Un martes en llamas

El presidente Gustavo Petro y el síndrome que afecta a sus opositores. Foto El País

NICHOLAS DALE

En el Gobierno del cambio los incendios parecen la costumbre. Y ayer las llamas ardieron hasta altas horas de la noche, oxigenadas a lo largo del día por acontecimientos separados que, juntos, llevaron al presidente Petro a tomar una decisión tan inesperada como radical: solicitar la renuncia protocolaria de todo su Gabinete, apenas nueve meses después de posesionarse.

Esto quiere decir que les pide cartas de renuncia a sus ministros, pero no necesariamente aceptará todas, ni siquiera una mayoría. Aun así, es una decisión unilateral que marca todo el ambiente político. Apuntó a ello, aunque nadie lo veía venir, en un discurso que dio unas horas antes, en una entrega de tierras en Zarzal, Valle del Cauca: “Yo pienso que el Gobierno debe declararse ya en emergencia (…). Un Gobierno de emergencia que tenga funcionarios que trabajen de día y de noche, cuyo corazón está a favor de la gente humilde y no simplemente de ganar un salario y unas comisiones, y que sea capaz de adelantar los enormes retos que se nos demandan en el campo rural. Ya no podemos esperar más”.

Sin embargo, la atención del país en ese momento estaba en otro lado y no era fácil imaginar lo que estaba insinuando el presidente. Por un lado, había mucha expectativa sobre la cumbre internacional convocada por él para reactivar las negociaciones entre el gobierno venezolano y la oposición que se celebraba en Bogotá. Era la apuesta diplomática más ambiciosa del Gobierno colombiano hasta el momento. Había logrado el apoyo del chavismo y de la oposición, el aval de Washington y la presencia de 20 países. Pero el día anterior todo parecía tambalearse cuando la realidad en ocasiones inverosímil de la política venezolana hizo presencia en Bogotá y amenazó con acabar con la conferencia diplomática antes de que empezara.

Con la llegada por sorpresa de Juan Guaidó a Colombia -cuando tiene prohibido salir de Venezuela- y su anuncio de que que pretendía participar en la cumbre, se puso en jaque todo; pues a pesar de contar con el aval de la oposición y de Maduro, se había acordado que a la conferencia no atenderían miembros de ningún grupo. La presencia de Guaidó se interpretó como un intento de boicot a la cita. La Cancillería se puso manos a la obra para contener la crisis, y lo logró. Guaidó no dio ninguna conferencia de prensa, como había anunciado y, en cambio, salió en un vuelo con destino a Miami a las once de la noche del lunes. A pesar de esta pequeña victoria, al día siguiente las tres horas de cumbre dieron más bien pocos resultados. Las conclusiones se limitan a tres puntos, poco novedosos. La necesidad de un cronograma electoral en Venezuela, que se levanten sanciones económicas para acompañar los acuerdos entre las partes y que la reanudación del diálogo en México vaya en paralelo a la creación de un fondo para inversión social en el país.

Al mismo tiempo, el Gobierno presentó finalmente su política de seguridad; el Congreso hundió un artículo del plan de desarrollo que creaba mecanismos para comprar tierra a privados para hacer la reforma rural; y, mas importantemente, la controversial reforma a la salud que ya tenía a la coalición de gobierno al límite era protagonista de nuevo. La comisión séptima de la Cámara de Representantes debatía la reforma en el primero de sus cuatro debates, y finalmente aprobó la ponencia positiva de la reforma por 10 votos contra 8. Entre ellos un voto clave, el de la liberal María Eugenia Lopera que decidió votar de manera independiente, desoyendo a la dirección del presidente de su partido, Cesar Gaviria, que había amenazado a quienes votaran en contra del lineamiento del partido con sanciones disciplinarias. Así, el voto de la congresista antioqueña salvaba la reforma, que todavía tiene bastantes obstáculos legislativos para ser una realidad, pero hacía peligrar más a la coalición legislativa pues ponía todavía en mayor evidencia la fractura entre las cabezas de los partidos tradicionales que hacen parte del Gobierno -Liberales, Conservadores y la U- y el presidente.

La presión que se fue acumulando en el día terminó por explotar a altas horas de la noche, cuando se reveló que Petro había pedido la renuncia protocolaria a todos sus ministros y luego el presidente anunció en Twitter que consideraba que la coalición política había llegado a su fin por las posiciones de sus aliados -no dijo cuáles- en el Congreso -no dijo en qué asuntos, pero la reforma a la salud y el artículo de la compra de tierras eran los antecedentes directores-.

Esa medida se suele usar para dejar un mensaje de deseo de cambio de forma general, sin haber definido los ajustes concretos. Petro ya lo hizo en 2012, sesis meses después de posesionarse como alcalde de Bogotá; en esa ocasión para transicionar a un equipo más técnico y menos académico. En este caso, el mensaje es claro: la amplia coalición de gobierno se ha acabado.

Sin embargo, es difícil ver qué tomará forma de las cenizas, especialmente porque las llamas de este martes siguen ardiendo al momento de escribir este boletín, en la mañana del miércoles. En los próximos días el gobierno se enfrenta al inicio del tercer ciclo de conversaciones con el ELN y a la definición artículo por artículo de la reforma a la salud, además de un contexto económico y de seguridad permanentemente preocupante. Pero, más inmediatamente, en unas horas se celebra un Consejo de Ministros extraordinario. Las apuestas estan abiertas para ver qué cabezas caerán.

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