el derribo de un helicóptero estadounidense por un dron iraní sobre las aguas del estrecho de Ormuz. Podía haber sido cualquier otro encontronazo: las fuerzas de Estados Unidos e Irán llevaban días inmersas en escaramuzas cada vez más serias en la zona mientras las conversaciones para un acuerdo de paz se prolongaban. Pero aquel encontronazo el lunes pasado molestó especialmente al presidente Donald Trump, que acababa de acordar un alto el fuego en Líbano. El republicano anunció el martes que Estados Unidos debía devolver el golpe.
Se ponían en marcha una serie de acontecimientos que parecieron llevar a los dos países al borde de retomar las hostilidades a gran escala; pero acabaron acelerando las negociaciones para la firma de un memorando de entendimiento que las partes anunciaron ayer que habían acordado y que, de funcionar, debe llevar finalmente a la paz tras casi cuatro meses de guerra.
El incidente del helicóptero, en sí, fue del tipo que le gusta a Trump: espectacular, con final feliz, material para una película de Hollywood. “No se pueden creer cómo fue el rescate, lo guay que fue”, contaba el republicano a los periodistas el miércoles en el Despacho Oval.
El Apache patrullaba el estrecho donde Irán y EE UU imponen sus propios bloqueos y que se ha convertido en el punto más sensible del conflicto, en busca de posibles amenazas contra las fuerzas estadounidenses o contra los barcos mercantes a los que Estados Unidos quisiera dejar pasar. Un dron iraní se le interpuso y estalló. En esa explosión, un proyectil que transportaba entró en la carlinga del helicóptero.
“La bomba se quedó encajada en el helicóptero. No llegó a estallar. Causó un fuego, pero no estalló. Esos dos pilotos saben como volar, pero tuvieron mucha suerte”, contó Trump. Los dos tripulantes pudieron salir del aparato antes de que se hundiera. Les acabaría rescatando un dron marítimo, una embarcación no tripulada Corsair que puede alcanzar hasta 65 kilómetros por hora y que la V Flota, con base en Baréin, comenzó a utilizar en la zona del golfo Pérsico en marzo, según ha explicado el Pentágono. El dron les transportó a un punto acordado, donde los recogió otro helicóptero para ponerlos a salvo.

Ninguno de los dos adversarios tenía intención de que el incidente se fuera de las manos. Desde la entrada en vigor del alto el fuego, el 8 de abril, que pausó las hostilidades abiertas, ambos habían tenido buen cuidado en que sus encontronazos —lanzamientos de drones, interceptores, ataques contra puntos de lanzamiento de esos drones, interceptación de buques— no cruzaran la línea de lo intolerable. Una vuelta a la fase de combates habría sido inaceptable para muchos votantes estadounidenses y hubiera tenido gravísimas consecuencias para la economía mundial; el régimen iraní tampoco quería revivir la etapa de bombardeos sobre su país.
Ha sido una semana de vértigo, que empezó el lunes con el derribo de un helicóptero de EE UU y acabó con un exabrupto de Donald Trump sobre Netanyahu, que no paraba de poner palos a la rueda de las negociaciones: «No tiene ni una puta brizna de juicio».
Pero Trump, que había contemporizado en otros incidentes menos graves —según él, una tregua en Oriente Próximo equivale a choques menos intensos— ordenó una escalada en la respuesta. Él mismo retomaba su retórica de la fase de combates, al amenazar con atacar puentes y la infraestructura eléctrica iraní. A su vez, Teherán replicaba con ataques contra bases estadounidenses en Kuwait y Baréin. El intercambio de fuego más intenso de la etapa de tregua se sucedió durante dos noches, el martes y el miércoles. E iba a continuar una tercera, el jueves, según proclamaba el presidente estadounidense.
Mientras tanto, las negociaciones bajo la mediación de Pakistán, Qatar, Egipto y Turquía continuaban. El propio Trump insistía el miércoles en que ya había un documento acordado y solo faltaba firmar, pero los iraníes ponían trabas, decía: “Nos siguen dando largas, nos toman por tontos”. El objetivo era tratar de llegar a un acuerdo sobre el contenido del memorando de entendimiento que Estados Unidos había llegado a anunciar prácticamente como ya acordado, a falta solo del visto bueno presidencial.
Una matización importante: a Trump aquel borrador acabó no pareciéndole suficientemente favorable, y había pedido una nueva versión, desatando varias rondas más de frenéticos contactos telefónicos y por mensajes de texto.
El momento clave llegó el miércoles. Una delegación catarí había viajado a Teherán y, aunque terminaba su visita sin aparentes avances, había propuesto una nueva redacción en partes del memorando, que había recibido una buena acogida. Temerosos de una escalada de consecuencias impredecibles, los mediadores, y aliados de otros países árabes comenzaron a llamar a la Casa Blanca para pedir moderación militar y asegurar que, ahora sí, había habido un progreso claro y se podía llegar a un acuerdo en cuestión de muy poco tiempo. Según Alex Plitsas, del think tankAtlantic Council, la gran duda es si “la presión militar empujó a Irán a aceptar términos que había rechazado hasta entonces”.
Giro de 180 grados
Trump aún anunció a primera hora del jueves, en un mensaje en su red social Truth, que esa noche habría nuevos ataques contra Irán. Pero apenas unas horas más tarde daba un giro de 180 grados en su declaración. A petición de los países mediadores, dijo, y ante la posibilidad real de, finalmente, poder firmar un acuerdo, cancelaba la orden de bombardear.

