Su familia lo despidió con estos obituarios en El Colombiano del sábado 27 (había muerto el 26 de septiembre): Abuelo extraordinario, amante del chocolate blanco, el ajedrez y la magia. Su ejemplo y legado de amor continuará con nosotros por siempre. Otro obituario: Con mucho amor y un dolor profundo acompañamos la partida de nuestro adorado esposo, papá, abuelo y bisabuelo
En dos ocasiones escribí sobre Jaime en El Colombiano. Retomo ambas notas en su memoria:
El caballero de los 64 escaques
Por Óscar Domínguez Giraldo
Lo he dicho pero con otros tenis: ni los ricos epulones de la era digital amancebados con la Inteligencia Artificial serán capaces de inventar un juego tan insólito como el parsimonioso ajedrez. Inventado hace más de dos mil años, el primer registro lo encontré en “El arte de Amar”, de Ovidio (43 a.C- 17 d.C). Cuando el Espíritu Santo andaba de pantalón cortico, el ajedrez se llamaba caturanga.
En su obra, el poeta romano les sugería a las damas ser “hábiles y prudentes en el juego del ajedrez”. Otra advertencia: “Tengan presente que la vejez se presenta a grandes trancos y traten de no desperdiciar ni un instante de la juventud”.
Uno que no ha desperdiciado segundos es el nonagenario paisa Jaime Escobar Gaviria. Su existencia ha girado alrededor de su familia, la creación de empresas y la práctica del ajedrez.
Cualquier día se preguntó con sus amigos Julio Montoya y Roger Rivera: ¿Por qué no creamos una fábrica de refrescos? Y sacaron de la manga a Moresco, una mini-multinacional de las bebidas. Y resolvieron el problema de chequera.
Como no es bueno que el hombre esté solo, Escobar Gaviria se aficionó al juego que protegen las hadas. En épocas de vacas gordas ajedrecísticas ( 1956) fue campeón departamental de Antioquia. Corrían los tiempos de Boris de Greiff, Tirso Castrillón, Jaime López, Bernardo Fernández, Emilio Caro. Carlos Cuartas y Óscar Castro recibieron el apoyo del mecenas Escobar.
Vivió el apogeo del Maracaibo y el Metropol, cafés emblemáticos por donde pasaba el meridiano, el vespertino y el nocturno del ajedrez. Y del billar, que ayuda a enjugar el déficit que genera el arte de mover trebejos.
Frente al pelotón de fusilamiento de la vejez, no manca los lunes en la tertulia del Balandra Chess Club. Allí juega partidas rápidas contra el anfitrión el marchante Jorge Hernández, Emilio Caro, Joaquín de la Roche, Salomón Kartzman, Juan Bustamante, Manuel Velasco.
“El caballero del ajedrez” como lo rebautizó Caro, le robó instantes al juego para contarnos cómo invierte su ocaso:
1. Todos los días voy a la oficina, desde la siete de la mañana trabajo ocho horas, manejo mis cosas personales y lo relacionado con una compañía que tengo con mis socios.
2.- Las recetas para mi larga vida incluyen una existencia muy ordenada, licor moderado, no fumo. También tengo mis pasatiempos: juego ajedrez y cartas con mis amigos.
3. Tengo una salud muy buena; prácticamente no tomo ninguna droga, y muy importante: madrugo y hago ejercicio todos los días.
4-5 Respecto a lo bueno y lo malo de la vejez: No me siento viejo. Me siento muy joven y muy vital. Lo bueno de tener años es la experiencia y el disfrute con los míos.
El ajedrecista que marca con el 9
Muchos jaques y mates han pasado por la vida de Jaime Escobar Gaviria quien desde el 26 de junio ingresó a la exclusiva tribu de los ajedrecistas nonagenarios. Como esos carros antiguos, modelo 33, año de su nacimiento, sigue dando de qué hablar.
Primero falta el punto sobre la coma que Escobar deje de asistir al croché semanal con sus colegas trebejistas del grupo “Balandra”. Todos ya “caminan lerdo” pero los lunes pegan el grito de independencia doméstico, renuncian a la gimnasia de barrer y trapear, dejan el gato engolosinado con su ego y se reúnen a meterse su sobredosis personal de ajedrez. No hago parte de esa cofradía porque no aceptaría integrar un club que me acepte entre sus integrantes, como presumía Groucho Marx.
A los quince años, un gurú lo inició en esta religión de belleza, silencio, competitividad y misterio que es el ajedrez.
El menor y último sobreviviente de una familia de once vástagos, sólo le ha sido infiel al ajedrez con doña Stella Giraldo Zuluaga, con quien enrocó corto y contrajo “enlace” el 6 de abril de 1957. La pareja tuvo tres hijas, siete nietos y seis bisnietos. (En la vida cotidiana, Escobar siempre ha jugado con cuatro damas. Así es pilao triunfar).
Como no se guarda nada me compartió su receta de vida: “Mi longevidad se debe a una vida ordenada, a mi trabajo diario y al deporte”.
Con Julio Montoya y Roger Rivera sacaron de la manga la exitosa fábrica de refrescos Moresco. Sus primeros vendedores fueron Carlos Cuartas y Emilio Caro, quien bautizó al contador público juramentado como “el caballero del ajedrez”. Cuartas y Caro fracasaron como vendedores. Regresaron al tablero.
Según Jorge Hernández y el rey Salomón Kartzman, los mandamases de Moresco patrocinaron torneos dentro y fuera del país, y ayudaron a jugadores “de irónica aritmética” bancaria. O a sus familiares.
Delgado como un alfil, Escobar nunca fue un anónimo peón en el ajedrez competitivo. Fue campeón departamental de Antioquia en 1956. Si a los jugadores los miden por sus triunfos, Escobar volvió ripio a rivales de la talla del Mago Cuartas, el exótico Tirso Castrillón, Boris de Greiff, de eterna feliz memoria, y Luis Pérez Gutiérrez.
Colgó el tablero hace años. “No volví a participar en torneos de ajedrez clásico; me dediqué a las partidas rápidas de cinco minutos en el Metropol y en el club Maracaibo”, dice sobre su pasado ajedrecístico.
Ahora resume: “Disfruto enormemente del juego que seguiré practicando durante toda mi vida”.
Un ajedrez reposado es el que juega ahora con sus cómplices de ocaso y de arrugas y pategallinas. Evoca y reproduce partidas de sus amados maestros criollos Cuéllar Gacharná, Luis Augusto Sánchez, De Greiff, y los foráneos Botvinnik, Karpov y Magnus Carlsen. No cree en la reencarnación pero le gustaría reencarnar en Bobby Fischer. Hartas reencarnaciones para el nonagenario.
