Si te vi, no me acuerdo

Presidente de Colombia, Gustavo Petro. BBC News/Google

Por Carlos Alberto Ospina M.

Ante los hechos ciertos de una política decadente en tiempos de rendición de cuentas, Gustavo Petro hace un balance de su gestión que no resiste la luz. Como un adicto habla con excusas, culpa al pasado y hace alarde de una labia que salpica de babas todo el ambiente.

Saca las nalgas a cada una de sus infracciones y por arte de magia el estado de cosas es el reflejo del supuesto nirvana que vive la nación. Este iluminado se la fuma verde y desarrolla el viejo truco del maquillaje digital para poner a circular la propaganda electoral.

Así que eleva el tono con objeto de ocultar la pobre ejecución y evitar el juicio sobre su cercanía con las distintas organizaciones delincuenciales. A la par, realiza esfuerzos de sobriedad para reescribir el relato e intentar archivar su desvergonzado proceder.

A pesar del curso intensivo de ilusionismo mediático, esta narración de “si te vi, no me acuerdo” la mata el no haber gobernado desde los hechos, las cifras y los indicadores, porque las publicaciones editadas para redes sociales se estrellan contra la realidad palpable.

Solo los rabiosos seguidores niegan la alergia a la responsabilidad. Nunca la culpa es de su galáctico guía, sino de la herencia recibida y la permanente conspiración dizque de sectores oscuros que no reconocen los magnos resultados del gobierno.

Entonces, surge el refugio semántico de la “percepción” a fin de justificar el fracaso administrativo y el incumplimiento del Plan Nacional de Desarrollo. Por ejemplo: ‘no hay violencia sistemática, existe sensación de inseguridad; es falso el colapso de las finanzas públicas, todo obedece a la desinformación de la oligarquía que quiere seguir esclavizando y explotando al pueblo’, etc. 

El acto más representativo de la grandeza de un líder consiste en tener los cojones para reconocer que el cargo le quedó grande. Lo que pasa es que al frente del Estado colombiano tenemos un eunuco intelectual que efectúa el juego lingüístico seudo poético de vender humo y despreciar al contradictor. La pretensión de creerse “un hombre inolvidable en la cama” (sic) ratifica esa retórica heroica que sabotea su propia moral. A tal extremo, que el erario se evapora a causa del fenómeno de la Niña o el Niño y no por la sistemática corrupción y la infectada burocracia.

Es inevitable cometer errores. El mal de fondo parte de la argumentación épica, el adoctrinamiento y la mentira que choca frente a la aritmética, deteriorando la democracia. De esa manera, paga los favores recibidos el inepto odiador Gustavo Francisco Petro Urrego.

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