Los Danieles. El muerto viviente

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Los evangelios son lectura estupenda. Aun para quienes tienen otras ideas religiosas, o ninguna, las memorias de Mateo, Marcos, Lucas y Juan ofrecen escritos fascinantes.  

Los cuatro son excelentes libretistas. Dios opina y ellos transcriben; Jesucristo perora y sus discípulos redactan. Se ocupan ágilmente de temas variados que van desde los atributos divinos hasta los defectos físicos de algunos personajes. Hay capítulos tiernos, como la Natividad; enérgicos, como la expulsión de los mercaderes del templo; de aventuras, como la huida a Egipto…  

El más aterrador, y al mismo tiempo uno de los más bellos, corresponde a la Resurrección, que hoy se festeja. Trátase de un relato que precede en muchos siglos al género gótico y de ultratumba. Allí aparecen los elementos que constituyen los actuales cuentos y películas de muertos vivientes (De gualquin dit, en dialecto petronés).

El siguiente guion, preparado con el mayor respeto y fidelidad a partir de textos evangélicos literales, empieza tres días después de que Jesucristo ha sido crucificado, muerto y sepultado.


EL MUERTO VIVIENTE

El lunes temprano acudieron con perfumes Magdalena y otras mujeres al lugar donde habían sepultado a Cristo. Una inesperada novedad las recibió: la piedra que cerraba el sepulcro había sido removida.

Al entrar las aguardaba una sorpresa aún mayor: no encontraron el cuerpo del Señor. Aterradas y llorosas, no se atrevían a levantar los ojos del suelo ni entendían qué había ocurrido. En ese momento vieron a su lado a dos hombres con ropas fulgurantes. Eran dos ángeles. Estaban sentados el uno a la cabecera y el otro a los pies del espacio vacío donde habían colocado el cuerpo de Jesús.

—¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? —preguntaron los ángeles—. El Señor no está aquí. Resucitó. Se levantó y se marchó. Venid y ved dónde yacía. Acordaos de lo que él dijo en Galilea: “El Hijo del Hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado, y al tercer día resucitará”.

Ellas recordaron entonces las palabras de Jesús, y Magdalena echó a correr en busca de Simón, alias Pedro, y, de Juan, el discípulo amado.   

—Han desaparecido los restos del Señor —contó angustiada—, y no sabemos dónde los pusieron.

Juan y Pedro corrieron entonces hacia el sepulcro y entraron juntos. Vieron las sábanas ensangrentadas y el sudario manchado que había cubierto la cabeza de Jesús. 

Entonces regresaron y relataron a sus compañeros cuanto había ocurrido. 

Jesús saluda a Magdalena

Magdalena, mientras tanto, permanecía junto al sepulcro vacío donde vio a los dos ángeles. De pronto una voz, que ella atribuyó al enterrador, preguntó a su lado:

—Mujer, ¿por qué lloras? 

—Lloro porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo pusieron.

No bien dijo estas palabras se volvió y vio al que le hablaba: era Jesús. Estaba vivo, pero conservaba la sangre y las heridas.

—¡Maestro!

Quiso abrazarlo, pero Cristo la detuvo.

—No me toques, porque aún no he subido a mi Padre. Mas bien anda, busca a mis hermanos, y diles que estoy listo para presentarme a Dios. 

Obedeció Magdalena e informó a los discípulos que había visto al Señor, y cuanto él le había dicho.

Caminante, sí hay camino

Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, a doce kilómetros de Jerusalén. Mientras charlaban y discutían sobre lo acontecido, Jesús en persona se les acercó y caminó con ellos. Su aspecto y su atuendo —túnica impecable y llagas lavadas— impedían que lo reconocieran. 

—¿De qué discutís? — preguntó a los discípulos

Uno de ellos, Cleofás [que no era apóstol sino seguidor, padre del apóstol Santiago el Menor], le contestó: 

—¿Cómo así? Eres el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que pasó aquí en estos días.

Cristo siguió fingiendo:

—¿Qué sucedió acaso? 

—¡Todo el asunto de Jesús nazareno! —respondió Cleofás—. Este era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo.

El segundo caminante añadió:

—Nuestros sumos sacerdotes renegaron de él, lo condenaron a muerte y lo clavaron en la cruz. Él debía libertar a Israel. Pero todo está consumado, y ya van tres días desde que tuvieron lugar estos hechos.

Jesús guardó silencio.

—Algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado —prosiguió Cleofás—. Fueron muy de mañana al sepulcro y, al faltar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo.

—Otros —añadió el peregrino— acudieron al sepulcro y hallaron todo como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.

Entonces les dijo Cristo:

—¡Qué poco entendéis vosotros, y qué lentos son vuestros corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas!

Visita a los discípulos

El pequeño grupo se disolvió. Jesús desapareció y los dos caminantes llegaron a Emaús para reunirse con los apóstoles y los seguidores. 

Cuando cayó la noche, y pese a que estaban cerradas las puertas en Emaús, el Maestro se materializó de repente y puesto en medio les dijo: 

—Os doy la paz. 

Enseguida enseñó las manos heridas, la espalda escaldada por los latigazos y el costado perforado por la lanza. 

Los discípulos se alegraron de ver vivo al Señor. 

Comentó entonces Jesús: 

—Como me envió el Padre, así también yo os envío. 

Y habiendo dicho esto añadió: 

—Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, le serán retenidos.

Al cabo de lo cual el Señor emitió un recio soplo se esfumó.

Incredulidad de Tomás

Tomás, alias Dídimo o Mellizo, no estaba con los discípulos cuando Jesús vino. Los otros le contaron: 

—Al Señor hemos visto.

Pero Dídimo dudó de lo que sus compañeros le informaban.

—Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en sus heridas y si no entra mi mano en su costado, no creeré.

Ocho días después, se encontraban de nuevo reunidos sus discípulos, y Tomás con ellos. 

Entró Jesús atravesando muros y puertas cerradas y brindó su conocido saludo:

—Doy a vosotros mi paz. 

Luego dijo a Tomás: 

—Pon aquí tu dedo y toca mis llagas. Ahora acerca tu mano y métela en la herida de mi costado. 

Así lo hizo Tomás y, al cerciorarse de que era el cuerpo del Maestro, exclamó:

—¡Eres tú mismo, Señor mío y Dios mío!

—Tomás, creíste porque me has visto. No seas incrédulo, sino creyente. Bienaventurados los que no vieron, y creyeron.

Epílogo

Al terminar aquella tarde, Cristo se elevó por los aires a la vista de todos. Una nube lo recibió y lo escondió a los ojos de quienes presenciaban maravillados el fenómeno. Y ya no lo vieron más.

(El relato anterior fue editado con sujeción a los textos siguientes, tanto de ediciones católicas como protestantes, que en el Nuevo Testamento son muy parecidas: Lucas, 24; Mateo 28, 1-10; Marcos 16, 1-8; Juan 20, 29; Hechos de los apóstoles, 1:9. Añadí tan solo, entre corchetes, algunas explicaciones indispensables para entender el contexto de la narración.)

FIN

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