Esa misma tarde declaraba que no solo se estaba cerca sino que el acuerdo estaba ya prácticamente hecho. Tanto que incluso preveía una ceremonia de firma, probablemente en Europa —el lugar habría sido Ginebra— y Estados Unidos estaría representado por su vicepresidente, J.D. Vance, dado que él celebraba este domingo su cumpleaños con un combate de lucha libre en un ring hecho construir expresamente en los jardines de la Casa Blanca.
“Es obvio que Trump no quiere volver a la fase de guerra. Y solo tiene malas opciones: o un mal acuerdo con el régimen que quería haber derribado” o “dejar la situación como está, pero con un oponente que se siente crecido”. “O volver a la guerra, con unas implicaciones económicas dramáticas”, apuntaba esta semana Danny Citrinowicz, antiguo responsable para Irán de los servicios secretos militares israelíes, en una charla organizada por el Carnegie Endowment.
Irán, inicialmente, se hizo de rogar. Rechazó que un acuerdo preliminar pudiera ser inminente, antes de que su ministro de Exteriores, Abás Araghchí, admitiera que “un acuerdo está más cerca que nunca”.
Los dos países, desde entonces, han discrepado en sus versiones sobre el contenido del acuerdo. Como recordaba un alto cargo del Gobierno estadounidense que habló bajo la condición del anonimato, Irán (y Estados Unidos) necesitan vender el acuerdo a su público de la manera más favorable posible.
Por discrepar, los dos Gobiernos también han mostrado diferencias hasta el último momento sobre cuándo ocurriría la ceremonia de firma. Se descartó casi de inmediato el viaje a Ginebra: Vance no hubiera podido regresar a Washington antes de la marcha de Trump, que entre el lunes y el miércoles participará en la cumbre del G-7 en Evian (Francia) y mantendrá una cumbre con países árabes. La rúbrica del memorando tendría lugar a distancia. El sábado, Trump aseguraba que ocurriría el domingo. Irán lo negaba, aunque admitía que podría suceder en los próximos días: aparentemente, no quería darle a su enemigo ese regalo de cumpleaños. Finalmente, el domingo anunciaron que será el viernes en Suiza.
El suspense se precipitó en el último momento. Israel volvía a golpear este domingo en Líbano e Irán apuntaba a que la firma se podía ir al traste. Un Trump furioso —y preocupado- por que el pacto se le pudiera escapar entre los dedos el día de su 80º cumpleaños, arremetía contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, el líder que le convenció para ir a la guerra y el que más ha hecho por entorpecer el memorando. Corrían las horas. Trump insistía en que pelillos a la mar, que el acuerdo iba adelante. Horas después, Pakistán anunció el pacto. Estados Unidos lo confirmó después y esta vez Irán, también.

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