Martes de la luenga lengua. Plural de las letras, veintiuna, partitivos-ordinales, comparativos

QUISQUILLAS DE ALGUNA IMPORTANCIA  

por  Efraim Osorio López

eolo1056@yahoo.com

Extraña, la forma como cunden los vicios del idioma.

Todas las letras del alfabeto tienen plural: las vocales, así: ‘aes, ees*, íes, oes, úes’ (la tilde disuelve el diptongo). Las consonantes, según la norma de la Academia de la Lengua, forman su plural añadiendo únicamente la ‘s’, lo que está muy bien con las letras ‘f, h, j, l, m, n, r, s, z’, ‘efes, haches, jotas’, etc. Pero las otras, para mi gusto y por eufonía, deberían formar su plural añadiendo la sílaba ‘es’, como con las vocales, de esta manera, ‘bees, cees, kaes, cúes’… Según la Academia, ‘bes, ces, kas, cus’.  Obviamente, no soy quien para imponer mi criterio. A propósito de esto, y obviando la norma, la columnista de LA PATRIA Paloma Valencia  escribió: “Se basa en las seis ‘C’ que definen a quienes merecen dirigir un país”  (2/7/2025). Correctamente, según la Academia, “…las seis ‘Ces’…”; para mi gusto, “…las seis ‘Cees’…”. En fin… *Para la Academia de la Lengua, el plural de esta vocal es ‘es’: ‘las es’… cacofonía en su máxima expresión. ***

Yo creo que todos, en la niñez y en la juventud, jugamos ‘a la veintiuna’ de muchas maneras. Esto no obstante, actualmente es tendencia general el empleo de la apócope del número masculino ‘uno’ (‘un’), cuando es parte de otro numeral, con sustantivos femeninos, como en el siguiente titular: “Veintiún mujeres han sido atacadas con ácido” (Citytv, noticias del medio día, 2/7/2025). Acatada la concordancia, “Veintiuna mujeres…”. En otras noticias anunciaban la pérdida de ‘cuarentaiún viviendas arrasadas por el desbordamiento de una quebrada’: ‘cuarenta y una viviendas’, por supuesto. Los ejemplos abundan. Extraña, la forma como cunden los vicios del idioma. El número cardinal es ‘uno’ para el género masculino; ‘una’, para el femenino. La apócope del masculino sólo se usa cuando precede inmediatamente al sustantivo que determina, aun acompañado de un adjetivo, por ejemplo, ‘un candidato’, ‘un solo candidato’. Es también vicioso el empleo de la apócope de ‘uno’, frecuente sin duda, en la enunciación de un porcentaje: así, dicen ‘el veintiún por ciento’ en lugar de ‘el veintiuno por ciento’. Como debe ser. ***

Y, hablando de números, además de los ‘cardinales’, hay ‘ordinales’ y hay ‘partitivos’, con oficios muy diferentes cada uno. De la siguiente manera empezó su artículo el columnista de Eje 21 Alberto Zuluaga Trujillo: “Con la celebración del veintisieteavo Congreso de Andesco en Cartagena…” (7/7/2025). Castizamente, “…del vigésimo séptimo…”, porque ahí se trata del ‘lugar que ocupa en el tiempo este Congreso en relación con los anteriores’, señalado necesariamente por un número ‘ordinal’. En cambio, la terminación ‘-avo-a’ es característica de los números partitivos, que designan ‘las partes de un todo’, verbigracia, ‘una doceava parte de los colombianos vive en la pobreza’. Nota: no tienen esa terminación ‘medio, tercio, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, noveno, décimo, centésimo, milésimo, millonésimo’, casi todos acompañados de la palaba ‘parte’. ***

En las oraciones comparativas, la relación –de superioridad, inferioridad o igualdad– entre los elementos comparados se establece mediante la conjunción ‘que’, por ejemplo, ‘un fulano más viejo que Matusalén’ o ‘más malo que Caín’. En su columna del primero de julio de 2025, el doctor Jorge Raad Aljure escribió: “No es lo mismo la ciencia de hace 500 años a la que se exhibe y practica en la actualidad” (LA PATRIA). Castizamente, “…No es lo mismo la ciencia de hace quinientos años que la que se exhibe…”. Quizás el redactor quiso evitar la cacofonía de la frase ‘que la que’, pero el ungüento aplicado exacerbó la dolencia. ¿El remedio efectivo? Cambiar los términos, por ejemplo, ‘…no era lo mismo que la actual’. 

