Remberto Burgos de la Espriella, ¡inolvidable!

Remberto Burgos de la Espriella, MD Neurocirujano, (Q.E.P.D.)

Por Jaime Burgos Martínez*

Parece mentira. Ya pronto se cumplirán dos meses de tu sorpresiva e inexplicable partida hacia la eternidad. Trato de convencerme de eso, pues, no lo he podido asimilar plenamente, a pesar de lo que predica el libro del Eclesiastés, del Antiguo Testamento de la Biblia: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer y tiempo de morir;…» (Qo 3, 1-8).

Como católico que soy, acepto la muerte como una realidad, aunque, confieso, es un esfuerzo muy grande —un esfuerzo de fe—, para entenderla un poco. Por ello, no solo veo en mi querido y cercano primo hermano un ser que ya ha fallecido y que nada se puede hacer para devolverlo a la vida, sino que, en mi concepción cristiana de la eternidad, en que la vida perdura después de la muerte, ha de tener un final feliz al lado de Dios.

Con tu proceder bajo el sol, Rembe, de manera silenciosa y sin aspavientos, nos enseñaste a muchos que lo sustancial en la vida es la responsabilidad y honestidad en todos los asuntos públicos y privados, y la consagración en la profesión u oficio que desempeñemos, con eficiencia, integridad moral y ética, y autoridad; de ahí que lo demás, no es otra cosa, como en distintas oportunidades lo dijimos, ¡vanidad de vanidades! Por eso no me causó sorpresa las distintas manifestaciones de cariño y admiración expresadas cuando nos dejaste, tal como lo tituló Consultorsalud, al dar la noticia de tu viaje a tu última morada:«Falleció Remberto Burgos de la Espriella, pionero y maestro de la neurocirugía en Colombia».

Hoy, mi inolvidable compadre, los que tuvimos cercanía contigo nos encontramos ―por la intensidad de los sentimientos― en el proceso de reacción personal que sigue a una separación definitiva, que, en palabras de la sicología clínica, es lo que se denomina «el duelo», que lo comparan con un túnel; pero que tú, sin titubear, aconsejarías atravesarlo para acercarnos gradualmente a la luz. En cualquier lugar en que estés, sería para ti la mayor satisfacción espiritual, que demuestra el ser humano que fuiste y que persiste eternamente.

 Como diría Cicerón, «La vida de los muertos es la memoria de los vivos».  

*Jaime Burgos Martínez , Abogado

Bogotá, D. C., diciembre de 2025

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