¡Qué cansancio tanta furia!

Retrato a mano. Foto Dreamstime/Google

Por Carlos Alberto Ospina M.

La mayoría de las posiciones ideológicas revelan que el país es incapaz de mantener una conversación adulta sobre su presente y su destino; quizá porque la intención de fondo es incentivar el caos para sacar provecho del río revuelto de la desazón.

Hay un agotamiento moral que no sale en las encuestas prepago ni en los sondeos digitales, pero que se percibe en las conversaciones cotidianas de las empresas, las universidades, las familias, los distintos colectivos y, en especial, en la actitud resignada y en el silencio de quienes han decidido dejar de discutir sobre política. Esta posición es válida, aunque afecta el disenso democrático.

Existe un deseo elemental de alejarse de la guerra verbal y la artillería pesada de las campañas presidenciales que no conocen de principios éticos ni límites proselitistas; por el contrario, aplican a rajatabla el concepto de que el fin justifica los medios. Así, en el fragor de la batalla, la proliferación de la mentira cae como bomba atómica encima del derecho a la intimidad, la honra, la libertad y la dignidad de los diferentes individuos.

Por supuesto que la confrontación no es nueva en Colombia. Las barras bravas y las primeras líneas son mensajeras de las violencias históricas de índole política, económica, cultural y simbólica: la guerrilla, el paramilitarismo, el narcotráfico, el bipartidismo y la delincuencia organizada. El conflicto dejó de ser una herramienta deliberativa propia de la autodeterminación para convertirse en un espectáculo emocional sin límite que moviliza tribus, no ciudadanos. En ese sentido, hoy las campañas no buscan persuadir al elector, sino destruir los cimientos de la república.

Por desgracia, el miedo y la rabia generan más adhesión que la esperanza o la justicia social. Por esto, una calumnia circula más rápido que una propuesta de bienestar integral para la nación. De igual modo, la humillación del adversario obtiene más clics que un plan de empleo o la derrota de los delincuentes conforme a la ley.

La pelea digital conduce a que cada día muchos consuman una nueva dosis de escándalos, en vez de debatir, por ejemplo, acerca de un plan para la seguridad alimentaria de la población. El sentimiento más transversal consiste en una ciudadanía cansada de las agresiones y de tanta toxicidad. Se asiste a una constante teatralización de enemigos irreconciliables en la que parece más importante quién humilla al otro, sin resolver nada en beneficio de la patria.

No obstante, la intuición colectiva lleva a ciertos sectores de la sociedad civil a no normalizar otros cuatro años de un modelo de liderazgo construido desde el contrapunteo permanente, en el que la comunicación oficial se ejerce más a modo de trinchera ideológica que como herramienta institucional. El riesgo de gobernar desde las plataformas diseñadas para la polarización instantánea es actuar al ritmo entusiasta del algoritmo o la agresividad histriónica. Allí, la reflexión pierde frente a la reacción.

La generalidad de las personas no especula en batallas abstractas, porque vive pensando en llegar a fin de mes, pagar el arriendo, evitar un robo, garantizar la educación de sus hijos o conseguir una oportunidad laboral. El cansancio con tanta furia no es tibieza ni neutralidad vacía, sino un llamado de atención contundente a favor de la supervivencia democrática.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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