Lunes del ajedrez: Los solitarios

Una escena de Charlie Chaplin y el ajedrez en una de sus películas

Por Óscar Domínguez Giraldo

Tienen el club de ajedrez por casa y los 64 cuadros blancos y negros por cárcel. Llegan con los primeros jaques del día y se evaporan a regañadientes con los postreros mates. Pagarían por dormir en esos sitios que son su vida. Sueñan con días eternos porque saben que en la noche tendrán que asilarse en su cambuche de cero estrellas. Con cara de enroque largo imploran que les permitan quedarse. Su alegría está en el mundillo blanco y negro.

Son la sal y el azúcar del juego que les permite reencarnar en cualquiera de las 32 piezas. Es su forma de celebrar el milagro del ajedrez que les da estatus, los salva del olvido. El ajedrez nos nivela a todos por lo alto.

En su honor es lícito repetir un lugar común: Si el ajedrez no existiera lo habrían inventado los solitarios. El matusalénico deporte es su modus vivendi, jugandi, comiendi, para decirlo en pecaminosos gerundios latinos. Por cierto, su divisa es : Gens una sumus. (Somos una sola familia).

Solo se permiten adulterios con la reina del tablero. Le ponen cuerno viendo jugar billar, o llenando crucigramas, destino en el que son duchos. Al fin y al cabo el crucigrama es ajedrez con palabras. Su condición de anacoretas urbanos los ha convertido en autodidactas.

Su destino es invertir sus eternos  ocios en templos donde el ajedrez y el billar se respetan sus espacios, no se pisan las mangueras. El ruido de las bolas al golpearse opera como banda musical de fondo.

Los solitarios saben que en esos salones encontrarán mecenas a cambio de lealtades que duran lo que dura una partida rápida o lenta, la tradicional que huye de la dictadura del reloj. No tienen prisa. El estrés no fue hecho para ellos.

Aconsejan, sugieren jugadas, envían mensajes telepáticos o rodillazos por debajo de la mesa para evitar la emboscada que se ve venir para su favorecedor. Los hay que en una sonrisa o una malacara envían información privilegiada.

El único mobiliario de estos soñadores  es su cepillo de dientes, dice uno de sus biógrafos. Los acompaña una peinilla amaestrada para ordenar el pelo;  o  un pañuelo donde siempre habrá rastros de sudor, lágrimas, soledad, mocos.

Tienen dos mudas de ropa: el pantalón raído en los cuartos traseros que llevan puesto, y el café donde juegan mientras les lavan el otro. Suelen llevar su precario equipaje a todas partes como si fuera su mascota.

Nacieron para el anonimato. No los trama la ofensa de triturar horarios de oficina o pagar impuestos que van a dar a la cuenta bancaria de malandros de cuello blanco.

La historia de los clubes de ajedrez es también la lucha por la supervivencia de estos nostálgicos sin fecha de vencimiento. Siempre serán parte del paisaje.

Solitarios hay que suelen pasar por el viejo Maracaibo, el de don Arcadio, que estaba ubicado abajo de la avenida Junín que pasó a mejor vida. Se regalan una furtiva lágrima, reverentes inclinan el pescuezo ante el viejo club y retoman su anónima andadura.  El  nuevo Maracaibo queda por los lados del pasaje La Bastilla. Allí han trasladado sus soledades. Otros se fueron a vivir al Club Los Peones, en la esquina de Junín con Maracaibo. Cuando paso por allí imito el ritual de mis solitarios colegas trebejistas. Todos llevamos un solitario por dentro.

Foto

Toma de una película de Chaplin…

2.-

Exlibris de Jorge Hernández

Tres datos curiosos sobre Chaplin y el ajedrez:

1. Amor por el Ajedrez:

Charlie Chaplin era un apasionado jugador de ajedrez y jugaba regularmente con amigos y colegas de la industria cinematográfica. Le gustaba tanto el juego que tenía un tablero de ajedrez en su camerino y a menudo desafiaba a sus compañeros actores y miembros del equipo a partidas entre tomas.

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2. Amistad con Marcel Duchamp:

Chaplin mantuvo una estrecha amistad con el famoso artista y ajedrecista Marcel Duchamp. Se sabe que jugaron varias partidas juntos, y Duchamp incluso mencionó en entrevistas que disfrutaba de los encuentros con Chaplin debido a la creatividad y el ingenio que aportaba al juego.

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3. Película Inacabada:

Chaplin tenía la intención de incluir una escena de ajedrez en una de sus películas. En el proyecto inacabado “The Freak” (El Monstruo), Chaplin planeaba una escena donde se jugaba una partida de ajedrez simbólica que reflejaría los conflictos y estrategias de la vida real. Aunque la película nunca se completó, la idea muestra su interés en el ajedrez como una metáfora para contar historias. (Texto bajado con horqueta de Internet).

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