
Por Óscar Domínguez
Hace 30 años y monedas, el 13 de marzo de 1996, el excampeón mundial de ajedrez Boris Spassky jugó en Bogotá 90 simultáneas en tres días. José Alejandro Cortés, mandacallar de Seguros Bolívar, pagó la cuenta y le asignó como chaperón al maestro Boris de Greiff, el hijo de León que se jactaba de haber jugado con “Filidor a los escaques; en escaques soy ducho y en las damas un hacha”. Ni lo uno ni lo otro, bromeaba Boris.
Felizmente, perdí en la primera tanda de simultáneas. Desde entonces mimo esa derrota como si fuera mi mascota, una prótesis, mi primero o mi último amor. (La ceramista venezolana Dalita Navarro, quien fue musa de Belisario Betancur, sentó la jurisprudencia sentimental de que el último amor siempre es el primero).
Si le hubiera ganado a Spassky habría tenido que cambiar de religión, país, oficio, parientes, lecturas, enemigos. Los arribistas no podemos seguir siendo los mismos después de un triunfo ante un campeón mundial que recitaba poemas de Pushkin para ponerse zen. Al último delicado del ajedrez le coroné un autógrafo simple como beso de boa constrictor que plasmó en el libro del gran maestro checo Ludek Pachman “El match del siglo” en el que reproduce y comenta el enfrentamiento Spassy-Fischer quien se quedó con el título. Me tuve que inventar esta dedicatoria: “Para el “caballo” Domínguez, un peón de brega en el ajedrez de la vida”.
Para jugar contra el ruso no pesó mi condición de excampeón de ajedrez de Envigado ni haber representado a la Universidad de Antioquia en unos juegos nacionales en Barranquilla. Había algo más importante de por medio: El maestro de Greiff me escogió porque solíamos intercambiar información privilegiada sobre los mejores sitios para comer frisoles, sancocho, posta, tamales, sopas de patacón, guineo o huevo, hígado encebollado, calentao, albóndigas, mondongo y arepas antioqueñas.
De los campeones mundiales que nos han visitado he tenido la fortuna de “enfrentar” a Spassky y a Kasparov, quien solía viajar en compañía de su complejo de Edipo, Clara, su madre, su novia, bella, frágil y delgada como el alfil y … su almohada.
Al armenio Kasparov lo enfrenté en rueda de prensa previa a una conferencia ante un grupo de empresarios. Puso el ajedrez al servicio del aumento de la productividad de las empresas… y a tumbar a Putin, asignatura que tiene pendiente. Tengo su autógrafo que tampoco vendo, “dono en usufructo o regalo”. Una de las tantas lecciones que nos dejó: que tus enemigos sean exigentes. Sin un rival de los quilates de Karpov dice que no habría sido nunca campeón del mundo.
Para celebrar los 30 años de la derrota frente a Spassky que aplaudió de pie a Fischer, su rival por el mundial por su espléndida sexta partida, suelo visitar el guayacán amarillo que sembraron en su memoria en la Torre del Ajedrez en Medellín. Comparte lugar con el escéptico maestro Oscar Castro quien les “pedía” sus familiares que lo sacaran del cementerio católico Jardines del Recuerdo. Como eso no es posible, sus familiares, con su hermana Olinda al frente, sembraron otro guayacán al lado del de Boris, su colega ajedrecista. Sus fans pueden llevarle flores a mi tocayo en Jardines del Recuerdo y en la Torre del Ajedrez. Cubrí la sembrada del guayacán que incluyó obra de teatro. Descansen en paz esos dos guyacanes amarillos.