Volver al signo que ya nadie quiere escribir

Ahora que ChatGPT nos resume la vida con guiones largos, quizá es el momento de reivindicar el punto y coma.

NOELIA RAMÍREZ

Aviso, este texto puede herir la sensibilidad de los integristas de la puntuación. Y no porque refleje que el carácter de permanente urgencia y economía de lenguaje en la conversación de redes ha modificado sin remedio la forma de comunicarnos —todo menor de 45 años sabe la violencia que desprende un punto final en un mensaje corto de WhatsApp—, sino porque supone asumir el paulatino adiós al signo ortográfico más aristócrata de todos. El más elevado. Aquel que solo los seguros de sí mismos se atreven a usar en 2025. Sí, estamos hablando del distinguido punto y coma; el signo que ya nadie quiere escribir. 

Lo explica un estudio reciente de la plataforma Babbel que recoge The Guardian: el 67% de los estudiantes británicos nunca o casi nunca usa el punto y coma. Es más, solo el 11% lo usa alguna vez. En un cuestionario que se envió a la Red de Estudiantes de Londres, compuesta por 500 000 integrantes, Babbel descubrió que más de la mitad de los encuestados ni sabían ni entendían cómo usarlo. El declive no solo se da entre alumnos. El texto desvela que el uso del signo ortográfico en los libros de inglés británico ha disminuido casi un 50% en las últimas dos décadas: en 1781, se incluía cada 90 palabras. En el año 2000, se redujo a uno cada 205 palabras. A día de hoy, solo hay un punto y coma por cada 390 palabras. Del derroche a la ignorancia deliberada, ¿qué nos ha hecho el punto y coma para que obtenga tal rechazo?

Clara Duarte 

@ClaraDeArte

El punto y coma no tiene reglas. El punto y coma tan solo se siente.

Mucho ha llovido desde que el tipógrafo italiano Manuzio colocase un punto y coma por primera en un texto de 1494 para ordenar el lenguaje. De los tiempos de Moby Dick, donde había un punto y coma por cada 52 palabras —unos 4.000 en total —, hemos pasado a la era de los escritores alérgicos a emplearlo. Cormac McCarthy se burlaba de él en todas sus entrevistas diciendo que era una “idiotez”. George Orwell pensaba que “produce pausas innecesarias”. Gertrude Stein creía que nos convertía en “esclavos” de las frases. Y aunque ahí está la excepción de Salman Rushdie, John Updike y Donna Tartt, que usan más de 300 puntos y comas por cada 100.000 palabras, siempre me sentí identificada con lo que dijo Kurt Vonnegut en su primera regla de escritura: “Nunca uses punto y coma. Solo demuestra que has ido a la universidad”. 

Vonnegut verbalizó lo que pensábamos muchas: que el punto y coma era pretencioso… y algo burgués. El recurso de los que heredaron el púlpito. Los que se recrean escuchándose. Los que subordinan ideas porque nunca les atormentó activar entre su audiencia el cronómetro de la impaciencia. De ahí, supongo, el abuso de otros con las frases cortas. O de las benditas comas. Lo sabía Renata Adler, capaz de meter diez entre cuarenta palabras. Porque la coma no solo sirve para coger aire, sino para definir la cadencia, para marcar el carácter: “Y esta cuestión de las comas. Y esta cuestión de los párrafos. La coma verdadera. La coma de pausa. La coma de último momento. La coma de ocurrencia tardía. La coma de ritmo. La melancolía”, escribió en Oscuridad Total (Sexto Piso, 2016).

La Letroteca X

¡Ven, que te voy a explicar los usos del punto y coma!

Quizá ha llegado la hora de enterrar prejuicios clasistas con la puntuación. En un mundo en el que presidentes como Trump se comunican con el pueblo gritando, abusando de las mayúsculas; ahora que para pillar a alguien copiando por ChatGPT basta con detectar demasiados guiones largos; quizá es el momento del renacer del punto y coma. Igual deberíamos volver a él para reclamar nuestro derecho a la lentitud. Para probar que nuestros textos no salieron de ninguna IA dada a los resúmenes, a lo funcional y a convertirlo todo en una lista cuantificable. Quizá el punto y coma, el signo que nadie quiere escribir, es nuestro último recurso para probarnos como humanos.

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