Los Danieles. Un poquito de fútbol

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Qué reconfortante y sabroso ver a la selección Colombia jugando buen fútbol en canchas internacionales.

Es lo que hemos disfrutado últimamente con los contundentes triunfos frente a España y Rumania. Nada despreciables si se tiene en cuenta que la primera ganó el Mundial de 2010 y la segunda enterró nuestros sueños mundialistas en el 94 y luego en el 98. Se trató, pues, de un “desquite histórico”, aunque fuera amistoso.

Que casi se convierte en otra frustración cuando los rumanos le anotaron dos goles en los últimos diez minutos a una selección ya típicamente confiada y desconcentrada. Colombia siempre nos hace sufrir hasta el final, pero es parte de la emoción que suscitan sus triunfos internacionales. Y de la rabia y decepción que producen sus salidas en falso o su endiosamiento mediático. 

¿Quién no recuerda el glorioso 5-0 contra Argentina en 1993 en el propio estadio Metropolitano de Buenos Aires? Inolvidable la explosión de júbilo nacional. Un sorprendido pero filosófico Maradona sentenció que “un partido no cambia la historia”, y en efecto Colombia con ese triunfo no se volvió potencia futbolística y creo que no volvió a ganarle a Argentina, que ha conquistado tres veces la Copa Mundo.

En el Mundial de USA 94 el equipo que dirigía Francisco Maturana llegó a Los Ángeles colmado de elogios nacionales y foráneos como uno de los favoritos, y lo que ocurrió fue un desastre. La mayor decepción en la historia deportiva del país para muchos. “Nunca antes el pueblo esperó tanto y obtuvo tan poco”, dijo un cronista cuyo nombre se me escapa.

Aquella derrota inicial frente a Rumania fue seguida de otra —vergonzosa— contra Estados Unidos y hasta ahí llegó la selección que había sido alabada como una de las mejores del mundo. Ese negro 94 culminó con la muerte de su más querido integrante, Andrés Escobar, a manos de esa escoria del fútbol que son los mafiosos apostadores.

Quedó en evidencia que ni los jugadores ni su entrenador estaban preparados para manejar la presión ni el favoritismo. Cundieron los chismes, apuestas y amenazas que hundieron al equipo y confirmaron cuánto nos faltaba, como país y como sociedad, para asumir una mentalidad de campeones del mundo.

Pero se ha avanzado y es evidente un valioso cambio de actitud. La selección que hoy lleva 19 invictos no solo cuenta con el talento deslumbrante de un Lucho Diaz, las tapadas milagrosas de un Camilo Vargas o la dirección técnica de un Néstor Lorenzo, sino que demuestra una solidez colectiva y madurez emocional que antes no tenía. Se ve más seguridad y soltura en el onceno que nos representa.

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Son impresiones superficiales de días santos que pueden quedar pulverizadas con cualquier próxima goleada a Colombia, pero tenemos derecho a pensar que algo positivo está pasando en el fútbol profesional de este país. El triunfo frente a Brasil el año pasado en Barranquilla, con doblete de Lucho, puso los ánimos de nuevo en la cúspide y disipó el recuerdo del humillante 6-1 que años atrás nos aplicó Ecuador.

Nada une más a los colombianos que un partido de la selección frente a cualquier rival internacional. Y en la victoria o en la derrota, en la forma como se juega, y se gana o se pierde, también se retrata una personalidad colectiva, una manera de ser colombiana. Lo mismo sucede con peruanos o venezolanos, alemanes o suecos, pero cada cual celebra o llora a su manera.

El fútbol “despierta emociones a veces irracionales que cruzan la frontera entre el amor tribal y el fanatismo”, dice un estudio neurocientífico portugués de 2017, que supuestamente comprobó que los circuitos cerebrales que se activan en los hinchas de fútbol son los mismos que en los románticos enamorados.

Puede ser. Lo único que me consta es el placer que produce ver jugar bien a la selección Colombia; saber que avanza en la Copa América y confiar en que clasificaremos para el Mundial de Estados Unidos/México/Canadá en 2026… De lo contrario, zapatero a tus zapatos y no vuelvo a escribir sobre fútbol.

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No le ha ido bien últimamente al presidente Petro en sus relaciones internacionales y no propiamente por culpa suya.

Su cauteloso mensaje sobre “la necesidad de unas elecciones libres, justas y competitivas” en Venezuela produjo una agresiva reacción del gobierno Maduro que la rechazó como «grosera injerencia empujada por Estados Unidos». Y en una entrevista con CNN el presidente Milei volvió a tildar a Petro de «terrorista y comunista asesino». Una ofensa denigrante y reiterada a la que el gobierno colombiano respondió con la expulsión (aun no bien definida) de dos diplomáticos argentinos.

Nada que hacer con dos personajes tan cuestionados y volátiles. Petro debe guardar la compostura y no caer en el intercambio de epítetos que tanto gusta a sus interlocutores. A Maduro y Milei es mejor dejarlos hablando solos.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: [email protected]